viernes, 23 de febrero de 2024

Antonia

Emmanuel Ciaro

Relato publicado en el libro Mar Intangible


Me acerco a sus vellos

y supuro las heridas con mi lengua

Evoco el canto de la implosión

que se fuga por los agujeros

de los órganos

“Matemos al Tiempo, no faltes...”

 

Una luna roja ilumina los jardines de la mansión. En el interior, la melodía de un chelo se escucha lejana y profunda. Desde el sótano emerge la música de un concierto que está por terminar. Una melodía dulce es ejecutada con furia por la chelista. Su instrumento es viejo, tiene placas oxidadas en el cuerpo. La fricción de las cuerdas sodomiza el monumento de un público apoltronado en su tensión. ‘Cierra los párpados.

Los otros instrumentos se integran a la complicada armonía de contrastes. Un viejo piano de cola canta su arrullo suave para abrirle paso al trombón. Mientras, la viola se revuelca excitada en su cadencia.

Preludio al Genocidio es la última etapa de esa sádica composición. Las texturas envuelven a los asistentes en una marea de incertidumbre. Imágenes sensuales y agresivas suspenden su respiración. Rostros perturbados reflejan un suceso al mismo tiempo conmovedor e intimidante.

El trombón comienza a contrapuntear con el piano para romper su arrullo; se insinúa con inocencia hasta hacerse acompañar por el acorazado. El chelo impone una cámara profunda donde la viola ejecuta una danza grácil, acometiendo estridentes emisiones de placer. Ahora el piano aborda una oscura fuerza que los incorpora lento como la determinación de quien intenta mantener un portal cerrado cuando la muchedumbre está por desgajarlo. Unos tambores retumban acumulando la presión; el equilibrio está por suspenderse. El trombón se convulsiona. La viola y el chelo se unen a un clímax compartido y el piano los corrompe con el canto unánime de los árboles transformados en lo más gentil de su nobleza. Los tambores liberan la potencia del silencio perfilando a los instrumentos en caída libre.

Los que escuchan en éxtasis colectivo, se abandonan al fluido de su sangre adrenalínica, poseídos por una descarga que electrifica sus genitales. Antonia –que por una contracción jala su labio inferior hacia un lado de la cara–, azota las cuerdas con el arco escurrido de saliva.

¿Y quién es Antonia? Ella es la autora del concierto que ejecuta esa atmósfera irrespirable de la que su público no puede escapar; un acto que sentencia la falsa impavidez de su presencia.

Los instrumentos sueltan notas a destiempo como un intento de prolongar su existencia y las lágrimas de Antonia se pierden en destellos de luz. Revienta unos tensores de su arco y las notas sincopadas de los otros se acumulan hasta conseguir una demolición rotunda. Entonces, las luces se apagan.

Al encenderse para despedir a los músicos, la audiencia consigue derribar el portón que los sonidos contenían y se fusiona en un híbrido de miembros sin control. Sus rugidos saturan la acústica del lugar hasta alcanzar una distorsión grave y pausada. Sin hacer reverencias, Antonia se apoya en el chelo con el deseo de eliminar al monstruo que tiene enfrente. Pero sólo se cubre la cara con las manos y suelta su instrumento. Opacada la queja por el escándalo de gritos y aplausos.

Los músicos se han ido, la imagen de la bestia queda exhausta y dispersa. Antonia está sola en el escenario. Sentada en la silla, como única huésped de la quietud, piensa en la utilidad de aquel escenario... Los sótanos son el cementerio de recuerdos, de cosas viejas e inservibles refacciones...

Calladas metáforas que abundan en su mente. Con las manos por encima de los hombros, agarrada del respaldo, la consciencia extraviada humecta su pensamiento. Flagelemos las paredes en la casa de los desconocidos, ahí está mi refugio. Inconsciente de haberlo hecho, levanta el violonchelo del suelo para deshilvanar la madeja que conforma su memoria. De manera sutil, infiltra su caos articulado en sonidos. Pero alguien que no se había ido, se deja descubrir bajo un reflector encendido al frente del escenario. Antonia deja de tocar, acomoda su instrumento en el atril y sin decir palabra, se va.

 

Abandonado, completamente solo e inmerso en el silencio, el chelo espera.

La fiesta después de un concierto siempre es un placer; aunque para Antonia representa el anfiteatro. Un camino de besos y abrazos, imágenes barridas; ausente de palabras, el juego lascivo de su público. La música pasa a segundo término. Esa gente crea un círculo incoherente en el que no pueden entrar, aun cuando lo conforman ellos mismos. Antonia es un personaje superfluo que enriquece la realidad de los que la adulan y, sin embargo, no importa que estén ahí parados, no traspasarían la línea.

 

Ha decidido terminar con todo, pero tiene miedo. Nadie sabe de la impotencia que siente al seguir viva. Antonia escucha un murmullo que reserva su intención para un momento más propicio. Quien lo emite tiene el deseo de quebrar el cristal que la contiene. Apenas alcanza a comprender las palabras desordenadas por la telepatía: ¡Piérdete, Antonia, abandona las miradas inciertas de los personajes! ¡Aprópiate del vino de los súbditos!

El cantinero le pregunta:

        ¿Una botella de Whisky? ¿Cuál es su nombre? – Ella lo mira sin emoción alguna.

