martes, 11 de marzo de 2025

Singularidad

 





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Amanecer nuclear

“Después de todo. Después del mal rato. Después de que el hombre odió y omitió sus emociones, el cielo continuó azul y su huella siguió presente en el mundo. Pero todo se había transformado. Los supervivientes no pudieron evitar que se desarrollara en ellos una profunda desolación que no era tristeza sino la fijación de aquel evento que los llevó a ser lo que ahora eran. En este amanecer, todos podían hacer lo que querían. La técnica de la civilización no desapareció, se hizo más precisa y menos cuantiosa. El mundo funcionaba como una era glacial estabilizadora. En las regiones desaparecieron las problemáticas que conflictuaron al ser humano a lo largo de su historia. Todo aparentaba ser apacible.

“Lo que no desapareció fue esa impresión desconcertante del pasado que mantenía en shock a todos los habitantes de las regiones. Sin excepciones, experimentaron el dolor y el miedo, la ceguera y la brutalidad. Esta nueva generación se gestó de los supervivientes que lograron reestructurar los restos de lo que quedó desmantelado.

“Han transcurrido apenas dos décadas. En las regiones convivían ya los libres viajeros del mundo. Hombres y mujeres jóvenes sin referencias de lo que su vida significaba, pero con el antecedente de que exagerar las circunstancias nunca sería el camino. Bajo esta nueva atmósfera de corrección continua, los habitantes vivían su vida con una perspectiva menos estructurada y una voluntad de búsqueda intensa, pero ya no del origen ni el destino sino de la experiencia total del tiempo que les correspondía.

“El contexto humano era el mismo. Su balance temperamental no sería una cualidad intrínseca de la naturaleza; por lo tanto, la historia se convertiría en una huella instalada como un agente biológico de correxión y los errores cometidos no formarían parte del nuevo capítulo.”


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El perro sabe que ya va a pasar y espera

Los pasos de Evann lo dirigían hacia La Plataforma, tranquilos bajo el cielo azul, entre corrientes de aire y viento solar. Con un cigarro sin prender en los dedos, giró su cabeza para mirar las calles a través de sus filtros dorados. Sus botas casi se hundían en el asfalto y las piedras sueltas salieron volando con sus pasos. De la bolsa de su camisa blanca sacó un encendedor. Evann pensó que no tenía ningún sentido ir hacia allá, pero el auto lo estaba esperando, así que no había opción. El paquete iba dirigido a Esmeralda K. Evann siguió caminando con la vista del atardecer despejado; de edificios dispersos. Cuando el cigarro
llegó a sus dedos, soltó la colilla. Continuó caminando bajo el sol.
Últimamente había notado que en la puerta de un edificio derruido existía un perro: grande, peludo con manchas en los ojos, de cuerpo cuadrado y fuerte. Se dio cuenta de que había estado ahí los días anteriores, pero él no lo había notado. El perro salía a olisquear cuando Evann pasaba cerca. A una cuadra de llegar al edificio, mientras prendía otro cigarro, Evann tuvo una ocurrencia al tiempo que expulsaba el humo. Se trataba de un animal y consideraba que tal vez podría ser su amigo. Nunca pensó en tener una mascota y menos ahora que todos debían buscar su propia ruta.

El edificio siempre le había gustado, encajaba muy bien en la desolación que lo rodeaba. Un edificio, sin pisos, como una torre. Evann dio vuelta por la calle y lo vio, destacado por un jardín muerto en su banqueta angosta; un camino para la entrada irrumpía la forma cuadrada del jardín. Evann imaginaba su yuxtaposición: la torre bañada del sol que caía sobre la pared; las paredes visibles para él tenían una sombra azul. Al estar cerca, el perro asomó su cabeza. ¡Bocinas!

 

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El perro olfateaba su destino

De cachorro, un carnicero comenzó a darle de comer sin adoptarlo por completo. Una mañana, años después, el perro llegó a la carnicería como siempre y su olfato lo llevó a un refrigerador que estaba abierto; extrajo un trozo de carne jugosa que lo hizo salivar y cuando se disponía a comérselo, el carnicero lo vio y quiso agredirlo con sus propias manos. El perro intentó derribarlo para escapar y soltó la carne. Salió corriendo y abandonó el gran trozo jugoso tirado en el aserrín. Apenas tuvo tiempo de voltear por un momento a mirar el banquete que abandonaba y que seguramente sería cocinado por el carnicero sin limpiarlo del aserrín que se le habría adherido. Entonces el perro echó a correr para no regresar ahí de nuevo.

