viernes, 13 de septiembre de 2024

Cesárea de Emmanuel Ciaro -del libro Mar Intangible

 


 ¡Átenlos de las manos! ¡Azótenlos y déjenlos en las cloacas, no quiero esa escoria en mi reino! ¡Refúndanlos en la mierda, para que no puedan salir jamás del martirio!


Parado de frente a su enemigo, Ildren apunta con su escuadra sin saber qué hacer. El otro también le apunta, pero no parece reaccionar. Es un largo segundo en el que se consideran entre sí, como una evaluación que define cuál de los dos debe continuar vivo. Ildren tiene un dedo mugriento y tembloroso listo en el gatillo. El sudor le escurre rodeando su mirada vidriosa; también refresca las manchas de sangre en su camisa, la sangre de los otros dos que venían con él. Un sol blanquecino ilumina el cuarto destruido y gris; la luz recorre el antebrazo hasta la mano destellando el metal de la pistola. Su enemigo es un niño andrajoso que carga una ametralladora. Ildren no sabe qué hacer, ese niño mató a dos hombres desde su escondite sin importar la razón por la cual ellos estaban ahí. Ese segundo continuaba y parecía extenderse en sí mismo sin consumirse.


Tres hombres llegaron a un poblado en ruinas. El panorama era de casas que parecían desmoronarse; emergía el humo negro del exterminio. Con sólo una pistola en las manos de uno de ellos, entraron al pueblo pensando que escaparían de las hostilidades. Pero una ráfaga los atacó y alcanzó a uno destrozándolo de frente. 

El herido se llamaba Axon y quedó tumbado de espaldas por los disparos. Tenía dos tiros en la cara y unos más en el cuerpo. Desde el suelo, Axon miraba a Ildren, como a una silueta incierta, como si el último registro de su memoria fuera sólo un procedimiento. Ildren lo miraba asustado.

Al otro hombre le decían Popper, una bomba le había desfigurado un lado del cráneo; con la mirada extraviada vigilaba el perímetro apuntando con la pistola. Ildren arrastró el cuerpo de Axon detrás de un automóvil ennegrecido donde lo escoltaron conteniendo el aliento. Axon sintió el arribo de su muerte como lozas de metal que golpeban el suelo al caer. Sus compañeros también las sintieron porque su visión vibraba estruendosa hasta hacerlos pensar que bombas o tanques los tenían en blanco. Pero sólo fue un instante, cuando voltearon hacia su compañero, él ya había muerto.

El hombre no dijo nada al morir; sus compañeros escribieron su nombre en ceniza que parecía cualquier polvo. Al levantarse escudriñaron las calles. Dejaron el cuerpo junto al coche y se dirigieron hacia la edificación desde donde pudieron ser atacados. Era un templo, sus paredes estaban tatuadas con símbolos de guerra.

Los hombres voltearon hacia una pira de fuego que ardía bajo un tragaluz. Pensaron en cremar el cuerpo muerto, pero alguna especie de desdén les hizo darse cuenta de que en esas circunstancias la presencia de un ausente era mejor que procurar su solemnidad. Observar su imagen era como recordar la de un desconocido por el que no se tiene consideración, como la intrascendencia de los antiguos mendigos.

Algo, una estructura complicada, convirtió en imposible el estado de las cosas. Los dos hombres pensaban alternativamente ideas que los alejaban mucho de poder justificar su presencia, la suya y la de todos los seres racionales que hubieran participado en el proceso. Sin decir nada, recordaban las imágenes sórdidas que antecedían su circunstancia. Se preguntaban cómo era que la violencia humana podía funcionar de una manera tan devastadora que inhibiera cualquier posible tendencia de... ¿de qué? Hasta los términos que definían eso que la humanidad siempre despreció les parecían repugnantes. Libertad, justicia, unificación, todos equivalían a las palabras con las que políticos, artistas y pensadores mostraron su hipocresía y su cinismo. El género humano expuso su juego de pretender una verdad para volverla su sirvienta.


Ildren recordó un montaje en el que participó todo tipo de personas. Una procesión que se adentraba en el desierto donde amarraron a un hombre con alambre de navajas; desde el cráneo hasta los pies. Lo vistieron de superman, tenía puesto un pasamontañas y lo aclamaban con el nombre: “¡Zarathustra, Zarathustra!” El personaje era arrastrado por caballos. Básicamente era un espectáculo, pero al llegar a cierto punto se dio cuenta de que no era sólo teatro. Gritaban ¡Zarathustra! para liberar aquella nueva conciencia que estaban adquiriendo. Unos gritaban por victoria, otros por coraje y, los más, alargaban su grito creyendo que así podrían ser escuchados implorando. La humanidad es un engendro extraído de su incubadora por un mecanismo de muy buen filo. Pensó Ildren.



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En la historia ocurren siempre esta clase de circunstancias y reconstruí lo posible de esa situación; no es difícil que cualquiera lo imagine, yo estuve ahí. A los 10 años ya sabía lo que podía significar un éxodo, pero uno en el que no se va con nadie en específico, ignorando las direcciones.