        Antonia –le enseña su gafete. Su mirada podría significar muchas cosas, pero el cantinero no lo entendería; no parece darse cuenta. Él le extiende la botella.

Antonia quiso comprobar que la fiesta haya sido ofrecida en honor al Grietsa Exemble. La invitación traía una tarjeta que decía: Esta es una celebración en honor a tu música. Permíteme el placer de tu presencia. Matemos al tiempo. No faltes.

A ella no le importa saber quién la invitó, sólo se pasea bebiendo tragos de la botella en busca del cadalso. Profundos pasillos que terminan en rincones, le dan forma a un verdadero laberinto. Las paredes albergan cuadros viejos; pinturas de paisajes que registran la degradación del tiempo en colores oscuros con reflejos de luz. Parecerían transmitir una cierta ubicuidad: El Síndrome... de Stendhal...

Hay retratos de antiguos señores y animales que expresan en sus rasgos la complicidad de guardar un secreto. En contraste con los cuadros que datan de siglos, los muebles tallados y los jardines geométricos, los aparatos domésticos son el reflejo de una sofisticada tecnología que automatiza las funciones de la mansión. Antonia se pasea por su interior hasta alcanzar un alto grado de embriaguez. Cuando la botella lleva la mitad, la abandona en algún buró.

El laberinto se detiene en uno de los rincones que no continúan. En medio de las blancas paredes, una brusca puerta de madera con chapa de acero. Antonia la prueba y la manija cede. Al entrar, ilumina tenue la habitación con un regulador y cierra. En la habitación hay otra puerta. Antonia mantiene su mirada en esa dirección, pero tal vez no ha dado cuenta de ella. Con expresión idiotizada, mira alrededor y vuelve en sí recordando lo que quiere hacer. El deseo inconsciente de ser salvada es fuerte, pero la impotencia es mucho más pesada. ¿Para qué retardar algo irremediable?

Aislada en un rincón se aprieta los brazos. Arrastra y desprende de las paredes los miembros que vagan sueltos en giros de desconcierto. Por alguna razón ha logrado reprimir el grito que lastima su garganta y lo deja salir en llanto.

La respiración agitada, el sudor, las manos temblorosas, sus lágrimas y desesperación. De la bolsa del vestido saca una navaja de rasurar con doble filo, la parte con los dedos y corta sus yemas; entonces, una visión se produce en su memoria: cuerpos colgando de un puente, rostros de cierta familiaridad desvanecida, ovejas que bajan de una colina al atardecer con su lana pintada de rojizos, después, la silueta de un hombre que la llama desde lejos.

Nada de eso la impresiona; el delirio se abre paso, relaja su tensión, se siente casi aliviada. Deja las navajas en una mesa para sacar un sobre de cocaína que guardaba en su vestido. Vacía el contenido en el espejo redondo que refleja el destello de su ojo cristalino. Con una de las navajas prepara dos gruesas líneas de amarga arena.

Al aspirar la primera, siente que calcina su laringe; entonces su percepción atraviesa por una metamorfosis de proyección exuberante. La mirada sin trayectoria fija le revela que el cuarto asumió ser el único testigo, pero apaga la luz. Después de la otra línea, agarra las navajas con cada mano, esperando el momento del flash. Se sienta en un sillón frente a una ventana por donde entra la luz nocturna. Acomoda sus manos poniendo cada navaja en la muñeca contraria. Una arriba y la otra abajo. Y en segundos, recibe el destello que mueve sus manos cortando una y otra vez en distintas partes, hasta desgarrar las mangas del vestido. El proceso comenzó.

 

Antonia mira las heridas, incrédula. El terror se apodera de ella con delicia. Se sienta, se levanta y se vuelve a sentar, mira sus brazos, espantada de vivir su muerte. Se levanta con un ligero y largo gemido; camina como si tuviera prisa; siente escurrir la sangre a borbotones. Un calambre de cuerpo entero. Su instinto confundido le impulsa a interrumpir el fluido, pero su consciencia se retracta y levanta los brazos para ver como salen los chisguetes palpitantes en la agitación del músculo cardiaco. Por un lado, quisiera aferrarse a la vida, pero por otro, prefiere asumir la muerte.

Mareada y con frío, logra sentarse en el sillón para liberar un grito que redime su ímpetu. ¡Hagamos sangrar estas paredes, hagámoslas sangrar porque están mudas y soportan el desahucio!

Cae en el sillón con la vista nublada y ve que se abre la puerta, colándose con ello el rumor lejano de la diversión. El ánimo de Antonia se inunda de alivio y frustración; entre imágenes disueltas alcanza a distinguir la figura insustancial de su anfitrión.

 

Falsa pesadumbre de un sentimiento dispuesto a profanar lo más recóndito de la saturada imagen que me presentas. No significas nada.

La habitación en penumbras, resguarda ese cuerpo delirante; tirado en un sillón. Entre las rendijas, se cuelan huidizas carcajadas que deambulan a su alrededor.

Paso mi mano sobre los ojos para ver si reacciona, pero no lo hace. La negrura me impide ver si se está burlando de mí. No me interesa saber qué pasó, estás muerta o casi muerta. De cualquier forma, iba a suceder; pero antes de saber qué hiciste, compartirás conmigo el simulacro de tu escape. Afuera todos beben su realidad en copas de cristal y tú demuestras que nadie puede enfrentarla con frialdad. Pero no importa, que bien que hayas venido. Voy a regalarte la eternidad...