Esa mañana, el carnicero se dio cuenta de que el perro había crecido y de que él mismo era más viejo. Agotado por la huida, después de caminar horas por amplias calles iluminadas de un ámbar que no veía, cayó exhausto, un edificio que encontró como refugio. Al día siguiente de haber llegado, deambuló por el lugar y bebió agua de una cisterna que se encontraba destapada. Durmió unas horas más y al despertar, se salió a la calle. Orinó en un árbol seco y se alejó de ahí olisqueando el pavimento. Se desplazó errático, una larga distancia. Llegó a un campo verde con juegos; un niño estaba en el cubo de cubos.

La tarde se había nublado y comenzó a sentir sed. De regreso, la noche le pintó el panorama con una extraña mezcla de olores y visos informes. La luz incolora de los faros en las avenidas y en las casas; el registro de textura en los olores a través de un túnel pletórico. El vacío rodeaba el tubo de su excavación.

Se quedó en ese lugar y se dedicó a hacer lo mismo cada día. Poca gente pasaba por donde estaba el perro y esto era tan bueno como su cisterna. Pero comenzó a identificar a un tipo que pasaba por ahí de vez en cuando. Su rastro le disgustaba. Llegó a esconderse cuando lo sentía venir; no siempre, porque sólo lo había visto unas veces. El perro era tranquilo y no ladraba, pero daba vueltas y se inquietaba cuando lo
sentía cerca.

Una tarde, el perro percibió con más intensidad aquella presencia indeseable, que permaneció por más tiempo. Como estaba adentro, su instinto lo hizo salir. Asomó la cabeza y lo vio ahí parado, afuera de su casa, emitiendo sonidos suaves y palmeándose para llamarlo. El perro salió y el tipo dio un paso al frente. Entonces comenzó a gruñir y movía la cola, desconcertado e incómodo. Apenas frunció el hocico antes de
morderlo cuando el otro dio un paso más con la mano extendida. El perro lo soltó y cambió su ataque a la pierna y hacia uno de los costados. El tipo estaba gritando y se quitó los lentes para empezar a soltarle patadas al perro. Una muy fuerte con la punta del pie en su vientre lo hizo quejarse y huir. Por la situación, sin saber cómo, los lentes quedaron montados en su hocico y corrió asustado con ellos puestos, excavando una trayectoria fulgurosa. Cuando su adrenalina cesó se detuvo para sacudir los lentes montados en su hocico.


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Como le quedaron colgando de una oreja, los tuvo que tirar rascándose con una pata

Kurco percibió un destello a lo lejos y se dirigió hacia ahí. Encontró unos lentes tirados y al ponérselos, se transformó el mundo. Todo se veía de una tonalidad dorada. El sol asediaba la amplitud de lo que había sido una avenida saturada de autos y tráfico; a lo lejos, el circuito elevado y curvado a la izquierda se distorsionaba por las ondas de calor. A pesar de la temperatura, una corriente de viento le despeinaba el cabello ralo y largo.

Estaba acostumbrado a cambiar de ambiente de manera drástica; los lentes lo fascinaron. Caminaba tranquilo, con las manos en las bolsas de su playera café. Como se dirigía a la casa de un amigo, no llevaba prisa y se salió de la avenida para caminar por las calles. Le gustaba caminar entre la extraña distribución de edificios y casas que se encontraban dispersos en distancias proporcionales entre sí. Ningún automóvil transitaba por ahí, aunque uno grande podría desplazarse en ellas. Las calles conformaban un laberinto lleno de indicaciones y puertas abiertas en el que Kurco se desplazaba mientras escuchaba música. Mientras lanzaba ligeros gruñidos, se buscó en las bolsas un hitter con yerba y lo puso en su boca, pero no traía encendedor. Se lo buscaba en las bolsas, pero no lo encontró. Entonces miró a su alrededor y vio a alguien tirado en el suelo, como recargado en la pared. Se acercó y le pidió el encendedor.

