“Eres un accidente a punto de ocurrir,
un pedazo de vidrio tirado en
la playa...” U2
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Hoy
comienzo a escribir el diario que he postergado toda mi vida, a dos meses de
cumplir sesenta y cuatro años. No lo empecé en mi juventud por desdén y por
darle preferencia a mi “proyecto de vida”. Durante mi madurez, las
responsabilidades de la vida como hombre han sido arduas. Me he casado tres
veces y las circunstancias en las que lo he hecho han socavado mi voluntad para
escribir y crear. No fue fácil. Sin embargo, cuando me casé por última vez, y
al escribirlo siento que la afirmación es definitiva, hace poco más de un año,
la transición de mi recien aceptada vejez ha producido en mí una profunda calma
que poco a poco libera el tiempo que ocupé para ordenar mi vida. Aun cuando he
desenvuelto bien mi papel de investigador y difusor del desempeño estético de
las ideas y la evolución técnica del Arte contemporáneo, resumo que la
complejidad del comportamiento humano no alcanza el tope; el nudo se encuentra
en una especie de naturaleza irracional que vicia el protocolo de su devenir
biológico e intelectual con respecto a la probabilidad de seguir siendo un ente
que comprende la vida en sí mismo.
He hablado de esto muchas veces para las
instituciones de un orden que recibe los enclaves de su desarrollo en pequeñas
dosis. Lo que me ha perturbado en todos estos años es pensar que nuestra
estabilidad no depende de tener una táctica conveniente, el temperamento humano
no es alentador. Puede ser que ésta sea la razón por la que pospuse tanto
tiempo la oportunidad de aclarar ciertos detalles que me inquietan. Ahora me
postulo a mí mismo como un parámetro que certifique el enfoque de la simulación
impersonal, maleable por los sucesos de la realidad. No sé de qué me he perdido
al no transcribir los días pasados, pero quiero averiguar qué contienen los que
están por venir.
Como dije antes, me casé por tercera vez
hace poco más de un año con una hermosa mujer que conocí durante una
conferencia en una provincia de Argentina. María es bella de una forma inusual.
Es dura consigo misma, pero se deja llevar por la vida como si no tuviera el
control de su voluntad; esto la hace el ser más dulce y puro que he conocido.
Se ha ganado mi amor de una forma tan plena, que el hecho de tener la mitad de
años que yo o casi, no provoca en mí ninguna clase de convalecencia emocional.
De mis anteriores matrimonios, mejor ni hablar; significaron el peor de los
desastres a los que está propenso cualquier ser común.
María cumplió treinta y un años en febrero.
Fue un día como cualquier otro, con su sonrisa débil, irremediable. Estuvimos
en la estancia del primo Ernesto. Caminamos todo el día, descalzos por la
campiña. Bebimos dos botellas de vino, solos los dos. Ella me dijo que a pesar
del tedio ése era el mejor día en mucho tiempo y que lo recordaría por siempre.
Me hizo sentir muy orgulloso. No sé qué pensar. Aunque comprendo su carácter,
me aflige que no haya nada capaz de proporcionarle la felicidad que remediara
la fatalidad de su vida. De celos no he sufrido nunca, pero no puedo soportar
que ni siquiera yo pueda ser el enclave en su rompecabezas. Ahora sé que ella
es la extensión de mi melancolía. Es la única persona que realmente quiero. Y
no se me ocurre nada para rescatarla.
Creo
que debo registrar en el recuento que soy ciego. Nací ciego. Nunca he visto un
reflejo de luz; pero no me ha hecho falta, veo bastante bien dentro de la
oscuridad, como la sinestesia de los sentidos. El no envidiar la capacidad de
la visión normal me ha postrado frente a la calidad definitoria de una
percepción amorfa y siempre he interpretado la delimitación de los espacios
exteriores dentro de la cualidad de la luz misma. La diferencia es que no me
reflejo en los objetos, sino que éstos se me anteponen, incluso antes de
tocarlos; algo normal para la visión óptica. Lo que yo experimento es la sensación
de sus cualidades naturales. Auxiliado por los sonidos, el movimiento y la
trasposición de la materia, los comprendo con anterioridad implícita. Nunca he
tenido la necesidad de utilizar un bastón.
Desde niño me ha gustado escribir en el
papel. Dominé los espacios de un cuaderno en su extensión determinada sin
desperdiciarlos, de forma casi automática. Siempre escuché comentarios de gente
que decía que a un ciego no podía interesarle escribir y yo no entendía muy
bien por qué. Lo que no podía hacer, por supuesto, era leerlos. Una vez le
escribí una carta a mi madre y me di cuenta de que era incomprensible. Me dijo
que estaba maravillada por la uniformidad de mi caligrafía, pero que le era
imposible interpretar lo que estaba escrito.
Aprendí a leer con el sistema de Braile,
nunca me gustó; prefería escuchar historias en audífonos. Al pasar el tiempo,
me compré un walkman y he podido escuchar la narración de cuentos y
novelas hechas por los mismos autores. Alguna vez les dije a unos amigos que
escriben artículos en periódicos y revistas que les compraba escritos grabados
y desde entonces me llegan cantidad infinita de libros y revistas leídas por
mujeres de voz sensual. Cada mes me llegan en un sobre por correo tres discos; hay
muchos que no he escuchado aún. Eso ya tiene más de cinco años y me siguen
llegando. De cualquier forma, es un recurso que me mantiene al día con respecto
al conocimiento de autores nuevos. Lo agradezco.
Para
terminar, incluiré un aspecto que me intriga. Cuando María aceptó casarse
conmigo, supusimos que nuestra sexualidad sería casi nula, por todo el asunto
de mi ceguera, pero, todo lo contrario. María y yo nos entendemos en el sexo como
no imaginé jamás; es un ritmo normal, pero es mucho más de lo que pensé. Tal
vez debería de sentirme reconfortado. No es así. Ella parece conseguir
satisfacción al hacer el amor conmigo. Es increíble. Jamás hemos platicado al
respecto, ni siquiera hablamos después de nuestra culminación. María se voltea
y yo quedo pensativo hasta dormirme. Alguna vez hice una alusión al respecto,
pero no respondió. Otra vez le pregunté de forma distraída si tendría un amante
y quedó estática, su silencio la ensombreció. Al reaccionar, contestó
apresurada y en un tono muy bajo que no. Sucedió hace poco. Me preocupa que
cargue con algo que no tuve intención de provocar. B.
11 /
9 / 00
Anoche
tuve un sueño, un sueño muy sádico y real. Antes de irme a dormir fui a la
cocina a tomar un vaso de leche. La puse a calentar en el micro. Mientras
esperaba, escuché que entraba por la ventana una gata que asiste de vez en
cuando a la “reunión de la leche”. Me senté a la mesa y ella se trepó también.
Nos quedamos en silencio hasta que el timbre del micro sonó. Antes de sacar mi
taza, fui por un bebedero a la alacena y le serví a la gata. Con la taza en mi
mano escuchaba divertido los chasquidos que producía al beber. Entonces le
dije: Estás embarazada, ¿verdad? La gata se fue. Al terminar la leche me
fui a acostar.
No tardé mucho en quedarme dormido. En el
sueño sentía estar sumergido hasta por debajo de mis ojos en el mar; en el
zénit del día; el cielo arriba de mí, extendido de manera profunda. Era como
estar dispuesto a la caza, oculto en la exposición. Por momentos no pasaba nada
y pude disfrutar de la perspectiva. Estaba absorto en mí, cuando una parvada de
patos enormes pasó de forma inesperada de frente, conduciéndose entre el aire y
el agua como los delfines. El instinto de un cazador me invadió como abraza la
sed en el desierto, pero al momento en que volteaba para iniciar la
persecución, me encontré fuera del mar, en dirección a la estancia de Ernesto.
El sol decrecía, se nublaba el cielo. De pronto, estaba en la azotea de la
estancia, trozos de hielo flotaban a mi alrededor mientras me abría paso hacía
una jaula en un rincón de la azotea. Ahí estaba la gata, pariendo a sus
gatitos; sabía que eran muchos, aunque yo sólo sentía uno. Tomé al gatito entre
mis manos y, acariciándolo, llegué a su hocico introduciendo poco a poco los
dos dedos que están junto al pulgar a lo largo de su garganta. Con muy poco
esfuerzo, mi mano entera estuvo dentro, en su estómago, el gatito parecía
volverse inmensurable; mi brazo se retorcía en sus vísceras a la vez que forzaba
su hocico hasta abrirlo a la altura de mi bíceps, parecía estar devorándome el
abrazo. De golpe, lo jalé de la cola para sacar mi extremidad. Recordar el
ruido que produjo ese acto hace que cada célula de mi cuerpo se estremezca,
porque ese sonido de descompresión de las entrañas fue tan claro, que no puedo
dejar de escucharlo.