La cargo con cuidado para pasar al cuarto adjunto que espera silencioso. Sin prender la luz, cierro la puerta tras de mí. Su cuerpo firme relajado entre mis brazos. El canto de la locura es un gemido inaudible que marca el compás de nuestra danza; la melancolía de su llanto hace surgir en mí una oscura, insondable sensualidad. Suspendidos del suelo, con mis brazos rodeando su cintura, recorremos la extensión del cuarto entero. Giramos iluminados por una luna intermitente. Su cabeza recargada en mi pecho afirma la ironía de nuestro baile. Su cuerpo casi muerto y el mío casi vivo. Sátira del tiempo que, abofeteando la coherencia, se inclina ante mi Dama como símbolo de respeto a un cuerpo con su esencia ya perdida.

Seguimos bailando hasta que, al intentar tomar su mano, descubro la estupidez de sus acciones. Como si pudiera explicarme algo, busco sus ojos ante la luz de la luna que ahora entra plena por la ventana. Pareciera que me ve, pero su mirada se posa en un punto ubicado más allá de mi rostro. La furia me domina y la arrojo a la cama. Cierro la puerta con seguro y abro las ventanas para recibir al viento. ¿Cómo es que no vi sus brazos lacerados, que la penumbra me cegara al grado de no notar las manchas carmesí? ¿Cómo pudo despreciar tan preciado tejido? Tengo que rescatarte antes de que estés más lejos.

Al cuerpo, en la cama, le cuelga un brazo; escurre sangre al suelo. Mi lengua limpia el charco desbordado, pero un débil chisguete me salpica la cara suplicando que no me distraiga. Entonces, tomo la muñeca y succiono los restos mientras aprieto la otra; ya no hay fluido. Aunque haya perdido varios litros, el sabor inunda mi lengua de ese sabor exquisito. El cuerpo sufre los últimos espasmos del corazón por intentar seguir bombeando. Ahora eres parte de la muerte verdadera, el descanso será tu resurrección; no serás más la esclava sin privilegios en tu mundo de torturas.

 

Matamos al tiempo...

Desde el ventanal, miro el acantilado pintado de sol. El mar no cede a su cadencia matinal. La influencia de la luna viste a la marea de azul furioso; su oleaje reclama el sacrificio.

El cuerpo de la que he declarado mi única compañera permanece inapelable. Postrados en el suelo, junto al ventanal, atestiguamos la agitación de ese mar que la anhela para él. Mecido por el viento, el vestido manchado se estremece. Yo recibo flashes alterados por la sangre intoxicada; descubro mi mente desnuda ante el ser sin pretensiones, libre de prejuicios.

Juntos, nos unimos a la inmensidad que comparten cielo y mar, a las olas suicidas que se estrellan contra las rocas más altas y en un intento por relajar su ímpetu, le grito ¿Por qué no te olvidas de la clemencia hipócrita y hacemos verdadera nuestra unión? La consecuencia de tu derroche no tiene efecto entre nosotros.

Desvisto la suave superficie del cuerpo sin sustancia hasta dejarlo desnudo; su textura ausente de un color vivo es aún delicada y fina, irresistible. Acaricio su cuello, los hombros y sus pezones; rozo mis labios en su nariz. Su cabeza yace en mi regazo y mis dedos peinan sus cabellos largo rato. Pronto recibirás las primeras gotas del licor que beberás el resto de tu vida. Estoy ansioso de que formes parte de mí. Con un cuchillo hago un corte en mi pecho y recargo su boca en la herida. Así se origina un vínculo fundido en piedra. Zianya.

 

Con la luna ya lejana, el mar resignado desvanece su desprecio. Mi sangre fluye en sus tejidos y sus glándulas se nutren de ella a ritmo lento. La he abrazado por horas, impaciente de sentir que me abraza ella también. Cuando despiertes tendrás a los invitados como bienvenida. No puedo evitar una sonrisa...

 

La madrugada influye su malicia entre los durmientes. Pero, ¿por qué huir cuando las horas regresan? ¿Por qué no salir a mirar el reflejo lunático en los charcos y ventanas?

No es raro que haya quien prefiera apagar la luz, refugiarse en su lecho y cerrar los párpados; las pesadillas los sorprenderán y, al despertar exaltados, se encuentrarán inmersos en una espesa negrura, atrapados en su incomprensión.

Aunque sientan miedo, la noche los induce al sueño encarnando pesadillas; cuando las leyes acomodan el curso de la perfectibilidad transitoria. Fuera del pasmo, y a veces dentro de él, descubren que sus lágrimas fueron mentira. Falso descubrimiento que acude para calmarlos con un engaño. Estas son las víctimas predilectas.

También suele despertar a las bestias. La noche incrementa su ansiedad y los integra a la atmósfera seductora de los abismos en las sombras. Desenvuelve sus instintos y alumbra los sucesos más atroces. Sus adeptos imaginan historias de escritores que relatan vidas de asesinos y de asesinos que matan escritores. Algunos encuentran en la noche la forma exacta en sus rincones. Otras veces forma parte del entretenimiento mundano, que a veces resulta excepcional.