-         Está en la bolsa de mi camisa. -Kurco se acercó a sacarlo y pudo ver que el tipo estaba lastimado y dijo:

-         Voy a la casa de un amigo, ¿quieres venir?

-         Me atacó un perro

-         Ahí podemos ver qué hacer

-         Hace 20 minutos tenía que estar en un lugar por la plataforma

-         Pues creo que ya no llegaste

-         Me atacó un perro

-         Ya me dijiste, vamos, no está lejos

-         ¿Eso es motita?

-         ¿Quieres?

-         Okey. Ese perro me mordió fuerte. ¿Viste un paquete?

-         Ahí, en el suelo.

Los dos se fueron caminando, sólo se escuchaban sus pasos. En el cielo despejado apareció un jet que dejó una estela. Kurco prendió mientras miraba la trayectoria del avión descrita en una línea reproducida a gran velocidad. El humo casi se extinguía en sus pulmones, dejaba escapar muy poco. Se lo pasó prendido al otro, que estaba pensando en decirle algo. Agarró el tubito de madera con su mano adolorida y le fumó fuerte. Volteaba en todas direcciones como en cámara lenta. Sacó el humo y le pasó el tubo a Kurco. Hey! My friend. Esos lentes son míos.

-         ¿Estos? Nooo. Me los encontré tirados en la avenida

-         ¿Si? Bueno, son míos

-         Si son tuyos, te los doy al rato. Me gusta cómo se ve todo a través de ellos.

-         A mí también. Wow, qué nena. –Kurco volteó para buscarla.

A cierta distancia iba una chica vestida con algo que parecía una bata de seda blanca y forrada en pantalones de campamento; llevaba una mano en los audífonos y ni los volteó a ver.

 

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Árboles
30 km\h. Tomó la curva que la sacaba del circuito elevado por la
derecha y siguió sobre la avenida en dirección a La Plataforma. Iba tarde, se había perdido y no le fue fácil encontrar la ruta. Lyin manejaba un uniplaza de propulsión recíproca; un tubular cubierto de acrílico transparente anaranjado con motor succionador de vacío.

En pocos minutos Lyin vio la plataforma, una enorme estructura que relumbraba en plateado por las celdas solares. Lyin tuvo que ponerse unos lentes para no quedar deslumbrada al mirar en esa dirección, porque no podía dejar de hacerlo. En todo ese tramo no se veían árboles, sólo la magnífica plataforma. Los lentes polarizados le permitieron quedar hipnotizada por la irrealidad de esa visión hermosa y desconcertante. Lyin se preguntó qué significaría el hecho de que algo así pudiera estar instalado en ese paisaje: un instrumento de abastecimiento y comunicación, un monumento a la civilización que expone el alcance de su reciente transformación; o un elemento sin significado, fortuito, que permanece en ese sitio por causas ajenas a la razón. Esta última era la que más le fascinaba a Lyin. El hecho de que no existiera una explicación definitiva la estremecía. Había estado ahí algunas veces. Le gustaba cuando apenas iba a oscurecer, el cielo azul húmedo contrastaba con la iluminación amarilla de los reflectores en las esquinas. En la noche, cuando llovía, la iluminación era blanca. Cuando dejaba de llover, los charcos reflejaban por todas partes.

De niña había ido a una convención de maquinaria
móvil. Lyin se sentía atraída a toda el área destinada a la plataforma, desde donde comenzaba a verse, hasta que se perdía en la carretera. Al llegar era todavía muy temprano. Entró por el puente que conectaba la carretera con un estacionamiento elevado a la altura de las celdas solares, pero decidió bajar el auto por el desnivel. Abajo estaba fresco y la inmensidad de la sombra le dio tranquilidad. Pero Lyin quería mirar la parte superior resplandeciente; allí quiso esperar a la persona que le traería el sobre. Esperaba a un individuo que llegaría a través de la ciudad silvestre de Sartory para entregarle un sobre con un volumen a nombre de su agencia. En el mirador se dispuso a esperar. Lyin tenía ojos grises y pelo oscuro. El viento la acariciaba como a la superficie de la plataforma. Se quedó mirando mucho tiempo. Cuando se dio cuenta, el sol iba a meterse. Su rastro pasó de amarillo a rojo y azul oscuro. Los reflectores se prendieron y un frío extraño comenzó a sentirse. Lyin subió a su carro, el sobre no llegó. Esa noche no iba a llover.