Luego siguió algo de unos ovnis, una flota
de ovnis que llegaba tapizando el horizonte cuando ya era de noche. Yo
presenciaba cataléptico, asombrado y con fascinación, la violenta fusión de las
especies iner–universales.
Al despertar me quedé horas y horas sin
moverme. No acerté a suponer un significado.
Muchas
veces me han preguntado si un ciego puede soñar; hasta la primera vez que
alguien lo hizo, me percaté de ese fenómeno que cada noche estaba ahí para
otorgarme una función privada. He tenido tantos sueños como los tiene cualquier
ser humano, incontables; cada noche temáticas disímiles o sueños recurrentes, arquetipos
de mis suposiciones. El poder soñar me confirma que conozco el mundo exterior
como a la moldura de mis muebles. Puedo darle forma a la cara de una persona,
porque casi veo los rasgos; percibo las texturas. Muchos detalles no se
precisan, como los colores, la gesticulación, las modulaciones de la luz, pero
esto me da interrelaciones imaginarias que me parecen muy interesantes. Para
mí, ser ciego nunca ha sido una desventaja. B.
14 /
9 / 00
Ayer
en la mañana vino Ernesto, con su peculiar amiga Mimí; su personalidad ridícula
me parece simpática. Se quedaron todo el día, soportando la ausencia de María,
que no puede ocultar la incomodidad que le produce la presencia de Mimí. Tenían
la intención de que fuéramos a la estancia en la campiña, pero no me encontraba
en disposición, así que decidimos partir hoy. Ahora me estoy preparando para
abordar el coche de Ernesto y pasar un fin de semana tranquilo en el campo,
caminar descalzo a la orilla del mar, sentir la arena entre mis dedos. B.
16 /
9 / 00
Hoy
tuve el día que esperaba: apacible. Fuimos los cuatro al mar. La brisa nos
animó bastante y caminamos largas horas. María mostró un semblante afable todo
el tiempo, incluso con Mimí. Después de caminar de ida y vuelta hacia la
estancia, nos detuvimos a comer lo que la mucama nos había preparado. María y Ernesto
se fueron a meter al mar y, mientras tanto, Mimí y yo hablamos con la confianza
que siempre hemos tenido. Hice un comentario acerca del ánimo de María para ver
cómo reaccionaba y no hizo más que confirmar su ofuscación cada vez que se le
pedía opinar o iniciar una conversación que aludiera a María; ella es de las
personas que se encargan de mostrarle, a Mimí, lo desagradable que puede llegar
a ser. Mi actitud es un tanto malintencionada, pero sé que no le provoca ningún
daño grave.
Luego de darle vueltas al comentario que le
forcé a culminar, dijo que el día era muy apropiado como para hacer que hasta
María se sintiera con ganas de apreciar la vida. Me platicó de una corriente de
arte denominada Magnomental que pretende trabajar con diversos materiales a
escalas inconcebibles. En su opinión, se identificaba mucho con los puristas
que fabulaban con el retroceso de los tiempos en que la experimentación
semejaba una irritación infantil de las líneas sobre el lienzo, la
descontextualización o la exploración de lo ordinario. Lo Magnomental era para
ella un desperdicio de tiempo que extendía la complejidad de forma inútil. Yo
la escuchaba sonriendo.
En un momento, Mimí me confesó que no
entendía cómo podía relacionarme con el mundo de la forma en que lo hago, que
lo único que ella podía hacer para corresponder conmigo era ocultar su temor.
Yo no supe qué interpretar de ese comentario, si me tenía lástima o si le
parecía yo repugnante; por gracioso parezca, significa lo mismo.
Ya es
de madrugada y no puedo dormir, y es que María no ha llegado. Me encuentro
inquieto en el silencio. Quisiera conciliar el sueño.
Hace
una hora y media María entró a nuestro cuarto, le pregunté la hora y me dijo
que eran las cuatro. Tal vez deba suponer que estuvo sola, porque dijo haberse
quedado en la sala leyendo y tomándose una copa; yo pienso que no fue así. Sé
que no es de la clase de personas que disfruta de tomarse una copa estando
sola. No quise mostrarme hosco en ningún momento, así que lancé una pregunta
para distraer la atención del tema. ‘¿Te quieres ir mañana temprano, pequeña?’,
dije. María no respondió y quise insistir. Apenas pude decir ‘oye...’ cuando
percibí un perfume líquido palpitar sobre mi boca.
Su cabellera retorcida se movía ante mi
nariz y yo busqué los labios y comencé a lamer, a succionar. Ella se empujaba
en silencio hacia adelante, con un ritmo delicioso. Su olor hechizó mis
sentidos, aturdiéndolos. Seguí lamiendo y ella subió sus muslos en mis hombros.
Reclinándose hacia atrás tomó mis brazos y los condujo hacia sus pechos. Yo me
encontraba inmerso en su cuerpo; los labios jugueteaban en mi nariz, mi lengua
en su ano, después mis dedos encontraron el lugar donde está la más deliciosa
humedad. Sus convulsiones aumentaron mientras yo la volteaba boca abajo
abriéndome paso entre su maleza capilar. Con la sábana hecha girones sobre mis
piernas, María envolvió mi sexo en ellas y comenzó a estimularlo con su boca.
Arrastraba con suavidad sus dientes en lo que la lengua masajeaba suave y consistente,
soltó la sábana, se volteó y me introdujo en ella, con mi mano acariciaba sus
senos y su cuello mientras ella latigueaba mis labios con su lengua. No me di
cuenta como había sido que llegamos al punto de estar casi gritando. Entonces tuve
la impresión de eyacular junto con ella. Adiviné su semblante plácido. Se quedó
encima de mí largos minutos; ambos en silencio, escuchando la sofocación de
nuestro aliento, satisfecho. Me dio un beso largo y se acostó del lado opuesto
al que siempre lo hace. ‘Hasta mañana, ternura’, dijo y se volteó. Yo estaba
aún sorprendido y eufórico, con ganas irreprimibles de aclararme sobre el
papel.
Quedamos acostados en el lado opuesto al
que acostumbramos, ella en el mío y yo en el suyo. Mi libro, finamente
encuadernado, debía estar en mi lado usual. Me incorporé con cuidado para
agarrarlo del buró; pero María se dio cuenta y lo agarró primero. Lo hojeó con
lentitud y al dármelo dijo: ‘Tu simbología es majestuosa, siempre me
sorprende cuando me lo encuentro; lástima que no pueda comprenderla’.
Agarré el libro y besé su mano. ‘Te amo.’
Transcribo todo, consciente de lo que significa; me siento privilegiado.
No necesito explicarme nada más. Sólo hay algo en esta trama que seguirá siendo
un misterio para siempre, y es el hecho de que lo escrito en estas hojas es
sólo mío y nadie más en esta senda maravillosa, sabrá qué significó la vida
para mí. B.
19 / 9 / 00
La mañana en que nos regresamos de la estancia, María se levantó muy
temprano, para ver el amanecer. Durante el viaje de regreso en el tren, habló
acerca de ese momento. Me dijo que caminó hacia la playa y fue a sentarse en un
risco que conocía desde su infancia. Notó que parecía más pequeño ‘la
erosión, la brisa, la sal’, concluyó. ‘El tiempo pasado’, pensé yo. Ese
lugar la conmovía como ningún otro y más cuando el calor del sol evaporaba la
brisa convirtiéndola en una neblina ligera que difuminaba el paisaje entero. El
olor peculiar del clima le remitía a la época en que los recuerdos no tenían
expresión alguna; su niñez inocente de los primeros años. Regresar en el tren
hacia la ciudad era como abordar la ruta continua de las sensaciones
consecuentes de nuestro recuerdo: la noche anterior, el amanecer onírico de sus
flaquezas emocionales, más remordimientos. ¿Más remordimientos? Imaginé su
mirada perdida en la velocidad del viaje que se transforma en pasado todo el
tiempo. Ella hablaba como consigo misma y yo sentía extasiado la presión
ejercida entre la rueda del tren y el riel guía, entregado a la velocidad con
que se abandonaba la máquina a la inercia de los túneles entre las montañas;
dentro de la oscuridad implacable de mi propio túnel que nunca termina, que
continúa el viaje progresivo sin que yo tenga que mover un solo dedo. ‘No
puedo ayudarte, María’. Lo único que me queda es abrirte paso entre las
piedras de tu propio deslave; o sea, nada. Sólo estoy aquí para acompañarte.
Al llegar a la casa, me preparó un café y nos sentamos en la sala. Fumé
en la pipa, comentamos cualquier cosa; anormal, como siempre. Le dije que iba
al estudio. Llevaba el libro conmigo, dispuesto a comenzar a escribir. Me senté
en el escritorio, pero había una hoja extendida; era gruesa y más o menos
grande. De inmediato reconocí que se trataba de un boceto al palpar su
superficie. Dejé mi libro a un lado y le puse más atención al dibujo. Estaba
hecho con crayón, con líneas firmes. En ese instante, María entró. Cerró la
puerta y me dijo que tenía que contarme algo, así que dejé todo en la espera.