Si... Los ritos y las fiestas se llenan de disfraces que terminan dispersos en el suelo. Entre los invitados se mezclan personajes anónimos que escriben sentencias y pronuncian conjuros. Sus palabras se transportan en murmullos y desequilibran a los asistentes por la sordera repentina. El ataque es inesperado.

...el satélite es un testigo incondicional...

 

Ah... ya era hora.

En la escalera, un bigotón besa los suaves labios de una mujer. Levanta su blusa y acaricia sus pechos. Ella no corresponde, pero tampoco intenta irse. ¿Has sentido hervir tu sexo? Entre manoseos que desabrochan botones, se meten a una habitación. Al entrar, el hombre señala el colchón y cierra con seguro. Ella se acuesta confundida. Un par de intrusas acaricia sus piernas; desvisten su sexo trémulo. Trayectorias de dedos que recorren la suave superficie. Cosquillas casi imperceptibles la estremecen. Ella queda desnuda, con su gargantilla de diamantes que se aferra al cuello.

Los labios se encuentran, mientras las manos hacen su trabajo. Ella cree que puede confiar. De pronto, en un movimiento rápido, sus manos juntas son atadas a la cabecera de varillas barnizadas. ¿Qué haces? Él se estira, la sujeta de la cadera, le abre las piernas con la cabeza. Las manos atadas encuentran el regulador de luz sobre la cabecera y lo encienden. En ese momento, una lengua cae sobre su vulva iluminada de amarillo. Ella no sabe si disfrutar o gritar y resistirse con las piernas; de cualquier forma, está inundada de ese extraño placer que aturde sus reacciones de defensa.

La lengua contrae el sexo, sube lenta por el vientre, el pecho, busca los labios; las manos no dejan de acariciar. Aun cuando el placer aumenta, ella no está segura de querer continuar. Pero el cuerpo masculino le impide los intentos de rechazo y aunque sabe que no sería clasificado de esa manera, ella cree estar en peligro.

Ahora los labios se van y las manos se apoderan de los pechos erguidos... El vientre en medio de las piernas descubre la amenaza inminente y ella grita...

 

Dos siluetas revientan el ventanal. Una se abalanza sobre las presas, golpea la cabeza del hombre corpulento y lo deja inconsciente. La mujer se colapsa al sentir que pedazos de su pecho son desprendidos con voluptuosidad. La otra silueta queda en shock; su compañero la mira jadeante y le dice señalando al tipo:

–Es todo tuyo...– Pero ella ve que empieza a reaccionar y alcanza a balbucir:

–N... no p...

–Está bien, pero no dejes que reaccione–. Entonces él hunde su dentadura en la garganta.

      

Alguien que pasaba por ahí buscando el baño escuchó los gritos de la primera víctima y trató de abrir la puerta, pero como no pudo, pidió ayuda. Con un hacha rompieron la chapa y cuando aumentaron la luz al entrar, vieron los cuerpos mutilados en el suelo. El tipo que pidió ayuda, después de hacerse en los pantalones, se fue al baño para expulsar hasta las entrañas.

º º º º º º º º º º

Antonia se desplaza entre las hojas que crujen bajo sus pies, abandonada a la inercia del movimiento; sin pensar en nada. La neblina se abre ante sus pasos. Detrás de ella camina un personaje sarcástico: su anfitrión. La sigue sin hacer ruido, con los brazos en las bolsas del abrigo.

       Han vagado por más de una hora, hasta bajar por una cuenca inundada de niebla. Cuando Antonia está por detenerse junto a un árbol, él espera su último paso sentado en una rama. Abrumada por el paisaje, ella murmura.

–Esto es irreal…

–Por fin estamos juntos, Antonia. Ahora podrás tocar tu chelo y yo conoceré los motivos de tu música. –Ella frunce el ceño– Oye... en verdad te va a gustar. Ahora eres capaz de controlar todo lo que está a tu alrededor. Un Don de milenios. Se lo puedes compartir a quién quieras. Yo te lo he dado porque me gusta lo que eres.

En la ausencia de Antonia se recluye la ternura y también una cólera inmensa.

–No te voy a contar la historia de lo que empezó como una de esas absurdas tradiciones que mantenían en el pasado. Sólo te diré el secreto. Tenemos la cualidad de habitar una dimensión en la que nos transmitimos; podría decirse que no existimos. No cualquier sangre es capaz de proveer esta cualidad. La mía, y ahora también la tuya, contiene el elemento natural que permite integrar nuestro ser al comportamiento fundamental de los planos universales. Ese elemento es el sueño, uno real. Quizás al principio no te sientas muy a gusto, pero debes darte cuenta de que ahora puedes hacer lo que quieras. Siempre quise que fueras tú.

El gesto de Antonia se contrae desconcertado. De golpe, en el silencio, entiende el sentido de todo lo que ha escuchado y lo mira con desprecio.

        ¿Qué pasa, Antonia?

 Con lágrimas en el rostro, Antonia grita.

        ¿Que qué me pasa? ¿Qué quieres que me pase, si todo lo que hice fue en vano? ¡Nada ha cambiado con lo que hiciste creyéndolo un favor!

        Antonia, lo que hice nunca fue pensando que te haría un favor. Me interesas, por eso te lo di. Lo mereces.