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Eso pasó con Lyin más tarde, pero antes algo sucedía en otro lado

Sentado en un sillón polvoriento, Warrets fumaba un cigarro. Un cuaderno sobre su pierna tenía escrito algo. “Corres hacia el sol que se hunde; sigue su curso para alcanzar tu espalda. Relativamente es el mismo pero tu no. La falta de aliento te acerca a la muerte.” Rogelio Aguas

La luz del sol resalta el humo ondulante proyectado en una sombra. El silencio de la tarde le da un cierto rasgo de paranoia y tensión a la escena. Hay zombis en la calle. Decenas dispersas de monstruos humanos inconformes con la muerte. Es una escena extraña. Warrets presencia, desde su mismo cuerpo, lo que experimentaría en la ficción. Algunos se han metido a su casa; lo acechan sin atacar. Saben que está ahí, pero no lo atacan. Desaparecen los visitantes. Warrets le fuma al cigarro. Una voz cavernosa describe el clima neutro y el ánimo de algunos viajeros.

La sociedad de consumo quedó atrás. Esa mirada inquietante de los sobrevivientes quedará extraviada al cruzar la frontera de la percepción. Cuando esto suceda, la noción de ser quedará anulada para siempre y el color de una flor que tiene de fondo un cielo gris y húmedo, no significará nada, porque nadie estará ahí para atestiguarlo.

Empujan la puerta y dan golpes con el puño. Intentan abrir la cerradura, pero está cerrado. Warrets se acerca y abre. El sonido del rechinido les da un recibimiento. Su amigo y un extraño entran con un rostro cínico. Warrets va al refri y saca una cerveza; su cuate saca otras dos y le extiende una al otro. Lo vamos a hacer, ¿ok? No nos vamos a llevar mucho tiempo. Con estar ahí una noche nos es suficiente. El extraño se levantó por la segunda muertita y se echó con ella en el sillón para succionarle el hoyo. Los tres comenzaron a hablar del loco Sid. Aunque el único que hablaba era el cuate del Warrets, porque el que venía con él no sabía quién era Sid. El mismo Warrets sólo asentía o hacía muecas. Entonces su cuate conectó su música: cuerdas, secuenciadores y voces. Warrets se levantó a estirar los músculos. Parecía hacer una danza inconclusa de movimientos lentos. Giraba con los brazos simulando alas. A contraluz del sol muriente, su perfil enmarcado en la ventana expedía el humo de la yerba calcinada. Su amigo y el extraño platicaban de otra cosa y alguno de ellos gritó: Aw!! Y rieron con carcajadas secas. Warrets, me tienes que proporcionar otra chelita. ¿Quieres tú también? Oui.

Warrets hablaba consigo mismo. Le interesaban más los zombis que esos dos sentados en los bancos. Se acercó al extraño y le preguntó que quién era. Él le dijo su nombre y le enseñó una de sus heridas en la piel de la mano. ¿Quién querría pagar para ser exiliado del temperamento animal? Tal vez aún prefiero su desprecio. Warrets se alejó hacia la ventana abierta. Entraba un aire húmedo y frío. Una grúa de pala se acercaba con su motor hirviente. Levantaba a los zombis rendidos que se abandonaban en el suelo por no tener a dónde ir.


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Tormenta
El parque de juegos comienza a encenderse. Un faro recibe la carga eléctrica que prende el foco en etapas antes de emitir su resplandor. La extensión de una pista ciclista, en cuyo centro se encuentran los juegos, media entre la ciudad de Sartory y La Plataforma. A lo lejos, se notan las casas rasas y los edificios apagados, como un laberinto sólido de tiempo ausente. Los pocos árboles parecen fijos, ningún sonido acude a la escena. El horizonte aún contiene los restos del sol desplazado.

