Emmanuel Ciaro
Relato publicado en el libro Mar Intangible
Me acerco a sus vellos
y supuro las heridas con mi lengua
Evoco el canto de la implosión
que se fuga por los agujeros
de los órganos
“Matemos al Tiempo, no faltes...”
Una luna roja ilumina los jardines de la
mansión. En el interior, la melodía de un chelo se escucha lejana y profunda.
Desde el sótano emerge la música de un concierto que está por terminar. Una
melodía dulce es ejecutada con furia por la chelista. Su instrumento es viejo,
tiene placas oxidadas en el cuerpo. La fricción de las cuerdas sodomiza el
monumento de un público apoltronado en su tensión. ‘Cierra los párpados.’
Los otros instrumentos se integran a la
complicada armonía de contrastes. Un viejo piano de cola canta su arrullo suave
para abrirle paso al trombón. Mientras, la viola se revuelca excitada en su
cadencia.
Preludio al Genocidio es la última etapa de esa sádica
composición. Las texturas envuelven a los asistentes en una marea de
incertidumbre. Imágenes sensuales y agresivas suspenden su respiración. Rostros
perturbados reflejan un suceso al mismo tiempo conmovedor e intimidante.
El trombón comienza a contrapuntear con el
piano para romper su arrullo; se insinúa con inocencia hasta hacerse acompañar
por el acorazado. El chelo impone una cámara profunda donde la viola ejecuta
una danza grácil, acometiendo estridentes emisiones de placer. Ahora el piano
aborda una oscura fuerza que los incorpora lento como la determinación de quien
intenta mantener un portal cerrado cuando la muchedumbre está por desgajarlo.
Unos tambores retumban acumulando la presión; el equilibrio está por
suspenderse. El trombón se convulsiona. La viola y el chelo se unen a un clímax
compartido y el piano los corrompe con el canto unánime de los árboles
transformados en lo más gentil de su nobleza. Los tambores liberan la potencia
del silencio perfilando a los instrumentos en caída libre.
Los que escuchan en éxtasis colectivo, se
abandonan al fluido de su sangre adrenalínica, poseídos por una descarga que
electrifica sus genitales. Antonia –que por una contracción jala su labio
inferior hacia un lado de la cara–, azota las cuerdas con el arco escurrido de
saliva.
¿Y quién es Antonia? Ella es la autora del
concierto que ejecuta esa atmósfera irrespirable de la que su público no puede
escapar; un acto que sentencia la falsa impavidez de su presencia.
Los instrumentos sueltan notas a destiempo
como un intento de prolongar su existencia y las lágrimas de Antonia se pierden
en destellos de luz. Revienta unos tensores de su arco y las notas sincopadas
de los otros se acumulan hasta conseguir una demolición rotunda. Entonces, las
luces se apagan.
Al encenderse para despedir a los músicos,
la audiencia consigue derribar el portón que los sonidos contenían y se fusiona
en un híbrido de miembros sin control. Sus rugidos saturan la acústica del
lugar hasta alcanzar una distorsión grave y pausada. Sin hacer reverencias,
Antonia se apoya en el chelo con el deseo de eliminar al monstruo que tiene enfrente.
Pero sólo se cubre la cara con las manos y suelta su instrumento. Opacada la
queja por el escándalo de gritos y aplausos.
Los músicos se han ido, la imagen de la
bestia queda exhausta y dispersa. Antonia está sola en el escenario. Sentada en
la silla, como única huésped de la quietud, piensa en la utilidad de aquel
escenario... Los sótanos son el cementerio de recuerdos, de cosas
viejas e inservibles refacciones...
Calladas metáforas que abundan en su
mente. Con las manos por encima de los hombros, agarrada del respaldo, la
consciencia extraviada humecta su pensamiento. Flagelemos las paredes
en la casa de los desconocidos, ahí está mi refugio. Inconsciente de
haberlo hecho, levanta el violonchelo del suelo para deshilvanar la madeja que
conforma su memoria. De manera sutil, infiltra su caos articulado en sonidos.
Pero alguien que no se había ido, se deja descubrir bajo un reflector encendido
al frente del escenario. Antonia deja de tocar, acomoda su instrumento en el
atril y sin decir palabra, se va.
Abandonado, completamente solo e inmerso
en el silencio, el chelo espera.
La fiesta después de un concierto siempre
es un placer; aunque para Antonia representa el anfiteatro. Un camino de besos
y abrazos, imágenes barridas; ausente de palabras, el juego lascivo de su
público. La música pasa a segundo término. Esa gente crea un círculo
incoherente en el que no pueden entrar, aun cuando lo conforman ellos mismos.
Antonia es un personaje superfluo que enriquece la realidad de los que la
adulan y, sin embargo, no importa que estén ahí parados, no traspasarían la
línea.
Ha decidido terminar con todo, pero tiene
miedo. Nadie sabe de la impotencia que siente al seguir viva. Antonia escucha
un murmullo que reserva su intención para un momento más propicio. Quien lo
emite tiene el deseo de quebrar el cristal que la contiene. Apenas alcanza a
comprender las palabras desordenadas por la telepatía: ¡Piérdete,
Antonia, abandona las miradas inciertas de los personajes! ¡Aprópiate del vino
de los súbditos!
El cantinero le pregunta:
– ¿Una
botella de Whisky? ¿Cuál es su nombre? – Ella lo mira sin emoción alguna.