Empezó diciendo que hace un mes había ido a una galería, a la inauguración de
la obra de un pintor llamado Leonardo Castillo. En la exposición vio un cuadro
que tenía plasmada, en un rincón, entre figuras sombreadas, contrastando los
reflejos del contorno, la escena en la que ella tantas veces había estado allá
en la campiña. Desde el marco de una ventana se veían el risco, la neblina, el
mar, el sol y, parada en la arena, una figura humana indefinida. Le impactó
tanto ver plasmado el lugar que le pertenecía, que quiso buscar al pintor y
escaparse con él para siempre de su vida actual; que no le importaba que con
todo ello tuviera que abandonarme a mí también. Pero no lo hizo. De lo que se
escapó fue de aquel encuentro definitivo, pensando que tal vez olvidaría esa
pintura, mucho más real que su propia existencia. Sin embargo, no fue
suficiente el haber huido del pintor. Él se dio cuenta de la impresión que
había causado en ella y al no haberse atrevido a hablarle en la galería, la
buscó como un enfermo hasta que por fin se encontraron. María confesó que se
habían visto una o dos veces antes de nuestro viaje a la campiña. El pintor le
insinuó estar enamorado de ella. A María le parecía, más bien, la reacción de
un psicópata, un impulso de pedantería paranoica; irreal. Dijo haberse
espantado, pero que la intriga de las circunstancias, que no podían calificarse
de coincidencia, atraía su atención con mucha más fuerza de la que lo hacía su
temor. Abriéndome la mano, depositó una carta diciendo que él vendría mañana a
buscarla. Dijo que no estaba lista para verlo otra vez, que quiso hablar
primero conmigo y saber lo que pensaba al respecto. Nos quedamos en silencio.
María dijo que se iría a acostar antes de cerrar la puerta, sin decir nada más.
Un instante de parálisis. Después tomé el boceto y al percibir los rasgos no me
quedó la menor duda de quién se trataba. Salí del estudio, subí las escaleras
con el boceto en mi mano, abrí la puerta de nuestra recámara. Le dije que el
retrato era perfecto. Ella no respondió nada, pero me preguntó de forma seca ‘¿Le
darás la carta?’ Sentí el sobre en mi mano y le respondí: ‘Claro’.
Traté de dormir pero no pude. La necesidad de transcribirlo todo recorría mis
nervios y bajé al estudio. Desde que comencé este diario me he vuelto un ser
nocturno, complacido de serlo.
Ahora han de ser casi las seis de la mañana. B.
20 / 9 / 00
A las doce llamó por teléfono el tal Castillo, preguntando por María. Le
dije que no estaba y no era mentira. Cuando desperté, María me dijo que volvía
a la campiña, el primo Ernesto había llegado temprano y le dijo que él se
quedaría conmigo. Le dije al pintor que María había dejado una carta para él,
que podía recogerla en la tarde. Le di la dirección y esperé. Unas dos horas
después, Ernesto lo estaba recibiendo en la entrada de la casa. Lo condujo a mi
estudio. Yo estaba parado al frente del escritorio con semblante amable. Entró
vacilante presentándose de inmediato. Yo también lo hice ‘Como está, soy
Borges. Aquí tiene la carta’. Se la extendí y él la recibió con premura.
‘A veces María hace cosas como ésta, dije. No creo que deba preocuparse’.
Lo invité a sentarse y dudó un poco en hacerlo. También me senté en un sillón
individual. ‘Ábrala de una vez’. Escuché su acción de abrir el sobre y
en menos de lo que creí lo había cerrado. ‘¿Todo bien?’ ‘Sí, era es lo que
esperaba’. Con esa afirmación me percaté de que María no mencionó
que era mi esposa. ‘María actúa a veces como “una persona que está en algún paisaje
y de súbito decide cambiar de lugar, ¿comprende? La rapidez no importa, siempre
está en el mismo lugar.” Como su movimiento de esta mañana.’
Me preguntó si sabría cuándo
iba a regresar. Negué con la cabeza. ‘Es impredecible, de esa forma conserva
su actitud.’ Castillo se levantó del asiento, dijo que tenía que irse. ‘Lástima.
Espero que nos volvamos a encontrar.’ ‘Téngalo por seguro’, dijo. Por su
forma de comportarse me di cuenta de que no reparó en mi ceguera.
De inmediato, al cerrar la
puerta, me dispuse a escribir sobre el encuentro. La verdad, no sé qué hacer.
Primero porque intuyo el desinterés en mi mente de que María tenga un amante o
más de uno; de todas formas, no puedo quedarme con las manos cruzadas. María
seguirá viéndose con el pintor y sé que no me contará todo. Me intriga lo que
pueda surgir dentro de esta trama en la que me he integrado de manera
voluntaria. Algunas veces pienso en el sentido que tienen los intentos de
acomodar las piezas en la confusión de las relaciones personales; esto es lo
que desata la guerra. La razón humana se encuentra integrada a un devenir
alterno, en el albedrío de una fenomenología universal fuera de nuestro
alcance. Mi personaje actual es el de un espectador de un drama que no puede
manipular. Sería insensato que tratara de arrebatar a María de los brazos de Castillo.
B.
23 / 9 / 00
María se encuentra más aprensiva que nunca. De por sí no habla, ahora
menos. Lo poco que he llegado a saber es el daño que le produce su unión con Castillo.
En ello también se alberga una profunda culpa por pensar en mí. Tal vez si yo
no existiera sería más fácil. Pero no es así. Ella no habla de eso, se queda
muda.
Por mi lado, he querido
volatizarme de su curso, desaparecer por completo. Pero es ella la que ha
intervenido como un modificante en el perímetro de mis circunstancias. La casa
es de los dos, nunca lo he sentido de otra forma desde que ella está aquí; aun
así, pienso que no sería coherente que el que se vaya sea yo. Por eso decidí
absorber su existencia en mi proceso. Espero no hacerle más daño. B.
29 / 9 / 00
Ayer en la noche habló Castillo. Contesté yo. Parecía muy preocupado. Me
dijo que buscó a María en la estancia y que nadie contestó. Según, lo hizo
varias veces, hasta que la mucama de la estancia por fin levantó el auricular.
Ella dijo que la señorita Siqueiro, como suele llamar a María, se encontraba
indispuesta y que no quería contestar. ‘No soporto a esa mujer’, dijo
sin ocultar la rabia. ‘Quisiera no volver a escuchar su horrible voz’. Ese
Castillo es un neurótico, sin embargo, decidí invitarlo a la casa para que
pudiéramos platicar más a gusto. Así quedamos en que llegaría alrededor de las
tres de la tarde de hoy.
Al reunirnos en mi estudio, el
tipo parecía estar pasando por la peor época de su vida. ‘Le dije que María
se mueve de una manera dispersa. No debería tomarlo tan en serio.’ De estar
parados, sugerí que nos sentáramos. Luego de una pausa, dijo: ‘¿Qué es ella
de usted? ¿Cómo es que la conoce tan bien? Puedo parecer necio, puesto que ella
vive aquí, pero es que parece conocerla de forma profunda.’ ‘María es mi
esposa’, dije al fin. La verdad, ansiaba que llegara ese momento. Su
reacción fue muy divertida. Castillo no pudo contener una callada exclamación
de sorpresa. Entonces pregunté: ¿Cómo la conoció usted? Él tardó
bastante en contestar. ‘...en una inauguración que tuve hace un tiempo’ ‘¡Ah,
sí! Perdone, soy un poco distraído. María ya me había hablado sobre su obra.’
‘¿Qué ha dicho?’ ‘Que es un gran pintor. La impresionó.’ ‘Disculpe mi asombro,
ella no me contó de su matrimonio.’ ‘Tiene usted mucha razón, María es reservada.’
Tuve tiempo suficiente para iniciar una conversación que le pudiera causar
interés. Esperé. Dijo: ‘Tengo que irme, supongo que no sería prudente
esperar que pudiera llegar en estos momentos.’ Sabía que trataría de huir.
Pero yo tenía sumo interés en que se pusiera en evidencia por sí mismo; su
actitud mostraba el temor de los que están por meter la pata. ‘No se vaya
tan pronto, Castillo. Me gustaría que me acompañara a beber una copa.’ Prendí
mi pipa y dije: ¿Le puedo pedir un favor? Podría servirme. ‘¿Disculpe?’ ‘Es
que soy ciego y un poco torpe. En el mueble que está al lado de usted hay una
botella de coñac y las copas. No me gustaría molestarlo. Ojalá le guste el
vino.’ Sentí la perturbación que recorría sus pensamientos. ‘No, claro.