        ¡Pues no lo quiero! Yo ya estaba muerta, ¡quiero estar muerta! Mírame. Toda la vida me he sentido de esta forma. Lo que hice fue el producto de sentir la corrosión en mi cuerpo... Cada segundo… Nunca lo he despreciado, pero no ha sido un placer. Desollar mi piel es el método de inspiración para componer sonidos que disminuyen el dolor. No puedo asegurar que la muerte sea lo mejor, pero por lo menos así, no tengo que soportar el paso de los días. ¿Puedes entender? Esto siempre ha sido mucho más fuerte que yo. ¡No quiero la vida!

        Antonia, ya está hecho. Tienes que calmarte.

        ¡¿Ya está hecho?! ¡Pues yo no lo pedí! ¡Ni siquiera sé quién eres y ya te odio!

        ¿Quieres saber mi nombre? Me llamo Anselmo y sabes a qué me dedico.

        Bueno, Anselmo, yo había logrado que uno de mis propósitos se cumpliera y tú llegaste a desbaratarlo. ¡No quiero formar parte de tu puerco sueño!

        Está bien. Incluso así, deseo tu paz. Tienes una opción: si aprendes a controlar tu pensamiento a tal grado de que imagines tu muerte, podrías lograr tu anulación en una especie de coma. No lo sé, nunca lo he intentado. Pero me sorprende que no quieras comprender la ventaja de trascender el límite de la consciencia.

Antonia se queda callada un momento, y después, con su mirada en otro lado enuncia ya sin fuerzas.

        ¿Cómo concebiste la idea de intervenir mí vida?

        Digamos que siempre estuvimos coordinados. No ha sido mi plan; al menos no por completo. Como a ti, a mí me legaron el Don, la diferencia es que lo disfruto.

        Pero no imagino vivir comiendo restos humanos.

        Lo que importa es la sangre... ¡¿Antonia?!

 

Antonia sufrió su primera desconexión que la llevó a dar un sondeo en el subconsciente materializable. Al regresar queda tirada en el suelo en posición fetal. Antonia mira sus manos ensangrentadas con una aguda expresión de terror; ni siquiera puede gritar.

        ¡Antonia!

        ¿Pero... qué..?

        ¡Sssh! Estás en progreso. Tranquila. Tengo qué contarte algo que pasó hace mucho tiempo en el sueño. Escucha.

Anselmo saca de su abrigo un rollo de papel viejo y grueso y lee:

“En la sustancia del sueño, las imágenes que acumula el pensamiento... Su mirada es el conducto; de sus alas se desprende el destello diáfano y sucio, ordenado y hecho bolas. La dualidad inhóspita de la realidad fecundada en un aro de oro, se desprende al llegar al límite. Fue la oscuridad la que llevó a la luz; entonces, la lechuza abrió su ojo siempre despierto y se fundió en la lejanía que diario la cubre, diario. Sus alas se abren para dar paso al influjo; el hueco por donde se deja llevar, no tiene un fin. Y el manto de seda que se alzaba en su presencia, se redime ante la displicencia del ave.

–“¿Qué resulta de tu rebaño?–

–“Sólo ansia, llagas y putrefacción. La reacción deleznable de tu impulso, mis venas desangra. En tus venas no fluye mi sangre, en las mías corre la tuya. –La Noche recuerda la sabiduría que asumes; pero nunca muestra la suya: presunta cualidad de la Reina.

–“¿Dónde está la víctima?–, preguntó el hombre y Anselmo mismo lo llevó al cuarto donde un día antes había sacado la daga de su cazadora para descargar una serie de puñaladas en la cara de la que antes fuera bella. Después, le cortó los senos, la lengua y orejas... cada uno de sus dedos.

Antonia y Anselmo se encuentran en la casa, donde sucedió la última parte del relato. Ella siente el vértigo de una vaga impresión... cada uno de sus dedos. Anselmo la mira de reojo y sigue:

“De uno de los ojos de la niña que se escondía en el closet salió una lágrima que irritó la herida de su labio mordido. Estaba a punto de gritar, pero logró impedirlo.”

Anselmo enrolla el papel mirando inquisitivamente a Antonia y dice:

        Esa niña eres tú. Tienes que matarla.

 

Con los ojos inundados, Antonia pierde la noción de las cosas y se desvanece. La niña expuesta en su escondite los mira con temor.

        ¡Tienes que matarla!

Antonia observa a la niña que, como ella, tiene los ojos borrosos de inocencia. Como una tromba que choca contra un muro, el recuerdo del sueño recupera su temporalidad.

Llegaba corriendo por un oscuro pasillo que al final tenía una puerta pequeña que daba al closet de la habitación de Anselmo. Caminó entre la ropa y, cuando iba a salir, tuvo que reaccionar para no ser descubierta. Cerró la puerta y dejó una rendija para poder mirar. Anselmo tenía a una mujer desnuda en la cama, a la que mutilaba viva. Los alaridos de la mujer eran aterradores y para no delatarse, contuvo un grito que abultaba su garganta. El esfuerzo la dejó muda durante su infancia.

Como el pasillo por donde había llegado era oscuro, le daba miedo regresar y prefirió quedarse ahí. Después, llegó un hombre preguntando por la mujer. Anselmo se la enseñó destazada como estaba y al verla, el tipo sufrió una dura impresión que lo desmayó. Con más suerte, por el desmayo, también fue mutilado.