– Antonia
–le enseña su gafete. Su mirada podría significar muchas cosas, pero el
cantinero no lo entendería; no parece darse cuenta. Él le extiende la botella.
Antonia
quiso comprobar que la fiesta haya sido ofrecida en honor al Grietsa
Exemble. La invitación traía una tarjeta que decía: Esta es una
celebración en honor a tu música. Permíteme el placer de tu presencia. Matemos
al tiempo. No faltes.
A
ella no le importa saber quién la invitó, sólo se pasea bebiendo tragos de la
botella en busca del cadalso. Profundos pasillos que terminan en rincones, le
dan forma a un verdadero laberinto. Las paredes albergan cuadros viejos;
pinturas de paisajes que registran la degradación del tiempo en colores oscuros
con reflejos de luz. Parecerían transmitir una cierta ubicuidad: El
Síndrome... de Stendhal...
Hay
retratos de antiguos señores y animales que expresan en sus rasgos la
complicidad de guardar un secreto. En contraste con los cuadros que datan de
siglos, los muebles tallados y los jardines geométricos, los aparatos
domésticos son el reflejo de una sofisticada tecnología que automatiza las
funciones de la mansión. Antonia se pasea por su interior hasta alcanzar un
alto grado de embriaguez. Cuando la botella lleva la mitad, la abandona en
algún buró.
El
laberinto se detiene en uno de los rincones que no continúan. En medio de las
blancas paredes, una brusca puerta de madera con chapa de acero. Antonia la
prueba y la manija cede. Al entrar, ilumina tenue la habitación con un
regulador y cierra. En la habitación hay otra puerta. Antonia mantiene su
mirada en esa dirección, pero tal vez no ha dado cuenta de ella. Con expresión
idiotizada, mira alrededor y vuelve en sí recordando lo que quiere hacer. El
deseo inconsciente de ser salvada es fuerte, pero la impotencia es mucho más
pesada. ¿Para qué retardar algo irremediable?
Aislada
en un rincón se aprieta los brazos. Arrastra y desprende de las paredes los
miembros que vagan sueltos en giros de desconcierto. Por alguna razón ha
logrado reprimir el grito que lastima su garganta y lo deja salir en llanto.
La
respiración agitada, el sudor, las manos temblorosas, sus lágrimas y
desesperación. De la bolsa del vestido saca una navaja de rasurar con doble
filo, la parte con los dedos y corta sus yemas; entonces, una visión se produce
en su memoria: cuerpos colgando de un puente, rostros de cierta familiaridad
desvanecida, ovejas que bajan de una colina al atardecer con su lana pintada de
rojizos, después, la silueta de un hombre que la llama desde lejos.
Nada
de eso la impresiona; el delirio se abre paso, relaja su tensión, se siente
casi aliviada. Deja las navajas en una mesa para sacar un sobre de cocaína que
guardaba en su vestido. Vacía el contenido en el espejo redondo que refleja el
destello de su ojo cristalino. Con una de las navajas prepara dos gruesas
líneas de amarga arena.
Al
aspirar la primera, siente que calcina su laringe; entonces su percepción
atraviesa por una metamorfosis de proyección exuberante. La mirada sin
trayectoria fija le revela que el cuarto asumió ser el único testigo, pero
apaga la luz. Después de la otra línea, agarra las navajas con cada mano,
esperando el momento del flash. Se sienta en un sillón frente a una ventana por
donde entra la luz nocturna. Acomoda sus manos poniendo cada navaja en la
muñeca contraria. Una arriba y la otra abajo. Y en segundos, recibe el destello
que mueve sus manos cortando una y otra vez en distintas partes, hasta
desgarrar las mangas del vestido. El proceso comenzó.
Antonia
mira las heridas, incrédula. El terror se apodera de ella con delicia. Se
sienta, se levanta y se vuelve a sentar, mira sus brazos, espantada de vivir su
muerte. Se levanta con un ligero y largo gemido; camina como si tuviera prisa;
siente escurrir la sangre a borbotones. Un calambre de cuerpo entero. Su
instinto confundido le impulsa a interrumpir el fluido, pero su consciencia se
retracta y levanta los brazos para ver como salen los chisguetes palpitantes en
la agitación del músculo cardiaco. Por un lado, quisiera aferrarse a la vida,
pero por otro, prefiere asumir la muerte.
Mareada
y con frío, logra sentarse en el sillón para liberar un grito que redime su
ímpetu. ¡Hagamos sangrar estas paredes, hagámoslas sangrar porque están
mudas y soportan el desahucio!
Cae
en el sillón con la vista nublada y ve que se abre la puerta, colándose con
ello el rumor lejano de la diversión. El ánimo de Antonia se inunda de alivio y
frustración; entre imágenes disueltas alcanza a distinguir la figura
insustancial de su anfitrión.
Falsa
pesadumbre de un sentimiento dispuesto a profanar lo más recóndito de la
saturada imagen que me presentas. No significas nada.
La
habitación en penumbras, resguarda ese cuerpo delirante; tirado en un sillón.
Entre las rendijas, se cuelan huidizas carcajadas que deambulan a su alrededor.
Paso
mi mano sobre los ojos para ver si reacciona, pero no lo hace. La negrura me
impide ver si se está burlando de mí. No me interesa saber qué pasó, estás
muerta o casi muerta. De cualquier forma, iba a suceder; pero antes de saber
qué hiciste, compartirás conmigo el simulacro de tu escape. Afuera todos beben
su realidad en copas de cristal y tú demuestras que nadie puede enfrentarla con
frialdad. Pero no importa, que bien que hayas venido. Voy a regalarte la
eternidad...