Y el vino, sí, me gusta mucho el coñac.’
Mientras servía, me dijo en tono de confesión: ‘Es bueno que nos
hayamos conocido; María parece una mujer muy sola, pero usted es una excelente
compañía’. ‘Gracias. Lo es, María es un ser solo; vive una soledad muy triste.’
Me quedé en silencio, bebiendo el vino. Él no dijo nada. Cuando terminé,
poniendo la copa en el escritorio, dijo: En verdad tengo que irme. Abrió
la puerta y, antes de que saliera, le dije: Hey... la mucama de la campiña
es insoportable. Castillo gimió una sonrisa y se fue. B.
20 / 10 / 00
¡Pfh! Me he llevado el susto de mi vida. Había perdido mi diario.
Dos días después de la visita de Castillo, Ernesto me pidió hacer una
fiesta en la casa. Mimí se iba de Argentina por un largo tiempo; el dueño de
una galería le había pedido que se hiciera cargo de ella en Venecia. En su
lugar yo habría aceptado de inmediato como creo que lo hizo ella.
Y… la fiesta no fue como
pensé: una pequeña recepción formal de invitados con una orquesta de cámara,
champaña y la tranquilidad a las dos de la mañana. En absoluto, lo que planeó Ernesto
era una verdadera fiesta, de las que no vivía en mucho tiempo. Llegó mucha
gente a la casa. Al principio me sentía fuera de control, nadie me conocía. Ernesto,
María y Mimí andaban por todos lados, pero no cerca de mí, así que me fui a
sentar a la sala, esperando que pronto alguien llegara a salvarme de quedar
arrinconado en mi propia casa. Lo bueno fue que no tardaron mucho. Mimí me
llevó una copa y tomándome del brazo nos fuimos paseando entre la gente, habló
de lo emocionada que se sentía de pensar que al fin estaba viviendo una etapa
exitosa en su vida. En el tono de su voz adiviné que estaba casi llorando.
Pasaba el tiempo y nos deteníamos a conversar con personas, pero ella no dejaba
de sollozar.
Se escuchaba el bullicio de
gente joven y la música lo confirmaba, no cesaba en ningún momento. Al caminar,
Mimí iba describiéndome las cosas que veía. Ernesto mandó poner un circuito
cerrado en los tres salones de la planta baja y él se encargaba de molestar con
una cámara a todo el que estuviera cerca. Cuando nos descubrió, se nos pegó
como una mosca durante más de diez minutos. No sé porqué se le habrá ocurrido,
pero en lo que nos filmaba, le dijo a Mimí que por estar soltando tanto moco,
en poco tiempo estaría convertida en un huevo cocido. ‘¡Un huevo cocido?’,
dijo ofendida. ‘Pobre loco’, pensé.
En eso estábamos, cuando sentí
que un dedo seco me tocaba la espalda; Castillo nos saludó con parquedad.
Primero a Mimí, comentando que hacía mucho que no se veían. Después a mí con
cierta distancia, aunque con más confianza. ‘Que fiesta tan poco convencional’,
comentó. ‘Claro que sí’, dije con una actitud tan relajada que hasta a mí
me sorprendió. Castillo no preguntó por María, pero se quedó con nosotros.
Fue una buena idea pasearse
con una cámara de video, la de Ernesto, y más porque parecía estar en el
momento preciso. Conforme pasaba el tiempo, la desinhibición de los invitados
era completa. Mimí me narraba lo que pasaba en los monitores: ‘Está filmando
a unos que tratan de demostrar quién bebe más rápido que el otro, ¡Un asco!
Ahora, al pasarles la cámara todos hacen gestos ridículos. ¡Huaac! Si vieran lo
grotescos que se ven. Y pensar que me va a dar el video, ¡qué horror!’ Al
tiempo que oía a Mimí contarme todo, escuchaba la risa y a veces las carcajadas
del mismo Leonardo Castillo. Me hacía sentir bien. ‘Oh, noo, noo...’,
exclamó Mimí. ‘Noo. Ernesto está grabando a una pareja en el baño... Pero es
que... ¡Están cogiendo! Y no se han dado cuenta de que él está ahí. No puede
ser’.
Todos estábamos muy divertidos
con la genial idea de Ernesto, hasta que sentí que todos empujaban hacia atrás.
Pregunté qué pasaba y Mimí dijo: Oh, oh. No lo vas a creer, pero uno de los
que estaban compitiendo por el mérito al más borracho, se acaba de vomitar en
la duela.’ No supe que hacer, pensé que tal vez debería enojarme y sacarlo
de la casa, pero me confundí. Entonces Mimí me dijo: Bueno no te preocupes,
ya unas personas están limpiándolo. ¡Déjenlo como nuevo, ok!’ Gritó. En ese
momento escuché la voz de María que venía con Ernesto. Me dio un beso y saludó
a Castillo. ‘Señor Castillo que bueno que pudo venir.’ El pintor no
pareció muy complacido y le contestó evidenciando incomodidad. ‘Así es, no
tenía nada que hacer.’
Una canción que me gustaba
comenzaba a sonar y los interrumpí, no la reconocía muy bien y me tardé en
reconocer la letra, ya que era otra versión de I will survive; no sonaba
mal.
Ernesto le dio la cámara a Castillo
y pidió a María que lo acompañara a bailar. Antes de aceptar, ella me alcanzó
algo en la mano y dijo: ‘Oye, perdona que te lo de enfrente de todos, pero
es que estaba sobre la mesa de la cocina.’ Era mi diario. Sentí un golpe en
el pecho que significaba más bien alivio. Mimí lo vio y preguntó con su
tonadita chillona: ¿Qué es eso? Me lo quitó de las manos y hojeándolo
hizo todo un escándalo de su contenido. Creyó que su mirada etílica le estaba
jugando una broma. ‘No creí que estuviera tan borracha’, dijo.
‘¿Dónde lo conseguiste? ¿De dónde es?’ ‘Es un documento muy antiguo.
Ahorita vengo.’ La dejé con mi diario y me fui a servir una copa a la
cantina. En el camino me interceptó Castillo y me dijo muy molesto: ¿Qué
hago con esta cámara? ‘Fílmalos, chico, fílmalos.’
Al regresar, me di cuenta de
que haberle dejado mi diario a Mimí fue la más terrible torpeza que pude
cometer. Me sentí como un estúpido. ‘¿Dónde está el libro?’ ‘No te
preocupes, lo están viendo unos muchachos que estudian arqueología. Tal vez
ellos te den una pista de su posible origen. Ahorita me lo regresan.’ Pero
pasó el tiempo y el libro no aparecía. Según descubrimos al indagar entre los
invitados y con los muchachos a los que se los había prestado Mimí, mi diario
estaba circulando entre la gente como el artículo más interesante de entre los
objetos de la casa. Todos estaban impresionados y a mí me importaba un pito.
Pero acabó la fiesta y no
apareció. Yo estaba que me llevaba el demonio. Mi actitud recrudecida no pudo
ser discreta. Todos los invitados se fueron y me encerré junto con María, Ernesto,
la dichosa Mimí y hasta con Castillo al estudio. Después de un rato no supe que
pasó con él, había desaparecido sin que ninguno de nosotros nos diéramos
cuenta. Casi me acabé una botella de Martell que estaba a la mitad, cuando
escuché a Mimí decir que ya se iba. ‘Lo siento mucho. Perdóname.’ No le
contesté. No sabes nada, pensé para mí.
Oí que se despedía de María y
cuando se despidió de Ernesto, éste le dijo: No te puedes quejar, Mimí,
ahora que tu hechizo se termine, en vez de convertirte en una calabaza, serás
un pequeño y caliente huevo cosido. Ese comentario me produjo una
intencional convulsión de burla. ‘Nos vemos mañana’, dijo Mimí con tono
triste. ‘Si, en el aeropuerto’, contestó Ernesto. Se cerró la puerta en
silencio. María estaba sentada junto a mí, tomada de mis manos. ‘No te
preocupes, lo vamos a encontrar.’ Aunque, como siempre su voz me
reconfortó, no pude demostrárselo. ‘¡Bah! ’
Ni siquiera me enteré de que me dormí y tuvieron que subirme casi
cargando. Al otro día, María me preguntó si quería desayunar en la cama, pero
dije que no. Preferí bajar. Ernesto y María se fueron temprano a comprar carne
de borrego con mucho caldo. Yo solo me acabé casi todo el caldo y comí poca
carne. Cuando terminé, le pregunté a María si lo del libro había pasado.
‘Sí, querido. Lo siento. Yo lo he estado buscando. No aparece todavía, pero lo
encontraremos, ya verás.’