Innumerables lugares como éste sostienen su presencia en el espacio funcional y abandonado. Hasta el viento parece asentarse. Sube y baja; resbaladilla; cubo de cubos. Sentada en un columpio, Xshenid, vestida con un traje sastre y lentes, observa inmóvil que el escenario se apaga en su naturaleza y se ilumina artificial. El paisaje rehúye la oscuridad. Xshenid descubre que el columpio se mueve si se impulsa con los pies. Voltea a ver su portafolios, quieto, sobre la tierra roja; parece un abogado a la expectativa del juicio incuestionable de los objetos. La sentencia es una larga espera del fin. Porque todo se acabará
algún día y ese día se acerca, escrutando la permanencia que lo
“Expulsa
todo por completo." El último segundo de Xshenid es una fracción arrojada desde el centro de una nebulosa.

Xshenid se siente mucho más tranquila. Se impulsa con fuerza, tira el portafolios y se baja del columpio; lo levanta polvoriento. Le sonríe y vuelve al columpio. Se balancea tímida al principio, con un cierto anhelo de comprobación; luego más fuerte, como si ese último segundo estuviera ya presente y tuviera que deshilvanarlo para que sus fracciones le impidieran ser desfasada en el confín. La atmósfera enrarecida y convulsa se revierte en su cuerpo. Xshenid orbita en espiral, sujetada a las cadenas de su vehículo. Con el recurso de la euforia se resiste a la sublimación de su vida y de su cuerpo. Pero una ligera entrega voluntaria se produce en su interior al reconocer ese curso contingente que la envuelve de incertidumbre y una emoción repentina le estropea el sentimentalismo.

Xshenid, más relajada, sonríe para sí, de nada. El primer sonido es el de esa sonrisa extrañada y satisfecha. Sus ojos se entrecierran en una mueca de estremecimiento exterior.

La noche casi se cierra; los objetos se redimen; el silencio alegre hace vibrar la luz de las siluetas. Los faros iluminan las copas de los árboles escasos. A lo lejos ruge el motor de un auto grande y viejo. Lo ve dar la vuelta en dirección a la pista. En una cantidad de tiempo incongruente el auto llega ante ella. Xshenid se queda estupefacta, sin oportunidad del miedo. Sin apagar los faros, se bajan tres tipos del auto recubierto de praimer: el que maneja, el copiloto y el pasajero. El copiloto se acerca a Xshenid con una sonrisa.

       Hola, no quisiera interrumpir la gran actividad que te ocupa, pero tengo que confesar que nunca me había sentido tan afortunado de encontrar a una mujer hermosa que me espera en un columpio

       Ah, ¿sí? ¿Te estoy esperando?

       Bueno, no lo sabías, pero te acabas de enterar

       Entonces, muchas gracias, se pueden retirar. No necesito compañía en este momento. De hecho, nunca me había sentido tan bien sola como ahora. No quiero que nada interfiera este instante.

El pasajero se acerca con ellos y le pide un cigarro al copiloto, que a su vez le invita uno a Xshenid. El pasajero saca el encendedor de su camisa y le enciende el cigarro a Xshenid. Los dos le tienen una atención relajada. Fuman en silencio. Xshenid se quita los lentes y sus largas pestañas enmarcan unos ojos negros. Mira hacia algún punto entre la sombra y la luz. Después gira hacia La Plataforma que reluce como una estructura suspendida.

       Vamos a ir para allá. –Dice el pasajero después de un rato.

       Si quieres venís con nosotros en el auto, tenemos algo que hacer ahí

       Podemos ir caminando

       Si quieres. Dejamos el auto aquí

       ¿Qué van a hacer?

       Una tarea

       ¿Qué tarea?

       Una escenita

       No lo sé, quiero permanecer en este estado más tiempo

       –Sí, luces excéntrica

       Oye, no deberías dejar que te gane el letargo. Mejor vamos allá.

El pasajero le señala con el dedo la estructura que se encuentra atravesando una avenida que parece una pista de aterrizaje. Xshenid siente que es hora de aterrizar y acepta acompañarlos; como la escala de una nueva ascensión. ¡Hey! El copiloto le llama al piloto, que se encuentra recargado, casi meditando, en el cofre. El piloto camina hacia ellos, seguido de decenas de zombis calcinados y en descomposición. Saluda
a Xshenid con las cejas y se voltea. Ella se levanta y les dice su nombre. Yo soy...

 

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Goo
Kurco se regresó por la cámara de video al auto. Al salir con el estuche en el hombro se apuró a alcanzar a los demás. Evann le iba platicando a Xshenid lo que había pasado con el perro en la tarde. Warrets los miraba con ojos de sicópata.

