Un
Segundo de Polvo
Sostenida
en la placenta, se encuentra una criatura que escucha un sonido opaco, sin
variaciones. Sus ojos no reciben luz. No recuerda. Sus piernas y brazos se
mueven, instintivamente buscando un apoyo. Pero lo que más siente, es una
espesa cubierta gelatinosa y la vibración de la velocidad con que ésta fluye.
No respira; la oxigenación y alimentación son abastecidos mediante una dendrita
eléctrica. Percibe una ínfima noción de su alrededor, debido a las ligeras
emisiones que se distribuyen en pulso por la red neuronal.
En la placenta, la criatura recibe un
impulso alterado. Su boca se abre para comenzar a tragar grandes cantidades de
la gelatina que lo contiene. El sabor es oxidante y quema su tejido bucal. Pero
continúa. Se revuelca en las descompuestas transmisiones epilépticas. Las ondas
desatan una densa marea de gases y la presión le revienta los oídos. Se ha quedado
sin reflejos, abandonada a la merced de su catástrofe. Una turbia reverberación
le cimbra el esqueleto. La criatura se rasca un sonido de sorda expresión.
Algo ha ocurrido en el exterior, un
resplandor purpúreo impacta sus córneas, se difunde en las retinas. La
reverberación se vuelve insoportable. El espectro de luz forma un aro que pasa
de su tonalidad purpúrea a un rojo poco más brillante. La criatura lo percibe a
través de su ceguera, siente el color, la estruendosa vibración que lo integra
con precisión. Ahora todo lo que representa una falla orgánica, se convierte en
el resultado de un sentido intuitivo. Su cerebro recibe una influencia de
abstracción que la conduce por un éxtasis primitivo. Y al momento en que el aro
de luz se convierte en una intuición visual más concreta y el sonido en una
frecuencia abrumadora, la criatura percibe que la luz es un objeto que viene de
atrás, no de enfrente; un objeto que está creciendo. Percibe la magnitud a un
ritmo muy pausado (grhom,... grhom,... grhom,... ). El aro que percibía era el
espectro de la superficie de otro aro que está encadenado con otros tantos.
Siente elcolor, un gran aro de luz al centro y otro más, enorme, formando el
contorno, de manera que entre ellos la penumbra registra su solidez, que
ilumina los pequeños montículos de una superficie. En su estructura biológica,
la criatura resiente el efecto de la gravedad que lo comprime.
La fuerza de atracción gravitatoria
viene de algún lado; conduce su trayectoria. A la altura del centro, el aro está
quebrado. Es un imán inmenso que está quebrado. Un aro defectuoso que no
alcanza a completarse. Ya no hay sonido. La criatura se colapsa en un pánico
instintivo al presentir la función anómala que la integra. Siente ser atraída y
repelida en una alteración gradual de intensidad. Su cuerpo atraviesa por la
parte quebrada y sus sentidos presienten el impacto. En un evento súbito,
adquiere la conciencia de que su materia se encuentra contenida en un proceso
caótico del que tiene cierta responsabilidad. Se descubre manipulando con las
manos una gran serie de formas geométricas minúsculas que están unidas entre sí
y que, a la vez, conforman una pieza descomunal: el mismo imán, que, al
atravesarlo, la difracción gravitatoria lo sumerge en el desorden.
Un monstruoso hoyo negro. La placenta
se desentrelaza y desfasa sus factores condicionados. La trayectoria sufre una
desviación que lo manda en una hipérbole como un pedazo de materia dispuesto a
formar parte de otro proceso. Todo se le cayó de las manos, devolviendo la
calidad del destino al polvo.
º´º´º´º´º´º´º´º´º´º´º´º´º
El
ser primitivo existe en un lugar agresivo, donde las tormentas pueden parecer
interminables. Pero cuando los ciclos cambian, el clima permite que el pasto
crezca en las praderas. Un paisaje que dura muy poco, porque la radiación lo
consume en semanas. Refugiado en su caverna, el ser permanece encerrado para
evitar la mortífera temperatura. Ha transcurrido mucho tiempo y la falta de
agua y alimento lo mantienen desnutrido, pero sin morir. En algún lugar de su
memoria, sospecha que antes había sido diferente. El tiempo ha transgredido
cualquier condición que haya experimentado antes. Lleva tanto tiempo escondido
de la enceguecedora y quemante luz del astro, que se obliga a salir protegido
por una indumentaria compuesta de fibras y una materia orgánica inerte que
cubre su piel. Alguna clase de metal y cristales opacos le protegen la cabeza y
los ojos casi ciegos. Sólo así puede salir cuando se encuentra excesivamente
entumido.