Por desesperanza dejamos de esperar, pero la gente se dio cuenta de que no podía ir a ningún lado, todos vivían en el mismo sitio. El exterminio comenzó de manera natural, sin necesidad de gobiernos, conflictos raciales u otra causa. Todos comenzamos a aniquilarnos unos a otros, como lo hicimos siempre, pero ya no existían los fines ni los placeres.


Todavía recuerdo las palabras que esos hombres se gritaban cuando salían del templo.

 –Ya vámonos, Popper. 

 –¿Ir, a dónde? A cualquier lado que vayamos nos van a matar. Mejor acabemos con esto de una vez.

–No me apuntes, Popper, yo no tengo una pistola.

–¿Y eso qué importa? ¡Enfrentémonos entre nosotros, no dejemos que nadie se introduzca en nuestro territorio! Qué bueno que las banderas estén consumidas. Descubrimos la falacia de los símbolos, ¿y qué? Todos lo sabían y no les importó. Vivir ya no es un placer.

–¿Alguna vez lo fue, Popper?

–Todos lo sabían.

–¿Qué sabían?

–Todo; que estaba mal, que iba por un camino incomprensible y que se podía corregir. Pero no quisieron. ¡Mírame, Ildren, de qué vale seguir vivo!

¡¡PUTA MADRE!!


 Entonces el que gritaba se metió la pistola en la boca y disparó. Yo espiaba desde la entrada de un edificio en dirección angular y cuando oí el disparo, también disparé por reflejo. El que quedaba arrancó la pistola de Popper y me siguió. Buscó en los cuartos sin techo, subió por escaleras derruidas, despojó armarios que clausuraban el pasado con candados. Por fin abrió una puerta con la pistola en las manos y lo que encontró retuvo su impulso.


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 Un niño de doce años le apuntaba con una metra temblorosa. Yo había matado a sus compañeros y tenía la intención de hacerlo otra vez. El hombre no vaciló, dio un paso hacia adelante, soltó la pistola y recibió una descarga que le partió el cráneo como a una calabaza.

Me acuclillé en un rincón con el corazón acelerado y miré largo rato al cadáver, mientras comía un pedazo de pan con queso que traía guardado en la bolsa. Pronto se hizo de noche.

El producto, antes de dominar el exterior, se revuelve en la placenta sin evitar el engullir y defecar el ambiente que lo contiene.

 

 Ahora, después del holocausto, a salvo y vivo, me doy cuenta de que el tumor es inextirpable. El hombre será otro dinosaurio. Perdurará la idea errónea que lo hace creer ser la creación definitiva; y talvez llegue a darse cuenta de que es un lapso de experimentación helicoidal que acelera el proceso evolutivo. La irracionalidad parece ser nuestra aplicación de la razón. Por eso, al recordar ese episodio de mi pasado, no me causa ningún remordimiento haber reaccionado como lo hice. El tipo y yo entendimos lo que pasaba con el mundo y nos asqueaba.

Aquella tarde maté a tres soldados por aprendizaje en una secuencia completa de imágenes empalmadas. Fuimos lo mismo: imágenes mnemónicas por conciencia. 


Jjjjjdiariojjjmuerejjjgente… dsapor

mmpssueñosde pprograkmación…

gahtsommmos unaugat gran

pesahugldlilla

por cesánghrea y vomito…


Epílogo: Ayer visité a mi padre; lo encerraron por error en un manicomio. Me llevaron por un pulcro pasillo circular con paneles grises de luz. Esperé. Entonces lo vi. Lo acababan de bañar. Me acerqué a él y me recibió con una sonrisa. Cuando lo abracé, creí que lloraba. Pero las lágrimas no eran suyas.



De manera lineal, el presente es un relato de 3 actos. Inicia con un epígrafe en el que se representa la mentalidad de los que juegan a la guerra, lanzando injurias contra sus piezas. Después, la narración describe el conflicto decisivo de los personajes, en donde un niño es el enemigo al que se enfrentan los 3 que van llegando, decididos a ejecutar la mayor violencia que les sea posible contra cualquiera.

El segundo momento es el recuerdo de uno de ellos en donde narra un performance masivo que representa la circunstancia extrema de la conducta humana. Con todo perdido, uno de ellos se dispara como representación de la nulidad a la que la humanidad se acerca cuando ya nada le representa un propósito. 

El último acto presenta el punto de vista del niño que se ve orillado a matar para sobrevivir, con una indiferencia adoptada que le permite confrontar a la muerte sin una posibilidad de comprender lo que significa estar vivo.

El epílogo es una elegía que evoca la despedida de un padre y un hijo -que puede ser cualquiera de los personajes-, lo que le resulta doloroso al hijo por ver reflejada en su padre la ausencia provocada por una locura total que devoró su voluntad al enfrentarse a un mundo que ha perdido el propósito en la existencia; por lo tanto, quien llora es el hijo, que aún conserva su cordura.



La guerra y la vida, instrumentos revueltos en la historia humana como oxímoros monstruosos que derrumban catedrales cosmológicas de naturaleza biológica y de paciente tiempo que la sabiduría no ha sido capaz de arrebatarle a la estupidez.






La paradoja del hombre que mira una máquina, que mira a un hombre.

  Por: Emmanuel Ciaro Antes de desarrollar el tema, debo aclarar que, al presenciar la evolución de una entidad que podría no requerir d...