No puedo explicar la razón por
la cual me afectaba tanto haber perdido el diario. Hasta ese momento,
escribirlo no me parecía tan serio; fue al perderlo cuando me di cuenta de que
sí era un hobby y por eso me era tan importante. Aun así, era mucho más que
eso; fue como si se me cayera un miembro del que dependo para desplazarme. No
sé..., como si en él estuviera marcada la ruta por la cual debo moverme; sin
este libro estaría perdido o algo así. Reconozco que es absurdo.
Pasaron dos días más de
búsqueda y el libro seguía sin aparecer. Decidí resignarme a haberlo perdido
para siempre, cargando con la pesadez de vivir sin tener nada en que apoyarme.
Consideré la posibilidad de reemplazarlo, sin embargo, me negaba a hacerlo, el
desinterés me dominó. Mi carácter sufrió un ligero torzón, como el de un cuerpo
caliente que de repente es expuesto a una temperatura muy baja. Tenía mal
genio, me distraía pensando en cosas estúpidas, comencé a sentirme ciego. Era
un terrible estado que me llevó a la degradación animal. No me bañaba; ninguna
clase de arreglos personales se produjo en mí. Comía y dormía tal cual;
arrebaté la compañía de mi esposa a Ernesto y de hecho no lo volví a ver en
muchos días.
Una
tarde en que me sentía relajado, quise intentar escribir en una libreta. Pero
no pude. Sentado en mi escritorio quise soltar el llanto y para evitarlo busqué
un sobre que sentí al sacar la libreta; había un solo disco. Fue un hallazgo
porque se trataba de los paquetes con artículos leídos que solían enviarme los
periodistas; sólo que un detalle delató su singularidad: en los paquetes
siempre he recibido la cantidad exacta de tres discos, no más, ni menos. En este
sobre sólo había uno; la irregularidad de la circunstancia me alertó. No pude
esperar un minuto más y enseguida saqué mi reproductor.
Escuché hablar la fina voz que ya antes me
hubo leído otras cosas. Comenzó:
“Fue una espera eterna y desesperada. Mis
ojos no hacían más que mirar el reloj indiferente, al que no le importaba lo
que sucedía conmigo y mis emociones. Si era un amor o la muerte, las manecillas
continuaban su curso sin interés sobre lo que me tenía tan desesperado. Cada
segundo se extendía en esa eternidad complicada que saturaba mi mente de
imágenes recientes, que me sumergían en un río oscuro y profundo; tranquilo en
momentos; y de nuevo ese mar abismal donde tú y yo nos contemplamos de frente,
estáticos. Vueltos río nos arrastraba a la infancia, como si te conociera de
siempre. Montabas un caballo, con tu pelo al viento y los ojos extraviados. En
el hemisferio sur; con mi traza psicópata. Con la cara pegada a la ventana,
miraba la nieve con los ojos perdidos en una fría lejanía. Como si los dos
hubiéramos estado viviendo en pasillos paralelos, ignorantes de que caminábamos
casi juntos. Andantes simultáneos que se encontrarían al juntarse los pasillos
delante de una escena pensada para ti; como un acuerdo, un torrente de segundos
que continuarían hasta el final, donde esos pasillos nos reunirían.
“Por fin estaríamos juntos. ¿Pero los
pasadizos se habían juntado para comunicar nuestras vidas? ¡Vaya farsa! Porque
no, los pasadizos continuaron igual que antes, sólo que ahora había un muro
transparente por donde yo podía ver tu figura. Y ni siquiera era siempre así; a
veces volvía a ser oscuro y yo sin saber lo que estaría pasando del otro lado,
qué es lo que harías en esos lapsos anónimos. Tal vez tu rostro se transformaría
en burla, para cruzar su complicidad con alguien más. Así que, entonces, todo
aquello habría sido creado por mí solo, para mí mismo. Un único túnel, el mío.
Túnel insondable donde se arrastra mi vida para no quedarse sin ti. Y de
pronto, en uno de esos trozos transparentes del pasillo, apareces y comprendo
que pertenecés al ancho mundo, a ese mundo ilimitado, sin túneles, al que te
asomaste por curiosidad para presenciar el espectáculo de mi condición,
intrigada por el lenguaje del mundo, mi cuadro, la clave.
“Mientras yo camino a lo largo del pasillo,
tú vives con ellos, en la agitación de lo absurdo que es real. Y yo pienso que
me esperas en un ventanal; inquieta y con prisa. ¿Por qué así? Casi nunca
apareces; te olvidas de este pobre andrajo abandonado, que mira con la cara
replegada al vidrio, cómo a lo lejos sonríes y te diviertes despreocupada e
inaccesible. Entonces me doy cuenta de que mi destino es más solitario de lo
que imaginaba.”
Cuando
terminé de escuchar, me quedé un rato despierto; fue mucho el tiempo que intenté
no pensar y poco a poco me quedé dormido.
Al otro día, después de escuchar el audio
de nuevo de nuevo, no dudé en atribuir el tono del texto a la chocante persona
de Castillo; su reflexión era tan auténtica que no podía ser de nadie más. No
imaginé circunstancia semejante entre Maria y Ernesto. Creí que me brotaría una
carcajada compulsiva, pero nunca surgió.
Ya resuelto por mi parte el aspecto de la
posible autoría, me pregunté a quién habría acudido para saber cómo hacer la
grabación y hacérmela llegar, y con qué propósito. ¿Que alguien en su situación
no es más bien discreto?
En ese momento Maria entró al estudio para
avisarme que se iría a la estancia. Yo hice una expresión sarcástica de asombro
y ella preguntó si algo andaba mal, yo dije que todo estaba tranquilo. Me dio
un súper beso y se fue.
No supe que hacer. ¿Acaso Maria pudo
decirle a Castillo con quién hacerme llegar su mensaje? Pero esto no
significaba que Maria formara parte directa de la ¿conspiración? Hasta este
momento no me había dado cuenta de lo que mi mente maquinaba: excluí a Maria de
cualkier sospecha; sin dos personas, la conspiración era una idea absurda. No
sé cómo es que prefiero dejar de lado mis sospechas habiendo un motivo para
pensar de esa manera. Todos mis bienes se encuentran a nombre de Maria y están
a su disposición siempre. Ella es libre; nunca he percibido que se aproveche de
tal suerte, a lo mejor uno que otro amante insignificante. Pero me había
confesado que al principio pensó en fugarse con él. No sé.
Y Castillo..., ¿qué tiene en mente? Se vale
de tácticas reveladoras pero nada claras. Tuve una respuesta poco tiempo
después.
Maria habló y dijo que regresaría a media
noche, así que esperaba pasar el día sin hacer nada hasta que regresara.
En la tarde habló Castillo, fuera de sí.
Decía haber llamado a la estancia preguntando por Maria y que la mucama le negó
siempre que la señorita Siqueiro estuviera allí. Me quedé callado durante su
desfogue; incluso cuando se callaba no dije nada. Se disculpó por su actitud;
parecía avergonzado en verdad. Luego dijo que era urgente que la encontrara,
que tenía un mensaje importante que darle.
¿De
qué quiere usted hablar con mi esposa?
—Es que se iba a hacer cargo de mi próxima inauguración. —Dijo después de vacilar unos segundos.
—Venga a mi casa, necesito hablar con usted.
No
tenía ninguna gana de que viniera, pero supuse que no habría otra ocasión para
descubrir qué se traía. Quedamos a las seis de la tarde. No hice ningún
preparativo para el encuentro, excepto que me bebí unas cuatro copas de coñac
en lo que él llegaba.
Esta
vez esperé en la sala. Al acercarse la hora, pensaba en su llegada cuando tocó
la puerta. Le abrí y lo invité a sentarse en un sillón. Le serví una copa
comentando al mismo tiempo:
—Así que la mucama le hace pasar un mal rato.
—Sí, es un fastidio... —Castillo
se quedó en un silencio imaginativo, lo dejé continuar. Fue muy expresivo. —Quisiera que el auricular se estrellara en su cabeza hasta matarla, que
lo que se hubiera quebrado fuera su cráneo y no el teléfono.
—¿En verdad desea usted eso? —Castillo reaccionó con desconcierto y muy ágil.
—No. Sólo es una forma de traducir ciertas emociones. No crea que estoy
hablando en serio.
—Ni usted ni yo podemos asegurarlo en este momento, ¿verdad? —Castillo me evitaba, como si lo estuviera viendo, lo tenía bastante
nervioso. Terminé mi copa y me serví; luego le serví a él, sin preguntarle.
—Digamos que le propusiera terminarse esta botella conmigo, ¿tendría
miedo?
—Disculpe, ¿miedo?
—Sí. —Quiso anteponer su
despreocupación pero lo interrumpí.
—A dónde quier...
—Lo que quiero saber es si usted tiene algo que esconder. —Su respuesta no fue lo que esperaba, no fue una evasión.
—Amo a Maria si es lo que quiere saber usted.