La
cargo con cuidado para pasar al cuarto adjunto que espera silencioso. Sin
prender la luz, cierro la puerta tras de mí. Su cuerpo firme relajado entre mis
brazos. El canto de la locura es un gemido inaudible que marca el compás de
nuestra danza; la melancolía de su llanto hace surgir en mí una oscura,
insondable sensualidad. Suspendidos del suelo, con mis brazos rodeando su
cintura, recorremos la extensión del cuarto entero. Giramos iluminados por una
luna intermitente. Su cabeza recargada en mi pecho afirma la ironía de nuestro
baile. Su cuerpo casi muerto y el mío casi vivo. Sátira del tiempo que,
abofeteando la coherencia, se inclina ante mi Dama como símbolo de respeto a un
cuerpo con su esencia ya perdida.
Seguimos
bailando hasta que, al intentar tomar su mano, descubro la estupidez de sus
acciones. Como si pudiera explicarme algo, busco sus ojos ante la luz de la
luna que ahora entra plena por la ventana. Pareciera que me ve, pero su mirada
se posa en un punto ubicado más allá de mi rostro. La furia me domina y la
arrojo a la cama. Cierro la puerta con seguro y abro las ventanas para recibir
al viento. ¿Cómo es que no vi sus brazos lacerados, que la penumbra me cegara
al grado de no notar las manchas carmesí? ¿Cómo pudo despreciar tan preciado
tejido? Tengo que rescatarte antes de que estés más lejos.
Al
cuerpo, en la cama, le cuelga un brazo; escurre sangre al suelo. Mi lengua
limpia el charco desbordado, pero un débil chisguete me salpica la cara
suplicando que no me distraiga. Entonces, tomo la muñeca y succiono los restos
mientras aprieto la otra; ya no hay fluido. Aunque haya perdido varios litros,
el sabor inunda mi lengua de ese sabor exquisito. El cuerpo sufre los últimos
espasmos del corazón por intentar seguir bombeando. Ahora eres parte de
la muerte verdadera, el descanso será tu resurrección; no serás más la esclava
sin privilegios en tu mundo de torturas.
Matamos
al tiempo...
Desde
el ventanal, miro el acantilado pintado de sol. El mar no cede a su cadencia
matinal. La influencia de la luna viste a la marea de azul furioso; su oleaje
reclama el sacrificio.
El
cuerpo de la que he declarado mi única compañera permanece inapelable.
Postrados en el suelo, junto al ventanal, atestiguamos la agitación de ese mar
que la anhela para él. Mecido por el viento, el vestido manchado se estremece.
Yo recibo flashes alterados por la sangre intoxicada; descubro mi mente desnuda
ante el ser sin pretensiones, libre de prejuicios.
Juntos,
nos unimos a la inmensidad que comparten cielo y mar, a las olas suicidas que
se estrellan contra las rocas más altas y en un intento por relajar su ímpetu,
le grito ¿Por qué no te olvidas de la clemencia hipócrita y hacemos
verdadera nuestra unión? La consecuencia de tu derroche no tiene efecto entre
nosotros.
Desvisto
la suave superficie del cuerpo sin sustancia hasta dejarlo desnudo; su textura
ausente de un color vivo es aún delicada y fina, irresistible. Acaricio su
cuello, los hombros y sus pezones; rozo mis labios en su nariz. Su cabeza yace
en mi regazo y mis dedos peinan sus cabellos largo rato. Pronto
recibirás las primeras gotas del licor que beberás el resto de tu vida. Estoy
ansioso de que formes parte de mí. Con un cuchillo hago un corte en mi
pecho y recargo su boca en la herida. Así se origina un vínculo fundido en
piedra. Zianya.
Con la luna ya lejana, el mar resignado desvanece su
desprecio. Mi sangre fluye en sus tejidos y sus glándulas se nutren de ella a
ritmo lento. La he abrazado por horas, impaciente de sentir que me abraza ella
también. Cuando despiertes tendrás a los invitados como bienvenida. No
puedo evitar una sonrisa...
La
madrugada influye su malicia entre los durmientes. Pero, ¿por qué huir cuando
las horas regresan? ¿Por qué no salir a mirar el reflejo lunático en los
charcos y ventanas?
No
es raro que haya quien prefiera apagar la luz, refugiarse en su lecho y cerrar
los párpados; las pesadillas los sorprenderán y, al despertar exaltados,
se encuentrarán inmersos en una espesa negrura, atrapados en su incomprensión.
Aunque
sientan miedo, la noche los induce al sueño encarnando pesadillas; cuando las
leyes acomodan el curso de la perfectibilidad transitoria. Fuera del pasmo, y a
veces dentro de él, descubren que sus lágrimas fueron mentira. Falso descubrimiento
que acude para calmarlos con un engaño. Estas son las víctimas predilectas.
También
suele despertar a las bestias. La noche incrementa su ansiedad y los integra a
la atmósfera seductora de los abismos en las sombras. Desenvuelve sus instintos
y alumbra los sucesos más atroces. Sus adeptos imaginan historias de escritores
que relatan vidas de asesinos y de asesinos que matan escritores. Algunos
encuentran en la noche la forma exacta en sus rincones. Otras veces forma parte
del entretenimiento mundano, que a veces resulta excepcional.
Si...