Kurco grababa lo que ocurría en un ángulo que iluminaba los tres rostros. Tomaba planos con la plataforma de fondo y casi corría para cambiar de posición. A Xshenid le desconcertó un poco y miraba hacia otro lado. Evann dejó de hablar y miraba mucho hacia el lente. Kurco le indicaba con ademanes y gestos graciosos que se volteara. Llegaron a una zona oscura de superficie granulada.

Tenía un perímetro de 200 metros alrededor de la plataforma. Los cuatro siguieron derecho casi en silencio, Kurco dejó de grabar. Caminaban lento observando la delgada línea de ciel bleu que no oscurecía. Se podía ver el circuito aéreo por atrás de la plataforma, surcada de ese cielo que velaba los altos faros de iluminación. Al acercarse a la plataforma, Xshenid preguntó acerca de lo que iban a hacer ahí; Kurco se detuvo sin contestar y los dejó pasar. Al llegar al límite con la luz, Evann comenzó a retomar el problema del perro, pero Warrets comenzó hablar casi a gritos.

Espero que tengan el carácter para escuchar lo que estoy a punto de decirles. | ============ No pongan esa cara. Parece como si ya supieran lo que voy a decir. Es el fin del mundo.

¿Qué?

Si, por fin, todo eso que pensaron que nunca iba a ocurrir, va a suceder. En poco tiempo, tal vez en unas horas.

El viento comenzó a sentirse cuando Warrets dijo estás últimas palabras. Xshenid y Evann lo miraban con preguntas en los ojos y con los ojos Warrets les impedía pronunciarlas. Tenía una mirada seria y profunda. El pelo se le alborotaba mientras hablaba.

“Este es el momento de que hagan la evaluación de lo que han sido. Sin decir nada y sin esperar el juicio de nadie, piensen en la atrocidad de la que han formado parte. Y si no atinan a discernir a qué me refiero, empiecen desde las cosas pequeñas, las cosas insignificantes que permanecen así hasta que un día alguien las reconoce y extrae su sustancia, entonces pensamos que son vacuas o que son prescindibles. Las personas; los segundos; las ideas; y los planes.

“Todo eso que develaron un día y que recolectaron en el olvido los hizo preguntarse qué será mejor, si dejar que la realidad preserve su misterio o que la razón comprenda a través de las equivocaciones. Todo lo que nos rodea está cimentado en el temperamento atroz de la civilización.”

Extraño discurso. Xshenid y Evann pensaron que era una broma y decidieron dejarlo hablar. Tenían un gesto de incredulidad, pero sintieron una clase de cosquilleo en sus cuerpos.

¿Y por qué nos dices todo esto?

¿Por qué dices que es el fin de todo?

Porque va a ocurrir. Todo: el Tiempo, la Vida, este lugar, todo se terminará. Lo que tenemos como cierto desaparecerá. ¡Así! Y antes de que suceda, debo confesar que hace mucho mi cordura se desvanece. Veo zombis a mi alrededor. Hace mucho los veo. Antes de saber que era el fin, las personas me parecían objetos inanimados. Pero cada vez se descomponían más. Se transformaban en monstruos deformes que dejaban transcurrir su historia de aberraciones. Me di cuenta de que nuestra presencia corresponde al intercambio aleatorio de los procesos y que las probabilidades de continuar en estas circunstancias se encuentran ligadas al asentamiento; la ley de la acumulación cósmica se ha revertido.

-         Algunas cosas han cambiado. Se supone que ahora todo es diferente. Pero tienes razón, la apariencia continúa -dijo Xshenid.

-         Sí, reconozco en la entropía del universo un rasgo de estupidez, pero sólo desde el razonamiento de mi humanidad.

 

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Alpenglünen
Evann comenzó a grabar a Xshenid bajo la Plataforma. La iluminación era ámbar, pero cambió el filtro a azul. Kurco se introducía en la escena a veces. Xshenid se quitó los lentes y reaccionaba ante lo que decía sin exagerar sus gestos.