—Ah... ya veo. —Y con
una ligera risa, repetí: ya veo. —O sea que Maria le corresponde.
—Sí... creo que ella siente lo mismo por mí.
—Lo... ¿mismo?
—Sí, entre ella y yo ha...
—Permítame un momento. Hay algo más que quiero saber. —Lo interrumpí antes de que me explicara su especulación de lo que existe
entre Maria y las demás cosas. Saqué el reproductor y se lo di. Castillo se
tomó su copa de un trago. Le serví de nuevo.
—¿Conoce estas palabras? —Con los audífonos puestos, Castillo parecía reconocerlas en efecto,
asentía con exclamaciones silenciosas, soltaba sonrisillas. Lo escuchó todo,
hasta pareció esperar a que continuara cuando terminó. Entonces me lo devolvió.
—¿Son sus palabras? —Y con
una risa boba, dijo:
—Sí, son mías. ¿Cómo lo obtuvo?
—Me llegó por correo.
—Excelente voz.
Su
comportamiento era algo imprevisto por mí. Otra vez estaba sucediendo, de nuevo
no supe que hacer. Su presencia me exacerbó desde el principio, pero esta vez
me caía bien.
—Y, ¿qué vamos a hacer? —Me quedé mudo ante su pregunta, mi mente se encontraba en blanco y
adivinando un dejo de debilidad en mí, dijo —Lástima que Maria haya tenido la frialdad suficiente como para engañar a
un ciego.
Me
serví otra copa sin haberlo tomado a pecho y lo enfrenté.
—Así que ya te sientes con esa confianza, ¿no? Pues no la tienes. Lo
siento, pero esto nos concierne sólo a Maria y a mí. Tú estás fuera. —Le serví el resto de la botella de coñac. Él se la tomó de un trago y se
fue.
Estuve
sentado en un sillón, dejando que pasaran las horas. En mi mente no ocurría
nada. Lo que para mí era una alteración en la rutina, de repente transfiguró la
uniformidad de habitar en la negrura. A través de ella comencé a vislumbrar una
trama efímera que me incluía como el personaje disponible para concentrar la
fuerza de un instante en la magnitud de un tentáculo de vida ajeno a su
trayectoria. Yo había cambiado. Al perder mi diario perdí también la
estabilidad de mi cordura.
En
ese lapso, sentado en el sillón, el alcohol me convirtió en el habitante
segmentado de la unidad centrífuga: mi cuerpo, que se volteó al revés en el
drenaje y que se inmiscuía en un destino prefabricado por sí mismo. Ni siquiera
puedo imaginar los sucesos que mi inconsciente trama.
Esa noche Maria no regresó. No me extrañó,
de cualquier forma tenía que hablar con ella, así que fui a la estancia. No le
llamé, sabía que ella estaría ahí.
Viajé durante la madrugada en tren y si no
hubiera sido porque al lado de mí se sentó una joven alegre que me platicó de
su vida con los amigos, el viaje habría sido muy pesado; más por mis propósitos
que por el tiempo y la espera. Silvana era su nombre, lo único real que capturé
de sus palabras.
Llegué casi a las cinco de la mañana a la
campiña. No quise llamar la atención al entrar a tales horas y pensé que sería
mejor hospedarme en algún hotel del pueblo. Dormí hasta las diez en un lugar en
el que al entrar empujando la puerta con las manos, descubrí un letrero en
relieve que decía: El fin se aleja.
En la mañana una camarera me llevaba el
desayuno, pero no lo tomé. Pagué por el cuarto y me fui a la estancia. Antes de
que terminara de pagarle al taxista, la mucama ya estaba abriéndome la puerta
y, llevándose mis maletas, me dio los buenos días sin dirigirse a mí, como era
su costumbre. Al ir llegando a la escalera de entrada, Maria me recibió algo
sorprendida. Le dije que me había sentido un poco solitario y que quise
acompañarla.
—Hiciste bien, amor, no pensaba regresar en unos dos días más. Ya íbamos
a desayunar, ¿quieres?
—Está bien. Voy a lavarme.
Entré
a orinar, me lavé las manos. Mientras caía el agua, recordé que mi diario
conformaba el secreto. Mi secreto; un capricho. El desconsuelo estaba por
doblegarme y escondí el torrente de mis lágrimas en agua abundante.
Y
fulminé mi tormenta.
En la
mesa esperé escuchar la voz de Ernesto, pero Maria me incitó a comer.
—¿Qué no está Ernesto?
—No. Se fue a la ciudad casi cuando llegué. Lo invitaron a una convención
de turismo; tal vez regrese mañana.
Le
dije a Maria que invitara a la mucama a comer en la mesa y cuando lo hizo, ésta
se negó. Nosotros ya conocemos sus reacciones, pero a veces insistimos.
Al
terminar el desayuno, le pedí a Maria una cerveza. La trajo, y en lo que la
destapaba le dije:
—Ni pista de mi diario, ¿verdad?
—No. Tiene que estar por ahí. Yo sé que no se ha perdido. Déjamelo a mí.
—¡Maldición! —Grité,
golpeando la mesa y la cerveza cayó al piso. —Lo siento, Maria, no sé qué me pasa. —Ella me abrazó.
—No te preocupes, lo voy a encontrar.
—Se había convertido en un conducto para mí y ahora... — En ese momento llegó la mucama a limpiar y dijo algo que me traspasó la
espina dorsal como si fuera un alfiler.
—Debería tener más cuidado con lo que hace, señor.
—Vete Hilda, sal de aquí. —Dijo Maria con serenidad exaltada.
—¿Necesita usted un descanso? —Le pregunté.
—No señor, discúlpeme. —Parecía
pensar que éramos unos ridículos.
Maria
y yo nos quedamos desconcertados y después de un lapso, soltamos una carcajada.
Nos
fuimos al mar. Toda la tarde nos quedamos acostados en la arena hasta que se
hizo de noche. Recordamos la fiesta de Mimí, haciendo una expedición imaginaria
de todos los lugares en los que habíamos estado buscando el libro, pero nada.
No hubo ningún resultado. Estábamos callados y de pronto, Maria exclamó:
—¡En el jardín!
—¿En el jardín?
—Sí, no hemos buscado en el jardín.
—¿Es absurdo, no crees?
—Sí, por eso.
—No lo sé.
—¿Qué te parece si regresamos a buscarlo?
—¿Ahora?
—Sí, ahora.
—O.k.
—Pobrecito. —Se
burló agarrándome la cabeza y, luego, fuimos a empacar.
Regresamos
en su auto. No sé por qué el regreso es siempre más rápido. Puede ser que el
viajar sea una extensión en el tiempo a un punto que no sólo existe en otro
lugar, sino que tiene su propio horario; el regreso podría ser entonces, una
contracción que nos conduce a caminar por la línea antigua, retomando el
pasado. A lo mejor ahí se encuentra el verdadero trauma de un accidente.
En eso iba pensando, cuando me di cuenta de
que habíamos llegado a la casa. Percibí la afirmación con respecto a mi idea:
yo pude haber muerto sin evitar que el retorno a mi vida latente en el pasado
se frustrara de tal manera, que mi vida en el presente no tuviera resolución
alguna. Tendría que empezar todo otra vez. Por eso preferí dejarlo como estaba;
tomé en cuenta las consecuencias.
Nos subimos a nuestro cuarto a desempacar.
Maria empezó a acomodar todo en su lugar; nunca podía dejarlo para otro
momento. Yo la estaba siguiendo por todos lados, conducido por su aroma.
Acariciaba su cabello, jugueteaba con sus dedos. Maria no se distraía, pero
poco a poco me fui ganando su atención. Me acerqué por atrás, besándole la
nuca. Mis manos en su estómago comenzaron a bajar; levantaron el vestido
delgado hasta su pecho desnudo. Me gusta escuchar los sonidos que surgen de su
boca: consistentes, libres. Besaba su cuello cuando la oí decir: ‘...el
libro...’ ‘Mañana lo encontraremos.’
Esa noche, nuestro movimiento me llevó a
una superficie de agua; inmensas cantidades de agua, espesa como la miel.
Éramos dos troncos sin extremidades, flexibles, enraizados en las profundidades
de ese mar apacible. Nuestros cuerpos se oprimían; expandían su superficie a
niveles amorfos. Al besarla se reventaban las glándulas de su epidermis,
regándose en mí con amarga dulzura. Sentí la ausencia del afuera, sólo nosotros,
dentro uno del otro, en coordinación inmaculada.
Hasta ese momento no pretendí habitar su
cuerpo. Ella comenzó a llorar y al expresar mi exaltación, silenció mis labios
con un dedo. Acostada sobre mí introdujo mi falo en su sexoo. Tuve la imagen de
una conexión orgánica, con percepciones disímiles, dos seres que transgreden la
uniformidad de la interpretación humana. Nuestra ventana está segura, abierta.