Los ritos y las fiestas se llenan de disfraces que terminan dispersos en el
suelo. Entre los invitados se mezclan personajes anónimos que escriben
sentencias y pronuncian conjuros. Sus palabras se transportan en murmullos y
desequilibran a los asistentes por la sordera repentina. El ataque es
inesperado.
...el
satélite es un testigo incondicional...
Ah...
ya era hora.
En
la escalera, un bigotón besa los suaves labios de una mujer. Levanta su blusa y
acaricia sus pechos. Ella no corresponde, pero tampoco intenta irse. ¿Has
sentido hervir tu sexo? Entre manoseos que desabrochan botones, se
meten a una habitación. Al entrar, el hombre señala el colchón y cierra con
seguro. Ella se acuesta confundida. Un par de intrusas acaricia sus piernas;
desvisten su sexo trémulo. Trayectorias de dedos que recorren la suave
superficie. Cosquillas casi imperceptibles la estremecen. Ella queda desnuda,
con su gargantilla de diamantes que se aferra al cuello.
Los
labios se encuentran, mientras las manos hacen su trabajo. Ella cree que puede
confiar. De pronto, en un movimiento rápido, sus manos juntas son atadas a la
cabecera de varillas barnizadas. ¿Qué haces? Él se estira, la
sujeta de la cadera, le abre las piernas con la cabeza. Las manos atadas
encuentran el regulador de luz sobre la cabecera y lo encienden. En ese
momento, una lengua cae sobre su vulva iluminada de amarillo. Ella no sabe si
disfrutar o gritar y resistirse con las piernas; de cualquier forma, está
inundada de ese extraño placer que aturde sus reacciones de defensa.
La lengua
contrae el sexo, sube lenta por el vientre, el pecho, busca los labios; las
manos no dejan de acariciar. Aun cuando el placer aumenta, ella no está segura
de querer continuar. Pero el cuerpo masculino le impide los intentos de rechazo
y aunque sabe que no sería clasificado de esa manera, ella cree estar en
peligro.
Ahora los labios se van y las manos se apoderan de los
pechos erguidos... El vientre en medio de las piernas descubre la amenaza
inminente y ella grita...
Dos
siluetas revientan el ventanal. Una se abalanza sobre las presas, golpea la
cabeza del hombre corpulento y lo deja inconsciente. La mujer se colapsa al
sentir que pedazos de su pecho son desprendidos con voluptuosidad. La otra
silueta queda en shock; su compañero la mira jadeante y le dice señalando al
tipo:
–Es
todo tuyo...– Pero ella ve que empieza a reaccionar y alcanza a balbucir:
–N...
no p...
–Está
bien, pero no dejes que reaccione–. Entonces él hunde su dentadura en la
garganta.
Alguien
que pasaba por ahí buscando el baño escuchó los gritos de la primera víctima y
trató de abrir la puerta, pero como no pudo, pidió ayuda. Con un hacha
rompieron la chapa y cuando aumentaron la luz al entrar, vieron los cuerpos
mutilados en el suelo. El tipo que pidió ayuda, después de hacerse en los
pantalones, se fue al baño para expulsar hasta las entrañas.
º º º º º º º º º º
Antonia
se desplaza entre las hojas que crujen bajo sus pies, abandonada a la inercia
del movimiento; sin pensar en nada. La neblina se abre ante sus pasos. Detrás
de ella camina un personaje sarcástico: su anfitrión. La sigue sin hacer ruido,
con los brazos en las bolsas del abrigo.
Han vagado por más de una hora, hasta bajar por una cuenca inundada de niebla.
Cuando Antonia está por detenerse junto a un árbol, él espera su último paso
sentado en una rama. Abrumada por el paisaje, ella murmura.
–Esto
es irreal…
–Por
fin estamos juntos, Antonia. Ahora podrás tocar tu chelo y yo conoceré los
motivos de tu música. –Ella frunce el ceño– Oye... en verdad te va a gustar.
Ahora eres capaz de controlar todo lo que está a tu alrededor. Un Don de
milenios. Se lo puedes compartir a quién quieras. Yo te lo he dado porque me
gusta lo que eres.
En
la ausencia de Antonia se recluye la ternura y también una cólera inmensa.
–No
te voy a contar la historia de lo que empezó como una de esas absurdas
tradiciones que mantenían en el pasado. Sólo te diré el secreto. Tenemos la
cualidad de habitar una dimensión en la que nos transmitimos; podría decirse
que no existimos. No cualquier sangre es capaz de proveer esta cualidad. La
mía, y ahora también la tuya, contiene el elemento natural que permite integrar
nuestro ser al comportamiento fundamental de los planos universales. Ese
elemento es el sueño, uno real. Quizás al principio no te sientas muy a gusto,
pero debes darte cuenta de que ahora puedes hacer lo que quieras. Siempre quise
que fueras tú.
El
gesto de Antonia se contrae desconcertado. De golpe, en el silencio, entiende
el sentido de todo lo que ha escuchado y lo mira con desprecio.
– ¿Qué
pasa, Antonia?
Con
lágrimas en el rostro, Antonia grita.
– ¿Que
qué me pasa? ¿Qué quieres que me pase, si todo lo que hice fue en vano? ¡Nada
ha cambiado con lo que hiciste creyéndolo un favor!
– Antonia,
lo que hice nunca fue pensando que te haría un favor. Me interesas, por eso te
lo di. Lo mereces.
