Por
Emmanuel Ciaro
Todo
es mentira, ya verás. La poesía es la única verdad.
Deja
vú, Gustavo Ceratti
En
la búsqueda diaria de opciones que planteen verdaderas alternativas a
la turbulencia de este mundo de retos y aspectos por
resolver, me enteré de que sería la quinta jornada anual por la democracia en
la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM y decidí ir.
Mientras me dirigía al recinto para estar
a primera hora y alcanzar la inauguración, escuchaba en las noticias la postura
del POTUS, Donald Trump, acerca del crecimiento de un país como China. Hubo una
frase que me llamó la atención de lo publicado en su red social. La frase
era: “...Estados Unidos también tiene posiciones de monopolio, mucho más sólidas y
de mayor alcance que las de China.” La publicación se debe a que menciona tener
información sobre un supuesto anuncio de que el presidente Xi Jin Ping impondrá
un control a sus exportaciones.
Dentro de ese interesante texto que
publica el presidente de Estados Unidos, me llamó la atención esa frase que,
debido al evento al que me dirigía, produjo un cuestionamiento sobre si se puede -o se debe- usar semejante contenido en la postura neoliberal de un “libre
mercado”, porque, como se entiende, el monopolio es una violación a los
estatutos de la doctrina económica liberal -incluido el prefijo neo, la legalización de procedimientos más estrictos (monopolio) y la especialización tecnológica, como de raíz liberal-. Y reduciendo los diversos enfoques
que emergen de esa sentencia y del texto entero, lo que terminé preguntándome
es si esa sería la nueva perspectiva de democracia que moldea el mundo
contemporáneo.
Me recordó a este texto muy significativo del libro La Derrota de Occidente, de Emmanuel Todd:
Uno de los temas que pudimos explorar fue la necesidad de formar a las nuevas generaciones para estimular su pensamiento crítico. En este punto se revelaron las diferentes percepciones que se tiene sobre ellas. Mientras un entrevistado me confió su preocupación por encontrar que las poblaciones son cada vez menos críticas; otro me hacía ver que la información permite la posibilidad de desarrollar una postura más fundamentada. También se opina que la polarización de izquierda y derecha se nota cada vez más y, aunque esto puede ser positivo, con la radicalización del efecto como un buen síntoma, divide, mas que fomentar un consenso. Dicho efecto, convenimos en la conversación, actúa a escala mundial, por lo que el síntoma termina no siendo tan positivo como se querría esperar.
El momento de la inauguración llegó
y, después de los protocolos mediados por el representante de organización, el
Dr. John Ackerman, se abrió paso a la presentación de la Embajadora de
Palestina en México, Nadya Rasheed, cuya participación permitió mostrar la gran simpatía
e interés total en la determinación de que el conflicto experimentado por su
pueblo, debe llegar a su fin a favor, en todas las resoluciones, de un pueblo
que no necesita justificación para ser
finalmente libre, comprendido e integrado a los procesos de un mundo que no
podrá ser transformado sin su reconocimiento como estado-nación. De parte de la
embajadora y del público presente se pudo intercambiar el sentimiento de
solidaridad que una persona requiere, al estar en otro país, cuando, en
palabras de la misma Nadya Rasheed, “…hay personas que, en estos momentos, se
encuentran atrapadas bajo los escombros provocados por el genocidio.” Una
escena conmovedora y de fortaleza.
Al Dr. Ackerman le había solicitado la entrevista y lo encontré durante su participación en la cabina de Radio UNAM, por lo que, al terminar, nos reunimos.
Por consideración a su tiempo le dije que serían tan sólo dos preguntas. La
primera fue: ¿En qué medida el capitalismo decide el camino de la democracia,
en el entendido de que cualquier cambio en el primero -capitalismo- defina a la
segunda -democracia-? A lo que me respondió que democracia y capitalismo son
aspectos que no se conjugan. Mi reflexión me llevó a realizarle esta pregunta,
porque, a pesar de lo que puedan exponer los textos, pienso que componen un par
que, si no va junto, sí determina la función existente entre ellos.
La siguiente pregunta, que también
le realicé a los anteriores entrevistados, fue: ¿Deberían ceder atención los
activistas que hacen visible el conflicto en palestina, a exigir
una integración democrática auténtica de todas las poblaciones que son dejadas
fuera de la consideración de la justicia, la empatía y los índices de
desarrollo real? Su respuesta fue “No entiendo la pregunta.”
Esta pregunta no la detallo por el
grado de complejidad de análisis que requiere tan sólo al ser planteada. Tal
vez sea por esto que el Dr. Ackerman no se prestara a profundizar, no nada más
sobre esta cuestión sino sobre la clase de diálogo que presupone el ejercicio “democrático”.
El evento debería realizar el aparato discursivo -con presupuesto público-, que promueva el carácter participativo, como representante de la
deliberación, no sólo como agentes de implementación que guíen hacia dónde tiene que ir la población civil.
La conversación de retroalimentación auténtica, puntos de vista e intercambio de reflexiones personales -además de preocupación por encontrar esas respuestas tan necesarias para la humanidad-, la tuve con Marcelo Mejía, un librepensador que tuvo la disponibilidad de platicar conmigo de manera extensa. Hablamos media hora sobre ese concepto ya rebasado, que define a un pensamiento colectivo cada vez más disminuido al que ya le hace falta una alternativa. Le dije que esa era la conversación que esperaba tener con la gente de la organización, pero que me alegraba tenerla con alguien del público.
Espero que en algún momento se logre el objetivo de que la discusión sobre este tema, junto con el conocimiento en general, alcance su punto de inflexión, con un concepto completamente nuevo, que sirva de punto de fuga a la humanidad.
Sólo
para terminar, incluyo que no vi ningún módulo para recibir las ideas de
aquellos que al despertar cada día, elaboran su propio argumento, su hilo de conjugaciones para retomar la episteme griega de esa antigua costumbre
humana, que es, la deliberación del pensamiento. Lo que me lleva a cerrar con
esta frase del mismo libro de Emmanuel Todd.
Gracias por haber leído.


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