Sería ingenuo pensar que el mundo ya cambió. No preservo conmigo la ilusión de que todo va a estar bien para siempre, pero, aunque tengo miedo y una impresión constante de que lo peor no ha pasado aún, siento que las cosas no van a volver a ser las mismas. Es decir, los errores han sido compensados y los que vivimos en este periodo histórico no los vamos a cometer otra vez. Creo que experimentamos una ascensión profunda, pero también pienso en las consecuencias de lo que esto significa.

Ahora no se nota, todo está tranquilo, pero en cuanto volvamos a encausar nuestros propósitos, ¿qué va a pasar?

¿Quieres decir algo...? Perdón, pero no sé cómo te llamas...

¡Kurco! Evann. Siento intervenir. Es que creo que es..., es incierto, nos encontramos en un proceso de reestructuración permanente. Nuestra vida parece casi perfecta. Creo que la humanidad no había experimentado esto a un nivel tan armónico como el de ahora y es inevitable que sintamos el temor de presenciar cómo se esfuma frente a nuestros ojos. Las consecuencias, sin ir lejos, son: (con los brazos) tú, Xshenid, por ejemplo. Te preocupa lo que va a suceder.

Tal vez no presenciemos lo que va a continuar, pero creo que de eso se trata, de que...

Evann seguía grabando, pero su teléfono comenzó sonar y se puso la cámara bajo el brazo. Oye, espera, me interrumpiste. Kurco agarró la cámara ¿Qué opinas tú, Xshenid?

Por teléfono Evann hablaba con Lyin.


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Kawaii: La realidad es caprichosa. “¿Te gusta mi cambio de ánimo? ¿Y ahora?” No tengas miedo

En la casa de Warrets todos estaban comiendo tirados en los cojines del suelo; iluminados con una lámpara a 50 cm del suelo.

-         Y, ¿se puede saber qué es lo que hay en el paquete, Evann?

-         Es una novela. Comencé a escribirla al observarlos a ustedes y a otra gente.

-         ¿Ya nos conocías?

-         Sólo de vista, no llevo mucho viviendo aquí. No sabía que te gustara grabar a la gente o de la preocupación de Xshenid, menos de la paranoia de tu cuate Warrets.

-         Es extraño que conservemos esta manera de percibirlo todo, pero ha pasado poco tiempo.

Todos se quedaron en silencio mientras terminaban de comer. Kurco puso una música lenta y bailable. Lo único que persiste es la noción de que el entorno es modificable. En un momento todos estaban de pie, incluido Warrets. En otro, sólo era Xshenid con Kurco o Evann. Comenzaron a beber. La música los transportó a todos. Kurco se acercó a Xshenid y hacía gestos de querer hablar, pero se quedaba callado. Evann lo miraba como para alentarlo, mientras Xshenid lo miraba. Me quiero robar tus pensamientos Evann hizo un buen gesto. Son incompletos y llenos de angustia, Kurco, no te creo En serio, se mueven con tu cuerpo que te aleja del abismo Evann le subió el volumen a la música y se acercó a Xshenid para quitarle uno de los broches del pelo y se lo guardo en la bolsa del pantalón. Todos se emborracharon a la par de un calor extraño que no parecía corresponder al clima exterior.

Al día siguiente, Xshenid despierta con mucho frío acostada entre Kurco y Evann. Afuera hay un resplandor azul nublado, llueve muy fino. Xshenid alcanza a taparse el torso antes de que Warrets entre al cuarto. La mira unos segundos en silencio. Kurco se le acerca y al succionar su lóbulo le quita un arete que guarda en su playera café. Warrets sigue con la vista fija en ella. ¿Eres una Puta o algo así? ¿no, verdad? ¿Qué? No tengas miedo, Xshenid, no soy enemigo No tengo miedo, ¿qué hora es?


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8
Warrets se estaba portando como un verdadero anfitrión. Durante la noche anterior iba y venía con comida, servía los tragos, llegó a poner algo de su música, por eso Xshenid se siente extrañada de recibir esta clase de buenos días.

Evann está hablando con Lyin por teléfono otra vez. En otro cuarto Kurco, recargado en el marco de la puerta habla con Warrets al respecto de su comportamiento con Xshenid. Sólo estoy tentando al desconcierto. Ella mira hacia arriba como si constatara alguna sospecha.

Warrets, ¿me puedes dar un raid a la plataforma?, Lyin ya va para allá. Si quieren, pueden venir todos.