– ¡Pues
no lo quiero! Yo ya estaba muerta, ¡quiero estar muerta! Mírame. Toda la vida me
he sentido de esta forma. Lo que hice fue el producto de sentir la corrosión en
mi cuerpo... Cada segundo… Nunca lo he despreciado, pero no ha sido un placer.
Desollar mi piel es el método de inspiración para componer sonidos que
disminuyen el dolor. No puedo asegurar que la muerte sea lo mejor, pero por lo
menos así, no tengo que soportar el paso de los días. ¿Puedes entender? Esto
siempre ha sido mucho más fuerte que yo. ¡No quiero la vida!
– Antonia,
ya está hecho. Tienes que calmarte.
– ¡¿Ya
está hecho?! ¡Pues yo no lo pedí! ¡Ni siquiera sé quién eres y ya te odio!
– ¿Quieres
saber mi nombre? Me llamo Anselmo y sabes a qué me dedico.
– Bueno,
Anselmo, yo había logrado que uno de mis propósitos se cumpliera y tú llegaste
a desbaratarlo. ¡No quiero formar parte de tu puerco sueño!
– Está
bien. Incluso así, deseo tu paz. Tienes una opción: si aprendes a controlar tu
pensamiento a tal grado de que imagines tu muerte, podrías lograr tu anulación
en una especie de coma. No lo sé, nunca lo he intentado. Pero me sorprende que
no quieras comprender la ventaja de trascender el límite de la consciencia.
Antonia
se queda callada un momento, y después, con su mirada en otro lado enuncia ya
sin fuerzas.
– ¿Cómo
concebiste la idea de intervenir mí vida?
– Digamos
que siempre estuvimos coordinados. No ha sido mi plan; al menos no por completo. Como a ti, a mí me legaron el Don, la
diferencia es que lo disfruto.
– Pero
no imagino vivir comiendo restos humanos.
– Lo
que importa es la sangre... ¡¿Antonia?!
Antonia
sufrió su primera desconexión que la llevó a dar un sondeo en el subconsciente
materializable. Al regresar queda tirada en el suelo en posición fetal. Antonia
mira sus manos ensangrentadas con una aguda expresión de terror; ni siquiera
puede gritar.
– ¡Antonia!
– ¿Pero...
qué..?
– ¡Sssh!
Estás en progreso. Tranquila. Tengo qué contarte algo que pasó hace mucho
tiempo en el sueño. Escucha.
Anselmo
saca de su abrigo un rollo de papel viejo y grueso y lee:
“En
la sustancia del sueño, las imágenes que acumula el pensamiento... Su mirada es
el conducto; de sus alas se desprende el destello diáfano y sucio, ordenado y
hecho bolas. La dualidad inhóspita de la realidad fecundada en un aro de oro,
se desprende al llegar al límite. Fue la oscuridad la que llevó a la luz;
entonces, la lechuza abrió su ojo siempre despierto y se fundió en la lejanía
que diario la cubre, diario. Sus alas se abren para dar paso al influjo; el
hueco por donde se deja llevar, no tiene un fin. Y el manto de seda que se
alzaba en su presencia, se redime ante la displicencia del ave.
–“¿Qué
resulta de tu rebaño?–
–“Sólo
ansia, llagas y putrefacción. La reacción deleznable de tu impulso, mis venas
desangra. En tus venas no fluye mi sangre, en las mías corre la tuya. –La Noche
recuerda la sabiduría que asumes; pero nunca muestra la suya: presunta cualidad
de la Reina.
–“¿Dónde
está la víctima?–, preguntó el hombre y Anselmo mismo lo llevó al cuarto donde
un día antes había sacado la daga de su cazadora para descargar una serie de
puñaladas en la cara de la que antes fuera bella. Después, le cortó los senos,
la lengua y orejas... cada uno de sus dedos.
Antonia
y Anselmo se encuentran en la casa, donde sucedió la última parte del relato.
Ella siente el vértigo de una vaga impresión... cada uno de sus dedos. Anselmo
la mira de reojo y sigue:
“De
uno de los ojos de la niña que se escondía en el closet salió una lágrima que
irritó la herida de su labio mordido. Estaba a punto de gritar, pero logró
impedirlo.”
Anselmo enrolla el papel mirando inquisitivamente a
Antonia y dice:
– Esa
niña eres tú. Tienes que matarla.
Con
los ojos inundados, Antonia pierde la noción de las cosas y se desvanece. La
niña expuesta en su escondite los mira con temor.
– ¡Tienes
que matarla!
Antonia
observa a la niña que, como ella, tiene los ojos borrosos de inocencia. Como
una tromba que choca contra un muro, el recuerdo del sueño recupera su
temporalidad.
Llegaba
corriendo por un oscuro pasillo que al final tenía una puerta pequeña que daba
al closet de la habitación de Anselmo. Caminó entre la ropa y, cuando iba a
salir, tuvo que reaccionar para no ser descubierta. Cerró la puerta y dejó una
rendija para poder mirar. Anselmo tenía a una mujer desnuda en la cama, a la
que mutilaba viva. Los alaridos de la mujer eran aterradores y para no
delatarse, contuvo un grito que abultaba su garganta. El esfuerzo la dejó muda
durante su infancia.
Como
el pasillo por donde había llegado era oscuro, le daba miedo regresar y
prefirió quedarse ahí. Después, llegó un hombre preguntando por la mujer.
Anselmo se la enseñó destazada como estaba y al verla, el tipo sufrió una dura
impresión que lo desmayó. Con más suerte, por el desmayo, también fue mutilado.