Necesita estar afuera. El medio lo
forzó a componer una vestimenta que lo protegiera lo más mínimo que su
entendimiento le permitió para caminar y seguir vivo. Cuando sale, elige un
lugar que lo refugie, pero también ha desarrollado la osadía necesaria que lo
enfrenta con el terreno. La pesada energía del astro no cesa si no hay nubes.
Una imagen cavilante interfiere en su memoria. Mareas de gente cruzaban el
desierto, haciendo surcos en la arena. Para él no tiene ningún significado esta
revelación. Pero lo involucra. Tampoco le significan nada los símbolos de gran
tamaño erosionados en la plana superficie de la piedra donde se halla sentado
con la vista en las montañas.
El espacio le causa claustrofobia.
Soslaya la simetría no local de sí mismo, contenida en la trama de su propia
prolongación. Intuye que su dualidad se encuentra superpuesta y que nunca podrá
fusionarse con ella para resolver su conflicto. La sincronización se suspende y
lo abandona en lo más profundo de sí mismo. A veces con miedo, a veces con
indiferencia, pero más con curiosidad y ambición. ¿De qué? ¿Dónde? Quién sabe.
Un monolito enorme es donde su
historia confluye; aquí se desencadena el proceso. La única parte importante
implantada por la amnesia. De aquí en adelante nunca hubo más recuerdos.
El tornado ha comenzado a tomar forma.
Se retuerce formando círculos en un mismo punto y parece estar muy lejos. Pero
un tornado nunca está lejos. Nubes de polvo que antes estuvieran sobre su
cabeza, ahora se encuentran conformando la corona. Se han transformado en un
bólido con tanta velocidad, que el ser es succionado de forma repentina hacia
el tornado. Lo sustrae de su monolito. El ser, aún con apoyo bajo sus pies,
tiene que correr para mantenerse en movimiento y no abandonarse a un fin inaudito.
Enormes velos de polvo y rocas se vuelven cada vez más sólidos. Mientras se
encuentra inmerso y a punto de morir descuartizado, se maravilla de la
grandilocuente expresión de poder que se encuentra a su alrededor. Sin embargo,
el tornado no lo absorbe. Un frente opuesto cambia la dirección de su destino.
Agitado por la turbulencia ensordecedora, el ser sale despedido en la dirección
contraria cayendo a un kilómetro del monolito donde vio nacer su renovación. Tirado
en el suelo, con heridas en el cuerpo, se da cuenta de que ha sido despojado de
sus ropas, quedando solamente la protección para la cabeza. Sus pies lo llevan
de regreso a su nuevo entorno. Al llegar al monolito todo está oscuro. La luz
retardada de las estrellas no penetra la atmósfera y no hay satélites, así que
no ve nada. Se deja llevar por la negrura, relaja sus músculos. Imagina de
manera inconsciente, que dentro de una fluorescencia rojiza algo se descompone,
algo sale mal.
Con el tiempo, recibe la impresión de
haber vivido eso antes con claridad inteligible y despierta sobresaltado y
melancólico. Al no ver nada, se tranquiliza sumergido en la ausencia de
reflejos. Cuando vuelve la luz del astro, el ser se cubre con nuevas fibras y
camina guiado por una ancha grieta que compone una geología caprichosa hasta
llegar a un cráter dispuesto a un metro de estar a ras del piso. La gran
planicie se extiende hasta las montañas. El ser recorre el borde del cráter y
la tormenta se forma en la atmósfera silente. Su mirada analiza el accesorio
atemporal que compone ese momento y le produce algo semejante a una emoción.
Sus pies cruzan hacia el interior del cráter. El ambiente es tranquilizante,
sin corrientes de viento ensordecedoras. Continúa caminando y a lo lejos ve una
construcción que no puede definir como tal. Lo que no es un espejismo, se
muestra frente a él al poco tiempo de haberlo descubierto. Un enorme castillo
cónico, sin bordes ni monturas. Paredes lisas que delimitan las dimensiones de
las naves que lo componen. Y lo que descubre al avanzar, inunda sus ojos de
lágrimas sin comprender lo que esto significa. Un delicado fulgor proveído por
millones de velas: unas viejas, otras nuevas, prendidas o apagadas. Aquél ser
jamás había visto algo semejante y, atónito, por el esplendor de semejante
espectáculo, se interna emocionado en la profundidad del castillo.