Pero siguen ciegos, sería inútil.
Quedó acostada sobre mí, acariciándome la
cara. Me hablaba al oído, en secreto. Contó algo oculto y yo comprendí
claramente nada. Reí de mi inocente atestiguación. ‘Tengo que hablar
contigo’; no respondió.
Después de una hora le pregunté por la
grabación. Maria me daba la espalda, yo acariciaba su cadera.
—le dijiste con quién grabarla
—yo la mandé hacer
—la grabación
—quería que te enteraras
—me enteré
—no pude decírtelo
—eres increíble
—qué piensas
—no lo sé
supongo
que no escribiste tú el texto
—no claro que no
—escribe muy apasionado
me
desconsoló
—no lo amo
—entonces
—él porta mi lado terrible
tengo
miedo
le
tengo miedo
—qué harás
—tal vez me vaya con él
—eso es serio
a
dónde
—no lo sé
al
fondo
—Maria
Maria
—enloqueceremos
—aléjate
—no
la
locura nos reclama y a ti también
—sí lo sé
Hoy
Maria me despertó. ‘Encontré tu diario’. Me levanté y se lo pedí con
urgencia, pero dijo que tenía restos de vómito, tal vez también sangre y lodo.
Lo tenía que limpiar antes de dármelo. Después del desayuno me fui al estudio y
puse el Passage de Glass y Shankar. Apenas lo empezaba a escuchar
sentado en un sillón, se abrió la puerta y Maria dejó el libro en mi regazo. Se
fue sin darme tiempo a agradecerle
Estaba entero; aunque la superficie se
había maltratado, los forros no se descuadraron, la encuadernación seguía igual
de consistente. Recorrí cada página acordándome de lo que había escrito en su
interior. Imaginé las causas del porqué de repente desapareció: lo más simple,
algún blasfemo, sin importar la impresión que le haya causado, no pudo reprimir
la idea de provocar la degradación a un documento, cualquiera que estuviese en
sus manos y ni lo destruyó, quiso perderlo. Aun así, en todo este tiempo, la
naturaleza lo conservó.
Maria
dijo que se iría unos días. Quería estar lejos.
—¿A la campiña?
—No. Me hospedaré en un hotel, aquí en la ciudad. No quiero que Leonardo
me encuentre. Iré al cine, comeré en la calle, leeré en un café. Quiero
relajarme.
—Magnífica idea.
—¿Qué te parece si nos vemos en la estancia en unos tres días?
—Ahí estaré.
—Te amo.
—Te amo pequeña.
En
cuanto se fue Maria, por instinto me serví una copa del primer licor que
encontré, guardé la botella y dejé la copa en el escritorio. Al prender mi pipa
comencé a recordar todo lo que pasó desde la fiesta de Mimí. Más de veinte días...
Recordé el cambio abrupto que sufrió mi personalidad; se desvaneció de repente;
sin embargo, reminiscencias psicológicas mantienen cierta malicia al pensar en Castillo.
Apenas le tomé al trago. Escribí hoja tras
hoja. La arena del tiempo caía sobre mi cuerpo. Procuré no omitir ningún
detalle. Los días se fueron reconstruyendo con fiel memoria hasta hoy. Es de
madrugada.
Ahora
estoy aquí, pensando en qué pasará con Maria; conmigo. Qué pasará en nuestra
vida. Y Castillo, ¿cómo sé que no debería otorgarle trascendencia alguna y, aun
así, su imagen se filtra con fuerza en mis visiones?
Hoy
más que nunca quisiera que el pensamiento inconsciente que he tenido cada
segundo, desde que conocí a Maria, se convirtiera en realidad: que fuera ciega.
Que fuera ciega y que no le importara nada más que yo. No tuve cuenta de ese
deseo hasta este momento y me hace feliz. Lo único que quiero es que pasen
rápido los días, encontrarme con ella y pedirle que se escape conmigo.
Venderemos de lejos todo lo que tenemos.
Nos iremos de aquí, abandonaremos la casa, a Ernesto, a Castillo, dejaré el
vino y nos iremos de Argentina...
Mañana me voy a la estancia; quiero estar
solo en la campiña. Ahí esperaré a Maria.
Escribo
riéndome de mí mismo. No puedo creer que la mucama sea capaz de (derrumbar mi
pasión como si fuera una torre de cartas) suspender mis impulsos de ansiedad. Y
ni siquiera recuerdo cómo fue que regresé.
Ayer al prepararme para dormir en la casa, Ernesto
llegó, más o menos a las cinco de la mañana. Dijo que regresaba de su
convención y que prefería llegar aquí que a la estancia. Apareció en el momento
adecuado y aprovechándolo, le pedí un favor:
—Me gustaría que te quedaras a cuidar la casa. Mañana me voy a la
estancia; Maria y yo quedamos en encontrarnos ahí en unos días, pero quiero
irme de una vez. Quiero estar solo, ¿puedes...?
—Claro. Yo tengo unas cosas que hacer aquí, por eso vine.
—Bien, Ernesto, gracias.
Dormí
un poco impaciente y hoy en la mañana me fui a la estancia. Llegué al medio día
y me dirigí directo a la casa. Hilda me recibió con su singular amabilidad.
Agarró mi maleta, en la que empaqué casi nada. Al ir hacia la entrada, la mano
tensa de Castillo me tomó del brazo; me sorprendió y casi intento defenderme,
pero lo reconocí de inmediato.
—¡Castillo...!
—Buenos días. —Dijo
más seco que nunca.
—¿Se le ofrece algo?
—He buscado a María. La llamo a todos lados; nadie responde. Le marco
aquí y me la niegan.
—Ella ha estado conmigo, Castillo, ¿qué esperaba?
—Lo contrario.
—Debería olvidarse de ella, Castillo, nos vamos de aquí.
—¿A dónde?
—Lejos; nos vamos de Argentina.
—Ella no me ha dicho nada.
—No sea ingenuo, Maria no le contaría.
—Claro que sí.
—Lo siento, no tiene ninguna oportunidad.
—Dígame qué hacer, por favor.
—¿Yo?
—Sí... Me siento tan confundido... y esa maldita sirvienta, ya no la
soporto. Me gustaría estrangularla.
—Castillo... —Él
estaba transformado, como una máscara.
—¿Sí?
—Usted necesita atención mental, está maltratando a su cerebro. Debería
darse espacio, disperse su angustia; es lo único que tengo que decir.
—No trate de manipularme. Sé muy bien lo que estoy haciendo. Lograré lo
que quiero: arrebatarle a María.
Me
quedé erguido, confrontando su determinación con la mía. ‘Haga lo que
quiera.’
Castillo me retó por Maria. En realidad
nunca pensé que llegaríamos a tal grado. Al entrar a la casa me sentí confundido.
No sabía –y aún no lo sé– si tendría que tomar en serio a Castillo o si sería
más prudente desdeñar su actitud.
Caminando por un pasillo hacia la sala,
resolví que me importaba un bledo la osadía castillana. Maria y yo nos
largaríamos. Pero maldita suerte. No me hube repuesto aún, cuando al llegar a
la sala, sentí el calor y el olor de velas prendidas. La mucama rezaba en un
tono callado. Su acritud, desentendida de mi presencia, era prominente. Tuve un
horrible presentimiento que preferí ocultar de la especulación. Quise abstraer
a Hilda de su concentración ‘Hilda, ¿qué haces?’, pero no hizo caso.
‘¿Sabe qué?, no me interesa lo que esté haciendo.’ Compuse una figura
sombría vuelta hacia mí que rezaba, de esqueléticos brazos extendidos a los
lados y la mirada perdida como la mía. Cuando termine dije, demostrando
que me sentía harto, sírvame de comer. No se tarde. Me fui a encerrar a
un cuarto.
Llegó la tarde y la mucama no me llamó.
Entonces bajé y adiviné que seguiría hincada ante su ídolo. Fui a la cocina, me
serví algo frío, tomé una cerveza y al terminar, le grité: ¡Hilda, siento
interrumpirla, pero necesito hablar con usted! No esperé que fuera a
aparecer, tal vez estaba yo jugando un poco. Hilda entró a la cocina, furiosa;
gritó con voz reprimida, casi llorando.
—Mire señor, entre ese Leonardo y usted, ya me cansaron. La verdad es que
no soporto escucharlo una vez más, ni a usted ni a él. Le estoy rogando al Dios
que pronto... —Con
un ademán le impedí que siguiera hablando; luego dije serio y preocupado:
—Es que no sé qué pasa con usted, Hilda; yo sólo espero que atienda su
cargo como corresponde, nada más.
—Lo siento, pero ya no quiero servirle
—Está bien, entonces nada puedo hacer. Busque un lugar a dónde ir, se
puede quedar mientras tanto. Yo pensé quedarme aquí unos días, no sé si a usted
eso le...