Terrible
pesadilla. Antonia apenas se da cuenta de que aún no ha terminado. Se ve de
pequeña, una niña que no acierta a saber si su vida es recreada en ese mismo
instante o si es un sueño eterno que no terminará. Trata de avisarle algo con
señas, pero Antonia, optando porque sea
el sueño, se abalanza contra la imagen y la suple de inmediato.
Cierra
la puerta del closet, trata de bloquear su miedo al correr por el pasillo. A
tientas en la oscuridad, intenta ir lo más rápido que puede. Con el nudo que le
obstruye la garganta y Anselmo atrás de ella. Como cuando imaginaba monstruos
que la perseguían entre la ropa recién tendida. Vamos a jugar. No
escucha los pasos, pero siente su presencia, la respiración, su tamaño: el gran
monstruo. Ya te vi, pequeña, ven conmigo, déjame atraparte... Una
sombra café, visible en la negrura, la rebasa para, después, dejarse venir de
frente. No le hace daño, sólo es un juego. Le jala el pelo, le hace cosquillas,
la vuelve loca. Ella corre sin que el pasillo termine y el punto de luz que
indica la salida todavía está lejos.
Poco
a poco, la atmósfera toma una consistencia densa que le impide acelerar. Se
acerca a la salida y eso la estimula a luchar contra la pesadez. Al llegar, lo
que ve hace que intente detenerse, pero sólo logra salir con más fuerza hacia
los brazos de Anselmo. Él la recibe sonriendo y la niña lo mira con un gesto de
angustia y repulsión; ella emite un leve gemido. Pequeña... Anselmo
la deja ir. La mira alejarse, perdida en el bosque. La eternidad es
tuya.
Antonia
está sentada en una estilizada silla, el cello en su estuche descansa a su
lado. Contempla el lugar junto a una reja oxidada envuelta en la neblina. Antonia siente que el deseo de tocar
va y viene y le revuelve los sesos.
Absorbe
mi consciencia y haz que presencie la agonía de mi esperanza en otro espejo. O
despoja la ilusión de ver resuelta mi angustia en este puto sueño. ¡Qué importa
si tú pasaste por la puerta! No me interesa el turno.
Me
queda el consuelo de sacar tus cuerdas y acariciarlas otra vez. Recuerdo que
aguantabas mis charcos sobre tu cuerpo. Caminábamos sobre vidrio afilado.
Mmmh... Eres el único. Siento profanar la cámara del claustro, prometí no
volver a hacerlo. Pero no aguanto más tu ausencia. Alguien se adueñó de mi
cuerpo crudo y devolvió su tibieza. Ahora tengo que reavivar tu cadáver, el
último. Los dos sabremos el momento y entonces, nos encerraremos en tu
sarcófago de picos internos, enterrándolos hasta que el seguro indique que la
cubierta está cerrada.
En
medio de las piernas. Sus manos acarician la superficie encerada de cuerpo
caoba; puntea las cuerdas y roza apenas con los dedos la férula de metal.
Antonia está mojada, su ropa interior replegada a la piel. La sensualidad
disipa su angustia que de pronto es traducida en música. En su fantasía, el
arco le fricciona la piel. Antonia recuerda algo de cuando estaba muda: un
hombre viejo que le regala el violonchelo, muy antiguo, posesión de
antepasados. El instrumento la devolvió a su mundo real, esa larga época en que
no habló quedó desvanecida. Su relación con el viejo chelo alcanzó una magnitud
inquebrantable.
Complacida
con el arco, frota sus brazos y piernas, el cuello, los empeines de los pies,
quema la fricción en sus nalgas cicatrizadas. Postrados en la silla arrastra
las cuerdas en su pecho, piensa en los conciertos producidos a través de su
locura. Desea seguir componiendo.
Por fin, el chelo la ha relajado otra vez. Con el vestido
desabrochado, Antonia está dispuesta a continuar, a transformarse en música.
Pero al comenzar a tocar, el chelo no
responde. Los sonidos que produce no son los que ella busca, no los que ella
esperaba escuchar. ¡Antonia…! Sigue intentando; pero hay una interferencia entre los dos. ¿Qué pasa,
no puedes tocar?
Anselmo escondido en un árbol.
– ¿Algo
anda mal? ¿Qué sucede?
– ¿Qué
estás haciéndome? ¿Por qué...?
– Lo
siento, pero tienes que entender. Tu sangre ya no es la misma, has cambiado. Me
interesas mucho y si te resistes no ayudas en nada.
Antonia,
cansada de redundar, vuelve a la desesperación.
– No
quiero... hacerlo... ¡...no puedo!
– Sé
que no me equivoqué... – Anselmo también refleja angustia.
– ¡...vete
al diablo...! ¡Eres un pendejo...!
Anselmo se sorprende divertido.
– Bueno,
toma tus navajas, ¡córtate otra vez! ¿Tú si eres fuerte? Antonia da un paso
atrás y él se acerca para acariciarle el cabello. –Tranquila, el suicidio fue
algo absurdo. Tú estás aquí por una razón. Confía; recuerda tus opciones. Si no
quieres matar, vive con mi sangre, pero debes renovarla. La otra, es el uso de
tu mente. Dormirás de manera continua, hasta que decidas despertar. Opción
sanguínea; opción mental. Tú decides.
...el chelo postrado entre los dos, en actitud determinante.
– Esto
es un sueño, ¿verdad?