Terrible pesadilla. Antonia apenas se da cuenta de que aún no ha terminado. Se ve de pequeña, una niña que no acierta a saber si su vida es recreada en ese mismo instante o si es un sueño eterno que no terminará. Trata de avisarle algo con señas, pero Antonia, optando porque sea el sueño, se abalanza contra la imagen y la suple de inmediato.

Cierra la puerta del closet, trata de bloquear su miedo al correr por el pasillo. A tientas en la oscuridad, intenta ir lo más rápido que puede. Con el nudo que le obstruye la garganta y Anselmo atrás de ella. Como cuando imaginaba monstruos que la perseguían entre la ropa recién tendida. Vamos a jugar. No escucha los pasos, pero siente su presencia, la respiración, su tamaño: el gran monstruo. Ya te vi, pequeña, ven conmigo, déjame atraparte... Una sombra café, visible en la negrura, la rebasa para, después, dejarse venir de frente. No le hace daño, sólo es un juego. Le jala el pelo, le hace cosquillas, la vuelve loca. Ella corre sin que el pasillo termine y el punto de luz que indica la salida todavía está lejos.

Poco a poco, la atmósfera toma una consistencia densa que le impide acelerar. Se acerca a la salida y eso la estimula a luchar contra la pesadez. Al llegar, lo que ve hace que intente detenerse, pero sólo logra salir con más fuerza hacia los brazos de Anselmo. Él la recibe sonriendo y la niña lo mira con un gesto de angustia y repulsión; ella emite un leve gemido. Pequeña... Anselmo la deja ir. La mira alejarse, perdida en el bosque. La eternidad es tuya.

 

Antonia está sentada en una estilizada silla, el cello en su estuche descansa a su lado. Contempla el lugar junto a una reja oxidada envuelta en la neblina. Antonia siente que el deseo de tocar va y viene y le revuelve los sesos.

Absorbe mi consciencia y haz que presencie la agonía de mi esperanza en otro espejo. O despoja la ilusión de ver resuelta mi angustia en este puto sueño. ¡Qué importa si tú pasaste por la puerta! No me interesa el turno.

Me queda el consuelo de sacar tus cuerdas y acariciarlas otra vez. Recuerdo que aguantabas mis charcos sobre tu cuerpo. Caminábamos sobre vidrio afilado. Mmmh... Eres el único. Siento profanar la cámara del claustro, prometí no volver a hacerlo. Pero no aguanto más tu ausencia. Alguien se adueñó de mi cuerpo crudo y devolvió su tibieza. Ahora tengo que reavivar tu cadáver, el último. Los dos sabremos el momento y entonces, nos encerraremos en tu sarcófago de picos internos, enterrándolos hasta que el seguro indique que la cubierta está cerrada.

 

En medio de las piernas. Sus manos acarician la superficie encerada de cuerpo caoba; puntea las cuerdas y roza apenas con los dedos la férula de metal. Antonia está mojada, su ropa interior replegada a la piel. La sensualidad disipa su angustia que de pronto es traducida en música. En su fantasía, el arco le fricciona la piel. Antonia recuerda algo de cuando estaba muda: un hombre viejo que le regala el violonchelo, muy antiguo, posesión de antepasados. El instrumento la devolvió a su mundo real, esa larga época en que no habló quedó desvanecida. Su relación con el viejo chelo alcanzó una magnitud inquebrantable.

Complacida con el arco, frota sus brazos y piernas, el cuello, los empeines de los pies, quema la fricción en sus nalgas cicatrizadas. Postrados en la silla arrastra las cuerdas en su pecho, piensa en los conciertos producidos a través de su locura. Desea seguir componiendo.

Por fin, el chelo la ha relajado otra vez. Con el vestido desabrochado, Antonia está dispuesta a continuar, a transformarse en música.

Pero al comenzar a tocar, el chelo no responde. Los sonidos que produce no son los que ella busca, no los que ella esperaba escuchar. ¡Antonia…! Sigue intentando; pero hay una interferencia entre los dos. ¿Qué pasa, no puedes tocar?

       Anselmo escondido en un árbol.

        ¿Algo anda mal? ¿Qué sucede?

        ¿Qué estás haciéndome? ¿Por qué...?

        Lo siento, pero tienes que entender. Tu sangre ya no es la misma, has cambiado. Me interesas mucho y si te resistes no ayudas en nada.

Antonia, cansada de redundar, vuelve a la desesperación.

        No quiero... hacerlo... ¡...no puedo!

        Sé que no me equivoqué... – Anselmo también refleja angustia.

        ¡...vete al diablo...! ¡Eres un pendejo...!

       Anselmo se sorprende divertido.

        Bueno, toma tus navajas, ¡córtate otra vez! ¿Tú si eres fuerte? Antonia da un paso atrás y él se acerca para acariciarle el cabello. –Tranquila, el suicidio fue algo absurdo. Tú estás aquí por una razón. Confía; recuerda tus opciones. Si no quieres matar, vive con mi sangre, pero debes renovarla. La otra, es el uso de tu mente. Dormirás de manera continua, hasta que decidas despertar. Opción sanguínea; opción mental. Tú decides.

             ...el chelo postrado entre los dos, en actitud determinante.

        Esto es un sueño, ¿verdad?