Al llegar hasta arriba de la torre
intermedia, siguiendo unas escaleras de piedra color turquesa, mira hacia
afuera, por una terraza, el increíble panorama que se extiende a sus ojos, con
la clara superficie dentro de los confines del cráter y el azul fluorescente
del cielo; surcado a ras del castillo por un resplandor de intenso amarillo
fuego. Entonces, la tormenta que tanto anhelaba, llega, mientras se encuentra
refugiado en ese lugar inaudito para él. Con las manos sobre la barda, observa
los rayos que consiguen reflejarse en las gafas de su casco protector. En ese
momento, el ser decide quitarse las fibras del cuerpo y luego el híbrido elemental
de su cabeza. Las velas comenzaron a apagarse y con una de ellas enciende las
que parecen nuevas.
El ser continúa su recorrido por unos
anaqueles de piedra y descubre, sin saber lo que era, un librero con una
enciclopedia que exhibe los signos: Enciclopedia del espacio y el pensamiento.
Sus ojos observan que hay cientos de objetos organizados de la misma manera. Al
encender una vela que ilumina el tomo marcado 326, el ser lo saca de su
polvoriento lugar y lo abre para descubrir que su interior está en blanco. No
es que busque algo en particular, pero no comprende. Abrió otro que también
está en blanco. Sólo hasta que abre uno desde el principio, descubre la leyenda
que reza: “Dedicada al tránsito de los entes en el Universo”.
La tormenta se perfilaba hacia una
nueva trayectoria y el ser comenzó a estimular ideas que explicaran la
existencia de esos libros y, al pasar el tiempo, se dedicó a hojear cada uno en
orden. Desde el primero; hoja por hoja, sin que ninguna cambiara en algún tomo.
Pero le complacía tanto, que mientras hojeaba cada tomo, imaginaba y ordenaba
las ideas que, pensaba, podrían estar contenidas en ellos. Así fue como
desarrolló su propio pensamiento y los conceptos que le permitieron descifrar
lo que significaba la leyenda ubicada en la esquina de cada tomo. Así fue como
descubrió lo que era... y que estaba sólo. Durante el tiempo en que estuvo en
ese lugar, aquél ser salió muy poco. Prefirió quedarse y ahondar en sus
descubrimientos; de esta forma, la tormenta le proveía un placer profundo
cuando decidía tomar un descanso. Así fue como empezó a tener conciencia de ser
él también un aspecto transitorio y cambiante de la realidad. Pero un día se
cuestionó demasiado y despreció el hecho de estar ahí, sólo para reponer las velas
consumidas. ¿Quién había estado allí antes que él? ¿Qué pasaría si las velas se
terminaran? ¿Qué significaría el hecho de que tal vez algún día él ya no
existiera en ese lugar? ¿Hace cuanto que estaba recluido en el cráter? Todo
esto lo abrumó tanto que prefirió huir despojado. Despojando todo. Tenía un libro
entre las manos y al cerrarlo de golpe, el papel se hizo cenizas. Entonces
salió del castillo en medio de la tormenta y abandonó el resplandor amarillento
que lo había cobijado por mucho tiempo.
Con una gran perturbación, pero
también con una plena sensación de alivio, se sintió contento de saber lo que
hacía; porque comprendía su forma de vida y sus costumbres. Un suceso
impactante que lo mantuvo en un éxtasis psicótico por tanto tiempo, que
prefirió alejarse por un tiempo de ahí. Ahora, sólo conserva su híbrido elemental
y, la experiencia del medio en el que vive, revitaliza lo que aprendió en el
encierro.
La tormenta se ha ido. Alguna clase de
vida resiste mejor las condiciones del clima. Él mismo comienza a disfrutar lo
que ya comprende como estar vivo. Algo cambió en su ausencia. Cada vez son más
las cosas con las que interactúa, aunque continúa sólo en su mundo.