– Sí,
Antonia, y tú eres parte de él. Mira las manchas rojas en tu vestido–. Anselmo
abre el estuche para guardar el instrumento y la abraza. –Estás débil. Debes
alimentarte mientras decides qué hacer. Podríamos cazar algún animal, pero... Hagámoslo
una vez, juntos. ¿Está bien? Por favor–. La súplica de Anselmo
es genuina.
Ella
no contesta, sólo piensa en la forma de disuadir el deseo que recorre su
interior. Tal vez si se dejara vencer por el tiempo se pudriría y podría
suspender el proceso para soñar su muerte.
El deseo crece cada vez con más fuerza. Anselmo la toma de la mano y con la
otra carga el estuche.
– Ven,
te tengo una sorpresa. La segunda vez no es tan difícil.
En
una calle vacía.
– ¡Hey...!,
aquí llegan las víctimas.
Una
pareja camina despreocupada abajo de la banqueta. Ríen. Se detienen para
besarse.
– Es
el momento, vamos a por ellos.
– Buenas
noches, ¿señor..., señorita? –Una navaja.
– Señor,
quisiéramos pedirle un préstamo.
– ¡Tomen,
llévense lo que quieran!
– No
es eso nada más. ¿Señorita? –Un destello en los colmillos de oro.
– No
se preocupen, también nos llevaremos su dinero. Pero antes...
– ...tenemos
un regalo para ustedes. ¡Patéalo! Yo voy primero con la hembra.
– ¡No,
no, suéltenme!
– ¡Déjenla,
no se metan con ella!
– ¡Tú
cállate, que también tienes tu parte! Primero te cortaré el pelo... –el
destello en la navaja.
...
es para un disfraz.
– ¡Anda,
mi amor, tienes que ayudarme! ¡Quítate el vestido!– Histeria –¡Cállate!– Un
boxer en los labios carnosos. La suciedad de las calles. La sociedad de los
bastardos. –No me tardaré. ¿Podrías contarme un cuento? Eso me excita. – Un
precoz malandrín.
– ¡Deja
a la mujer! Termina con éste. – Quejas lejanas.
– ¿Y
tu pelo?– La Reina Carmesí. – ¿Quieres defender a tu novia? ...Después de que
termines conmigo...
– Una
mujer sin pelo es mucho más hermosa. Descuida, soy bastante bueno. Oye,
¿escuchas? Hay ángeles en el cielo. Hermosos, nos vigilan. ¿Esa es tu bolsa?
Gracias, sé que lo merezco. – La luz de la calle se desvanece.
Obsoletas
escenas de violencia cotidiana.
Con
el corazón acelerado y la respiración agitada creen que pueden lograrlo,
sienten que están lejos; pero se equivocan: sólo es parte de la diversión.
Entre más tiempo, más divertido. Ahí vienen los Ángeles, invisibles en la
noche. Les pisan los talones, les arrebatan la bolsa, suenan las monedas al
caer; baratas monedas de níquel. Que graciosa cara de espanto. ¿Quieren
escapar?, pues corran, que la cacería apenas empieza. Y ocúpense de balancear bien
el cuerpo, porque el primero que caiga será presa fácil. No importa que haya
gente, corran, corran; y mejor aceleren, los estamos alcanzando. Un
camino con obstáculos es mucho más entretenido. ¿Les gusta...? No
existe en estos momentos cosa más divertida que una carrera con obstáculos.
¡Prepárense, que ahí viene uno choncho! Vamos, abran esas patitas, quítense el
fleco de la cara. Aquí viene. ¡Oh, jo jó! ¿Cuál de ustedes no lo logró? ¡Ah, ya
sabemos quién fue! ¿Necesitaste de un boxer para someter a una dama? ¡Ven acá!
Y tú síguele intentando. Mira como corre tu amigo don cuchillo. “Los Ángeles”,
los Ángeles,... ¡Imbécil! Los ángeles son ustedes, la presa. ¡Antonia, cómetelo
de una vez! Fíjate en sus ojos, muérdelo y absorbe su fluido.
¿Cómo
vas, campeón? ¿Estás ganando, lo sabías? Un gran laberinto... ¡Mira, tu amigo
vuela! Tiene una cita con la amante eterna; pero no lo felicites, no es
Antonia tal amante. ¿Quieres recuperarlo? ¡Ahí te va! Una
cáscara disecada. Deberías renegar de ser su amigo, te acaba de delatar. Ahora
tropieza, cae, lento… Disfruta de cada instante, porque ya es tarde.
– Espera
Anselmo, él tiene que pagar por lo que hizo.
– Como
quieras. Para mí eso sobra, pero todo sea por la diversión.
En
la habitación de Anselmo, “don cuchillo” está amarrado con los brazos y las
piernas extendidos en la pared, sujeto con tornillos. Antonia y Anselmo podrían
parecer, por primera vez, socios complacidos que comparten un momento de satisfacción.
Miran la cara deformada por la súplica. Sus instintos de bestia despiadada han
quedado reducidos al mínimo, recobran la consciencia de que, alguna vez,
también se es la presa. Llegó el momento.
– Dime,
¿cuántas veces has estado en mi lugar? – dijo Antonia–, mirando a tu rehén
con ese gesto burlón, deseando poseer algo que de otra forma no hubieras
conseguido. Le hablabas de tus trastornos; de tus desilusiones y de tus
recientes proezas de ser superior. ¿Cuánto vale tu terapia? ¿La justificación
de su sacrificio? No está mal. En compensación, ¡tú serás la mía!