        Sí, Antonia, y tú eres parte de él. Mira las manchas rojas en tu vestido–. Anselmo abre el estuche para guardar el instrumento y la abraza. –Estás débil. Debes alimentarte mientras decides qué hacer. Podríamos cazar algún animal, pero... Hagámoslo una vez, juntos. ¿Está bien? Por favorLa súplica de Anselmo es genuina.

Ella no contesta, sólo piensa en la forma de disuadir el deseo que recorre su interior. Tal vez si se dejara vencer por el tiempo se pudriría y podría suspender el proceso para soñar su muerte.

       El deseo crece cada vez con más fuerza. Anselmo la toma de la mano y con la otra carga el estuche.

        Ven, te tengo una sorpresa. La segunda vez no es tan difícil.

 

En una calle vacía.

        ¡Hey...!, aquí llegan las víctimas.

Una pareja camina despreocupada abajo de la banqueta. Ríen. Se detienen para besarse.

        Es el momento, vamos a por ellos.

        Buenas noches, ¿señor..., señorita? –Una navaja.

        Señor, quisiéramos pedirle un préstamo.

        ¡Tomen, llévense lo que quieran!

        No es eso nada más. ¿Señorita? –Un destello en los colmillos de oro.

        No se preocupen, también nos llevaremos su dinero. Pero antes...

        ...tenemos un regalo para ustedes. ¡Patéalo! Yo voy primero con la hembra.

        ¡No, no, suéltenme!

        ¡Déjenla, no se metan con ella!

        ¡Tú cállate, que también tienes tu parte! Primero te cortaré el pelo... –el destello en la navaja.

... es para un disfraz.

        ¡Anda, mi amor, tienes que ayudarme! ¡Quítate el vestido!– Histeria –¡Cállate!– Un boxer en los labios carnosos. La suciedad de las calles. La sociedad de los bastardos. –No me tardaré. ¿Podrías contarme un cuento? Eso me excita. – Un precoz malandrín.

        ¡Deja a la mujer! Termina con éste. – Quejas lejanas.

        ¿Y tu pelo?– La Reina Carmesí. – ¿Quieres defender a tu novia? ...Después de que termines conmigo...

        Una mujer sin pelo es mucho más hermosa. Descuida, soy bastante bueno. Oye, ¿escuchas? Hay ángeles en el cielo. Hermosos, nos vigilan. ¿Esa es tu bolsa? Gracias, sé que lo merezco. – La luz de la calle se desvanece.

Obsoletas escenas de violencia cotidiana.

 

Con el corazón acelerado y la respiración agitada creen que pueden lograrlo, sienten que están lejos; pero se equivocan: sólo es parte de la diversión. Entre más tiempo, más divertido. Ahí vienen los Ángeles, invisibles en la noche. Les pisan los talones, les arrebatan la bolsa, suenan las monedas al caer; baratas monedas de níquel. Que graciosa cara de espanto. ¿Quieren escapar?, pues corran, que la cacería apenas empieza. Y ocúpense de balancear bien el cuerpo, porque el primero que caiga será presa fácil. No importa que haya gente, corran, corran; y mejor aceleren, los estamos alcanzando. Un camino con obstáculos es mucho más entretenido. ¿Les gusta...? No existe en estos momentos cosa más divertida que una carrera con obstáculos. ¡Prepárense, que ahí viene uno choncho! Vamos, abran esas patitas, quítense el fleco de la cara. Aquí viene. ¡Oh, jo jó! ¿Cuál de ustedes no lo logró? ¡Ah, ya sabemos quién fue! ¿Necesitaste de un boxer para someter a una dama? ¡Ven acá! Y tú síguele intentando. Mira como corre tu amigo don cuchillo. “Los Ángeles”, los Ángeles,... ¡Imbécil! Los ángeles son ustedes, la presa. ¡Antonia, cómetelo de una vez! Fíjate en sus ojos, muérdelo y absorbe su fluido.

¿Cómo vas, campeón? ¿Estás ganando, lo sabías? Un gran laberinto... ¡Mira, tu amigo vuela!  Tiene una cita con la amante eterna; pero no lo felicites, no es Antonia tal amante. ¿Quieres recuperarlo? ¡Ahí te va! Una cáscara disecada. Deberías renegar de ser su amigo, te acaba de delatar. Ahora tropieza, cae, lento… Disfruta de cada instante, porque ya es tarde.

        Espera Anselmo, él tiene que pagar por lo que hizo.

        Como quieras. Para mí eso sobra, pero todo sea por la diversión.

 

En la habitación de Anselmo, “don cuchillo” está amarrado con los brazos y las piernas extendidos en la pared, sujeto con tornillos. Antonia y Anselmo podrían parecer, por primera vez, socios complacidos que comparten un momento de satisfacción. Miran la cara deformada por la súplica. Sus instintos de bestia despiadada han quedado reducidos al mínimo, recobran la consciencia de que, alguna vez, también se es la presa. Llegó el momento.

        Dime, ¿cuántas veces has estado en mi lugar? – dijo Antonia–, mirando a tu rehén con ese gesto burlón, deseando poseer algo que de otra forma no hubieras conseguido. Le hablabas de tus trastornos; de tus desilusiones y de tus recientes proezas de ser superior. ¿Cuánto vale tu terapia? ¿La justificación de su sacrificio? No está mal. En compensación, ¡tú serás la mía!