Ha regresado incontables veces al
castillo. Momentos en los que el ser se desarrolló. Pero hubo otros en los que
ocurrieron cosas extraordinarias, de carácter mucho muy trascendente para la continuidad
de este proceso. Pero mis manos se van a quedar mudas, la tinta escasea y no
podré continuar adelante con mi testimonio. No sé cómo tomarlo. Siento la
responsabilidad del que no ha resuelto nada, cuando ya no hay nadie que pueda
verificarlo. La historia de nuestra historia ha sido nada más eso. Sólo me
queda despedirme como el último sobreviviente de la esp...
º´º´º´º´º´º´º´º´º´º´º´º´º´º
Entre
los árboles se mueve un bulto. Silenciosos pasos aplanan el polvo de lo que
habían sido hojas secas. Cubre su cabeza con la capucha del viejo abrigo rojo.
Llega hasta la roca y contempla sus formas: relieves de erosión pulidos en
miles de años. Grietas del tiempo. Una espalda grande y ancha.
El
viento zumba entre las ramas secas y sin hojas; desprende la capucha del
arrugado cráneo de Juliuserzra. ¡Anselmo! Anselmo voltea sobresaltado y
cae al suelo. Con la cara empolvada, mira algo que pudiera ser un hombre
diseñado por algún científico psicópata. Su piel es gruesa, el cráneo rugoso
está cubierto por pajas ralas que le caen por los hombros; los grandes párpados
guardan una pupila ambarina que se extiende por el humor vítreo en delgados
filamentos. El monstruo mide casi tres metros. Anselmo lo ve con una especie de
temor y sorpresa. Hacía mucho tiempo que no se explicaba lo que había pasado en
su país o en el planeta entero.
Julius-e se encuentra ahora enfrente
de Anselmo, quien se impresiona casi hasta el pánico al ver que su piel es como
una plasta gris que le engrosa las facciones miserablemente. Sus brazos ocultos
en el sucio abrigo. “¿Quién es usted? ¿Cómo sabe mi nombre?”, pregunta Anselmo.
–
¿Cómo sabes que es tu nombre?
–En
realidad, no estoy muy seguro.
–
El mío es Julius-erzra. –Con intención de atemorizarlo– No te ves nada bien. Ansío
ver tu cara cuando te diga que soy un inmortal.
–
¿Un inmortal? ¿De qué está hablando?
–
No te preocupes, todo está bien.
–
¿Todo está bien? A mí no me lo parece.
–
Mi óbito esté cerca. En un inmortal, así como el propósito se desvanece a
través de los siglos, el cuerpo también sufre cambios drásticos; muy
convenientes.
–
Pero, ¿de qué está hablando? Me encuentro hablando con un monstruo inconcebible
y estoy a punto de escapar de esta situación. –Julius-e sonríe– Lo haría si no
sintiera paralizado mi cuerpo.
–
No sé cuándo fue la última vez que algo me hiciera sonreír. Gracias por eso.
–Esta confesión de Julius-e lleva a Anselmo sentirse mucho más tranquilo–
Precisamente he venido a recibirte. Te encuentras en Mestía, la tierra de los
inmortales. Te encuentras en un mundo que cambia de nombre durante sus periodos
de vida, pero ese el nombre que le damos los inmortales.
–
¿Usted es el único que habita este lugar? He vagado solo durante semanas. Ya he
perdido la angustia, pero he llegado a
llorar en esa soledad. ¿Me entiende?
–
También he olvidado cómo es eso. En esta época, los inmortales tenemos mucho
tiempo y nos dedicamos a explorar infinitas probabilidades. Pero están por
todos lados.
Anselmo
se sienta en el polvo con expresión incrédula.
–
Lo que te ha sucedido a ti, le pasa a cualquiera que tenga la cualidad de ser
inmortal. Has pasado por un lapso latente, muy conveniente en tu caso. En tu
era, los gobiernos comenzaron a abusar del avance científico para someter la
ética racional; manipularon la singularidad tecnológica para implementar sus
guerras científicas. –Anselmo parecerecordar– En el auge de la era Macrobélica
de transición Neurox-Biocibernética, tu don inmortal te suspendió. Por eso ha sido
conveniente para ti. Has dormido durante más de siglo y medio, mientras la
magnitud de la posguerra abre paso a la tranquilidad. No puedo evitar decirte
que te has perdido de una interesante sucesión de hechos que determinarán la nueva
condición consciente de los organismos inteligentes, nanotecnológicos y demás híbridos.