Kurco inclina su cabeza para decir a Xshenid que vaya.


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El conflicto latente se puede resolver mediante el principio de imprecisión Ocurren apariencias trascendentes, el desenlace no tiene sentido Sideral Intermitente

Enfrentas las circunstancias con la inquietud de ignorar el mecanismo que te permite saber qué eres en este lugar la, extraña fortuna de habitar este plano de la realidad donde puedes reconocer yo-soy-aquí-ahora. Esa sencilla ecuación demuestra la magnificencia de la vida.

Los secretos que surgen al existir revelan que nos encontramos a disposición de una inteligencia subvertida por sí misma, que intenta asumir el control de lo que sucede en su poder e incapaz de comprender la naturaleza de nuestra especie aspirante a la inmortalidad. A cada despertar, identificamos los secretos sorprendentes que constituyen y aniquilan simultáneamente nuestro sentido de la fascinación. A pesar de
todo de esa tonta inteligencia que conforma el universo y nuestra vida en una mecánica entrópica, en ocasiones nuestros pensamientos son sublimes y distanciados de la sordidez que nos emana. A pesar de la venganza de la muerte y de la ignorancia, continuamos sensibles al mundo y cada segundo es música.

La mañana envuelta en nubes contrastantes y aire frío en la
plataforma. Es sublime. Evann se vuelve sensible a la posibilidad del recuerdo, sería bueno conservar la textura de este momento. Enciende un cigarro al ver llegar el uniplaza de Lyin que llega hasta ellos con un ligero zumbido. Todos la miran llegar. Xshenid chupa una paleta que surge de las mangas de un suéter sintético y frondoso.
Hola. Todos responden. Warrets mira con encanto a Lyin. Evann se acerca y le da un beso en la mano y la presenta con los demás.

 

En realidad, no, casi no hablaron, pero permanecieron en el lugar acariciados por las nubes que rasaban al asfalto. Lyin tenía el material de Evann en las manos, mientras lo escuchaba hablar. La silueta de Kurco y Xshenid se veía un poco lejos, pero se escuchaban sus carcajadas. Evann se acercó a Warrets para decirle que se iba a llevar el auto de Lyin y le pidió que la llevara a su casa. Warrets notó que, a la distancia, los zombis se hundían en el pavimento. Xshenid llegó hasta ellos seguida por un perro grande que los olisqueó y al ver que le gruñía a Evann, Kurco le llamó haciendo ruido con sus manos. Warrets presumió que su auto era convertible y esto hizo que Lyin se subiera al auto sin abrir la puerta. El perro también se subió y Kurco se acercó para montarle los lentes dorados en el hocico.

Evann se despidió y se fue en el uniplaza de acrílico anaranjado transparente. Xshenid y Kurco se despidieron de Warrets, Lyin y el perro, que a la distancia parecía sonreír con sus lentes puestos y la vista hacia el frente, feliz de viajar en un Charger convertible.

Warrets miraba de reojo a Lyin que le regresaba la mirada con una burla cómplice. El fin se aleja. El perro pareció escuchar a Warrets y ladró en tono imperativo. Lyin sintió que todo lucía fantástico, que en el paisaje nublado se lograba colar la luz estelar. Warrets y ella se miraron por última vez; el perro estaba en el asiento de atrás del convertible, que dejó una estela de rocío en la carretera; en ese momento el tiempo y el espacio quedaron suspendidos.


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Suave desintegración

Y así, en una milésima de segundo, la inmensidad se contrae en una magnitud absoluta causando un alto vacío que modifica el estado de las cosas. Un fenómeno de reacciones compulsivas.

El universo desarticulado en su masa cósmica, formatea los brotes de la vida; los recuerdos y la historia humana dicen adiós para siempre a una realidad que vierte su horizonte de sucesos. Lo que hubo deja de proporcionar. Ni arriba ni abajo; ni cero. Conforme el espacio se consume, avanza la silente sinfonía.

Este es el Final de Todo, en cuanto acabes de leer esta Historia...
...y eso es...

Ahora…

 



 

La paradoja del hombre que mira una máquina, que mira a un hombre.

  Por: Emmanuel Ciaro Antes de desarrollar el tema, debo aclarar que, al presenciar la evolución de una entidad que podría no requerir d...