Anselmo
hace un gesto gracioso.
– Eso
es cierto, “cuchillo”, si supieras su historia, conocerías las muchas causas
por las que vale la pena ser su ofrenda. De hecho, es un honor. Pero no mereces
tal privilegio.
La
daga sale de la cazadora y se desliza por la superficie del cuero cabelludo.
–¿Conoces
este rito? Se comienza por rasurar hasta el último filamento grasoso
pronunciando célebres palabras de burla... Pero me saltaré esa parte.
Antonia
siente cómo sus nervios se excitan, provocando la reacción convulsiva de los
músculos. De un segundo a otro, la conocida escena de Anselmo es interrumpida
por la sombra de Antonia, que cubre de inmediato la figura de su víctima.
Cazador y presa se retuercen demostrando el significado de sus tormentos.
Anselmo interviene a “don cuchillo”, transporta su mente para que vea lo que
sucede con su cuerpo, lo pasea alrededor y por dentro. “cuchillo” disfruta
desde distintos ángulos el significado de estar muriendo. Anselmo lo lleva
hasta el acantilado para hacerle vivir una muerte plena; comprende lo que
“cuchillo” experimenta y se siente satisfecho de entregarle una sensación
excepcional.
El
mar apacible contrasta con las emociones; el amanecer es un espectáculo que muy
pocos tienen la oportunidad de presenciar en el deceso. “cuchillo” por fin
muere. Al regresar Anselmo, Antonia ha desaparecido.
Anselmo
presiente que Antonia por fin logró fugarse. La ha buscado muchas horas y no
hay ninguna señal que la descubra. Ahora es él quién tiene la oportunidad de
sentir algo aparte de sus deseos; la angustia. Puede ser que Antonia ya esté
libre, aunque también es posible que sólo esté escondida. Recorre la casa sin descanso
y escucha en la lejanía las notas del Chelo acorazado. Por primera vez siente
su debilidad.
En
el punto de alta desesperación, escucha unos gemidos en el sótano de concierto.
Y como un niño perdido, acude a un regazo imaginario en medio de sollozos disfrazados
por una sonrisa de alegría. Pero no es Antonia quien lo recibe. ¡Cállate,
Anselmo...! Voltea en dirección de donde creyó escuchar la exquisita
voz de Antonia, sólo que lo que ve es la imagen de la mujer que Antonia lo vio
desollar en el sueño. El cuerpo lo insulta entre lamentos, reclama su
existencia, implora su posesión. Anselmo corre hacia su alcoba y al entrar ve
un abultamiento rojizo pegado en el techo.
Ahí
está la niña transformada en una costra desmoronable. La niña de sus sueños no
volvería en ninguna época onírica porque Antonia regresó hasta su nacimiento
para desaparecer para siempre.
Los
dos lograron derrumbar los pilares del tiempo, los esparcieron en la eternidad
denegada por el egoísmo. El único miembro de la Dinastía ha quedado con los
envoltorios de un regalo despojado. Aun así, una lágrima no tiene cabida en los
ojos de un demonio traicionado. Sólo le queda la resolución de relegar la ilusión
e indagar la posibilidad de ser recibido en su hogar otra vez.
El
mar de la mañana descubre sus rincones en la claridad; expone su volumen y
persuade a los crédulos. Las sombras extendidas recorren la distancia con ese
don sabio que sofoca a los que se resguardan en ellas. Una de esas sombras
invierte su trayectoria sirviendo de trama crucial en el lujo de un capricho
sin lastre de remordimientos.
¡Olvídate
de la clemencia hipócrita, maldición! ¡El regalo que le ofrecí era incomparable!
Anselmo
abre la puerta de su mansión; con semblante conciliado, abandona las aguas y se
refunde en el laberinto para descansar en un sueño prolongado. Antes de cerrar
los párpados, con una suave sonrisa, promulga la culminación de su convenio y
sonríe: Bueno, lo intenté.
Las
olas cristalinas que decoran el vaivén, eliminan las angustias, como un espejo
que refleja, hostigadas, las venganzas. Albedo cósmico, juez hostil que
sentencia sin palabras; sus secretos agrandan el misterio. Con discreción, la
historia parece continuar.
Antonia
se fundió en su propia noche, hurgó en los rincones insondables por haber
aprendido a caminar en las tinieblas. Ahora contempla el tiempo en la negrura.
Estatua voluntaria, broma glamorosa y frívola, pintarrajea los destinos de los
súbditos con carcajadas de demencia. Dueña de la nobleza que ronda de día,
contempla su sueño de noche para agrandar la añoranza que nunca termina.
Si...
muestra sus colmillos en la carcajada alegórica de valles cubiertos con ácidos
colores: Antonia, con un vestido negro inmensurable, invadida de excesos, les
tiene preparado un regalo a todos los seres que deambulan sus entrañas; con la
órbita de una antorcha que presagia la concepción de una nueva atmósfera creada
por la fuga de la química terrestre.
Si
te descubres mirando hacia la bóveda y crees que alguien especial te está
cuidando, y si reconoces la mano helada que te acaricia el cuello sabiendo que
el ser que está de tras de ti ya ha muerto, no tengas miedo de aceptar que es
real; aunque un escalofrío te erice los vellos al recorrer la piel, recuerda
que en realidad todos somos entes medio vivos, caminando medio muertos...
¡Antonia...!
Starles
& Bible Black
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