Anselmo hace un gesto gracioso.

        Eso es cierto, “cuchillo”, si supieras su historia, conocerías las muchas causas por las que vale la pena ser su ofrenda. De hecho, es un honor. Pero no mereces tal privilegio.

La daga sale de la cazadora y se desliza por la superficie del cuero cabelludo.

–¿Conoces este rito? Se comienza por rasurar hasta el último filamento grasoso pronunciando célebres palabras de burla... Pero me saltaré esa parte.

Antonia siente cómo sus nervios se excitan, provocando la reacción convulsiva de los músculos. De un segundo a otro, la conocida escena de Anselmo es interrumpida por la sombra de Antonia, que cubre de inmediato la figura de su víctima. Cazador y presa se retuercen demostrando el significado de sus tormentos. Anselmo interviene a “don cuchillo”, transporta su mente para que vea lo que sucede con su cuerpo, lo pasea alrededor y por dentro. “cuchillo” disfruta desde distintos ángulos el significado de estar muriendo. Anselmo lo lleva hasta el acantilado para hacerle vivir una muerte plena; comprende lo que “cuchillo” experimenta y se siente satisfecho de entregarle una sensación excepcional.

 

El mar apacible contrasta con las emociones; el amanecer es un espectáculo que muy pocos tienen la oportunidad de presenciar en el deceso. “cuchillo” por fin muere. Al regresar Anselmo, Antonia ha desaparecido.

 

Anselmo presiente que Antonia por fin logró fugarse. La ha buscado muchas horas y no hay ninguna señal que la descubra. Ahora es él quién tiene la oportunidad de sentir algo aparte de sus deseos; la angustia. Puede ser que Antonia ya esté libre, aunque también es posible que sólo esté escondida. Recorre la casa sin descanso y escucha en la lejanía las notas del Chelo acorazado. Por primera vez siente su debilidad.

En el punto de alta desesperación, escucha unos gemidos en el sótano de concierto. Y como un niño perdido, acude a un regazo imaginario en medio de sollozos disfrazados por una sonrisa de alegría. Pero no es Antonia quien lo recibe. ¡Cállate, Anselmo...! Voltea en dirección de donde creyó escuchar la exquisita voz de Antonia, sólo que lo que ve es la imagen de la mujer que Antonia lo vio desollar en el sueño. El cuerpo lo insulta entre lamentos, reclama su existencia, implora su posesión. Anselmo corre hacia su alcoba y al entrar ve un abultamiento rojizo pegado en el techo.

Ahí está la niña transformada en una costra desmoronable. La niña de sus sueños no volvería en ninguna época onírica porque Antonia regresó hasta su nacimiento para desaparecer para siempre.

Los dos lograron derrumbar los pilares del tiempo, los esparcieron en la eternidad denegada por el egoísmo. El único miembro de la Dinastía ha quedado con los envoltorios de un regalo despojado. Aun así, una lágrima no tiene cabida en los ojos de un demonio traicionado. Sólo le queda la resolución de relegar la ilusión e indagar la posibilidad de ser recibido en su hogar otra vez.

 

El mar de la mañana descubre sus rincones en la claridad; expone su volumen y persuade a los crédulos. Las sombras extendidas recorren la distancia con ese don sabio que sofoca a los que se resguardan en ellas. Una de esas sombras invierte su trayectoria sirviendo de trama crucial en el lujo de un capricho sin lastre de remordimientos.

¡Olvídate de la clemencia hipócrita, maldición! ¡El regalo que le ofrecí era incomparable!

Anselmo abre la puerta de su mansión; con semblante conciliado, abandona las aguas y se refunde en el laberinto para descansar en un sueño prolongado. Antes de cerrar los párpados, con una suave sonrisa, promulga la culminación de su convenio y sonríe: Bueno, lo intenté.

 

Las olas cristalinas que decoran el vaivén, eliminan las angustias, como un espejo que refleja, hostigadas, las venganzas. Albedo cósmico, juez hostil que sentencia sin palabras; sus secretos agrandan el misterio. Con discreción, la historia parece continuar.

Antonia se fundió en su propia noche, hurgó en los rincones insondables por haber aprendido a caminar en las tinieblas. Ahora contempla el tiempo en la negrura. Estatua voluntaria, broma glamorosa y frívola, pintarrajea los destinos de los súbditos con carcajadas de demencia. Dueña de la nobleza que ronda de día, contempla su sueño de noche para agrandar la añoranza que nunca termina.

Si... muestra sus colmillos en la carcajada alegórica de valles cubiertos con ácidos colores: Antonia, con un vestido negro inmensurable, invadida de excesos, les tiene preparado un regalo a todos los seres que deambulan sus entrañas; con la órbita de una antorcha que presagia la concepción de una nueva atmósfera creada por la fuga de la química terrestre.

 

Si te descubres mirando hacia la bóveda y crees que alguien especial te está cuidando, y si reconoces la mano helada que te acaricia el cuello sabiendo que el ser que está de tras de ti ya ha muerto, no tengas miedo de aceptar que es real; aunque un escalofrío te erice los vellos al recorrer la piel, recuerda que en realidad todos somos entes medio vivos, caminando medio muertos...

 

¡Antonia...!

Starles & Bible Black

 



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