Eso te que te tocará experimentar a ti. Yo estoy por entregarme. En realidad,
Anselmo no ha podido asimilar nada. Julius-e comprende su reacción. –Imagino -dice Julius-e- que lo que te estoy
diciendo pasará dentro de poco más de un siglo. Así que tienes tiempo. A mí me
ha gustado mi época. No sabes cuánto.
–
Pero… ¿de qué está hablando? No puedo creer lo que dice. –A pesar de su
confusión, Anselmo se siente emocionado por la posibilidad de que no se trate
de algo imaginario– No… lo creo.
–
La verdad es que no estoy aquí para convencerte. Lo que sé es que estaba
esperando un candidato para entregarle mi poder. Nunca he sabido que fueras tú,
pudo ser cualquiera. Cuando un inmortal quiere descansar, hace lo mismo que yo.
Para mí ha sido suficiente. No tienes idea. Fui un inmortal muy capaz y...,
tampoco fui tan malo.
Antes
de que Anselmo pueda negarse, con una mano gruesa en su cabeza, Julius-e emite
una descarga neuroeléctrica hacia su cerebro. Anselmo hace bizcos, se desvanece
y, al ras del suelo, con la vista nublada, ve como Julius-e se aleja.
Anselmo
despierta después de horas. Entonces se da cuenta del cambio que ha sufrido su
anatomía. Su cuerpo adoptó una postura simiesca que lo aumenta de tamaño y su
ímpetu exhala poder. La frente luce una fina aguja color marino. La tormenta
regresa; anuncia que la hora del conflicto real está por iniciar. Sus largas
piernas comienzan a moverse y los brazos se balancean uniformes. Se desplaza
con velocidad mientras la lluvia se desborda. Corre hacia las montañas durante
horas, internado en un cañón profundo. El cañón termina en un valle cubierto
por un pastizal de altos filamentos. Anselmo echa vistazos precisos y, con
grandes garras, corta los filamentos entre las cortinas de agua. Hay algo que
no le gusta, pero está predeterminado a cerrar el trato. Ahora que el objetivo
se encuentra a unos metros es imposible resistir. La bestia lanza un rugido
entre relámpagos que caen a su alrededor. Desde arriba se ve que, a unos veinte
metros de distancia, la presa camina tranquila con el cazador atrás de ella,
afilando sus garras con la yerba húmeda. Julius-e se detiene y voltea con
semblante ausente. Anselmo no se detiene y le desprende la cabeza de un solo movimiento.
Antes de llegar al suelo, Julius-e recibe tres embates más de Anselmo en el
tórax. La inmortalidad de Julius-e ha terminado.
En
el suelo quedan las partes desprendidas, como prueba de que el trato ha sido
cumplido. Para Anselmo ya no tiene importancia: el hecho de sentir afecto o
desprecio forma parte del mismo concepto. Ahora Anselmo es el nuevo habitante
de Mestía. Pasado el tiempo, recuperado de una inagotable euforia, Anselmo
presenció un hecho inusual. En plena espera furtiva, caminaba por un canal de
agua flanqueado por dos muros de piedra; bajo el sol; la mitad de su cuerpo
sumergida en el agua. Comenzaba a reconocer las ventajas de su nueva condición
y sus expediciones se volvieron permanentes. Era un día caluroso, pero el cielo
azul le daba una saturación a los colores. Anselmo se detuvo por alguna razón.
El agua transparente reflejaba el rostro de la bestia, que se quedó paralizada
al ver como una grieta materialmente negra, dividía verticalmente el cielo y el
agua. Como si separara la realidad evitando que se reflejara la luz en ella.
Algo fue arrojado de la grieta hacia el agua. Anselmo apenas pudo percatarse de
lo que sucedía. La grieta permaneció y él se acercó para inspeccionar. La
división caía geométrica y retorcida, sin perderse en el agua; ésta seguía
cayendo en un plano dimensional desconocido. Se paseó de tras de ella y se dio
cuenta de que él también era dividido. La grieta era delgada, pero no
imperceptible. Majestuosa. Un fenómeno onírico que desapareció en segundos.
Anselmo comenzó a darse cuenta de las ventajas de habitar ese lugar.
Cuando
todo había pasado, buscó bajo el agua, pero no encontró nada. Continuó su
camino con una excitación que recorría su espina dorsal y pensó en Julius-e.