—Algo muy malo va a pasar en esta casa.
—No fue buena idea que viniera, ¿verdad?
—No, señor, no lo fue. Señor. Yo mañana pensaba abandonar esta casa, pero
ya que está usted aquí, mejor le aviso.
—O.k. ¿Sabe qué, doña? Maria y yo nos vamos a fugar; nos vamos de
Argentina. Porqué no se queda con la casa, es suya.
—No, yo me voy.
Derrotado
por su terquedad y en la disuasión tajante de exponer mis recursos, terminé:
—Como quiera. Pero hágame un favor, tal vez mañana venga Maria, ¿la
podría esperar y avisarle que estoy en la casa, que no se preocupe? Gracias, yo
me voy de aquí. —Le
dije, sin esperar que me hiciera el favor. —Buena suerte. Hilda, lo siento.
Fue
lo que pasó en la estancia. Lo extraño es que no recuerdo como regresé; de
repente aparecí aquí, en la casa, con un ligero dolor de cabeza y aliento
alcohólico. Son las diez de la noche; después de todo lo que ocurrió –incluida
mi abducción atemporal–; no tengo la más mínima intención de averiguar qué fue.
Prefiero dormir largas horas y no escribir. Quisiera haber podido recibir a
Maria en la campiña, y sin embargo estoy aquí en mi hábito de función mecánica.
Ni siquiera sé si Ernesto escuchó que estoy de vuelta.
Gracias
a la mecanicidad que mencioné antes y a la insana claridad y valor que me produjo
la pérdida de mi diario, puedo transcribir lo que me enteré que sucedió la
tarde anterior.
En la mañana me habló el jardinero de la
estancia. Estaba en el estudio y sonó el teléfono; levanté el auricular. Dijo
que la mucama Hilda había muerto. ‘Fue asesinada’, dijo. ‘Hasta yo
pude darme cuenta.’
—¿Llamó al forense?
—Sí, dijeron que no podían esperar y se llevaron el cuerpo. Yo no pude
permanecer en la casa, ellos... están investigando.
—¿Por qué piensa usted que la asesinaron?
—Es indudable. La puerta estaba abierta, la ventana de al lado rota; el
auricular roto y con sangre colgaba retorcido, enredado en el cuello de la
mucama. También estatuillas y velas tiradas por todos lados; cera embadurnada
en la pared y en su cara, sobre sus ojos. Llamé a la policía y ellos trajeron
al forense. —Su tono no mostraba
afectación alguna.
—¿A qué hora murió?
—A las cinco de ayer.
—Y lo cuenta usted tan... así?
—Pues... sí..., la vieja era una bruja. No pudo haber muerto de otra
forma. El jefe de la policía dijo que lo llamaría, usted no tendrá que venir si
no quiere, ellos lo contactarán.
—A mí..?
—Sí, a usted. ¿Qué pasa?
—Nada.
—Siento dar malas noticias.
El
jardinero colgó. Así, no más. Pensé un buen rato en la llamada. Mientras lo
escuchaba, la imagen de Castillo estuvo siempre presente. Lo vi rompiendo la
ventana para abrir la puerta, sin ningún cuidado, al fin los ruidos fuertes los
oculta el sonar de las olas. Caminó gritando el nombre de Maria y cuando la
mucama lo quiso detener, Castillo agarró el teléfono y con el auricular... No. Más
bien, él fue hacia el teléfono para llamar aquí y saber de Maria, entonces la
criada, que lo siguió furiosa, le habrá dicho al colgar desilusionado, ‘¿Contento?’
y quiso arrebatárselo. Forcejearon y Castillo, con el auricular colgando de la
parte del cable que él tenía en las manos, lo estrelló en la cabeza de la
mucama como tanto lo había deseado los días anteriores. Cuando vio el cráneo a
través de la piel rota, se desquició y derrumbó el altar sin soltar el
auricular. Con todo su cuerpo tiró las estatuillas y las velas y con una de
ellas prendida en la mano, la mujer inconsciente, regresó y enrolló por la
mitad el cable del teléfono en el cuello con su otra mano y con un pie estiraba
la mitad del cable que lo conectaba, vaciando la cera derretida en la cara
deformada por los gritos de terror y dolor de la mujer. Lo tengo tan claro
en mi mente.
Escurrido en el sillón, no pude dejar de
pensar en la escena, es como si yo hubiera estado ahí, como cuando me concentro
en seguir la sucesión de acciones y reacciones por medio del oído. Me sentí
desconsolado y quise alejarme de la corriente que obsesionaba mi ser. Preferí
esperar, no podía hacer otra cosa; de cualquier manera, yo no podría atestiguar
en contra de Castillo puesto que todo era imaginario.
Casi
al anochecer, hace unas tres horas, llegó el jefe de la policía del área donde
queda la estancia, acompañado por otro agente que corresponde aquí a Buenos
Aires.
No creí que un jefe de policía pudiera ser
tan viejo, a lo mejor más viejo que yo. Los dos se escuchaban muy cansados
después de subir las escaleras. No tardé en abrirles al oír sus toquidos.
Respiraron con dificultad antes de poder saludar. Los invité a pasar al estudio
y esperé de tras de mi escritorio. Tardaron más de un minuto, pensé que
estarían hablando a solas pero al traspasar la puerta, su respiración se oía
más trabajosa aún y se disculparon por su tardanza. Al estar frente a mí, del
otro lado del escritorio, parecían confundidos; no esperaban que fuera ciego,
supongo. Aunque me di cuenta de que lo notaron muy rápido, tardaron en
reponerse de la impresión; en parte por mí, en parte por su manera repulsiva de
respirar y su forma incorrecta de expresarse y pretendieron comenzar su
interrogatorio. Casi no pude comprender lo que querían obtener de mí. Eran
desordenados, sus preguntas inconexas. Fue una experiencia desagradable. De su
presencia, eso fue lo más... concreto que recuerdo. La policía es todo un caso.
El sentido de sus preguntas tuve que definirlo yo.
Después de dar mis datos y la relación que
tenía la mucama conmigo, intenté no inmiscuirme de lleno en su investigación
por el momento y oculté mi sospecha hacia Castillo. Dije que fui al medio día
para esperar a mi esposa Maria. ‘¿María?’ ‘Sí, Maria’de la que
sólo preguntaron algo superficial. Con respecto a Castillo dije que su visita
había sido casual. Luego intentaron aclarar que mi presencia en la estancia no
era necesaria, por mi ceguera tal vez. Así que ellos continuarían por su
cuenta. Después se fueron.
No sé qué decirle a Maria, quisiera que no
se viera involucrada en esto.
No
había visto a Ernesto desde antier cuando le dije que cuidara la casa, sólo
hasta hoy en la tarde. Estaba yo sentado en la escalera de la entrada y lo oí
llegar. Me preguntó qué hacía yo ahí; dije que quería tomar el aire fresco. ‘Voy
adentro.’ ‘Que bueno que ya estás aquí.’ Luego de un rato me metí y traté
de hacer tiempo antes de contarle lo que sucedió. Nos encontramos en la cocina,
él estaba comiendo.
—Ernesto, tengo que contarte algo.
—¿Qué pasa?
—Hilda ha muerto.
—¿Cómo que ha muerto?
—Antier. Ya ves que fui a esperar a Maria, pero Hilda se encontraba muy
rara. Puso un altar en la casa y ni me atendió por estar rezando. Dijo que
quería renunciar, no me dejó más opciones y tuve que acceder. Pero preferí
regresarme, su actitud me resultaba muy incómoda. Al otro día llamó el
jardinero poniéndome al tanto. Parece que alguien la mató. Más tarde vino la
policía y creo que no tienen ningún móvil que perseguir. Y...
—¿Y qué, conoces a alguien?
—¿Recuerdas a Castillo?
—Sí, ¿crees que haya sido él?
—Pues estaba ahí cuando yo llegué. Lo sentí bastante abrumado.
—¿Le dijiste a la policía?
—No. Quiero esperar a ver qué pasa.
—Pero tienes que contárselo, no puedes guardar una sospecha.
—Lo que quiero es que regrese Maria para irnos lejos de aquí. Quiero
escapar con ella de esta intranquilidad que nos rodea.
—Oye, perdona, pero es que no pueden irse así nada más y menos en estas
circunstancias.
—No hay de qué preocuparse; no creo que me tomen como un presunto
implicado, soy tan intangible para ellos como la calidad informe de una llama
lo es para mí. Además, yo ya había considerado la posibilidad, recién; no
quiero dar marcha atrás. —Ernesto
produjo un mugido algo disfrazado.
—Lo siento, pero no puedo dejar que te la lleves.
—¿Qué?
—No me digas que no te habías dado cuenta. Entre Maria y yo siempre hubo
una relación muy fuerte que no se limitaba a nuestro parentesco.
—No sé de qué hablas.
—Sí, sí lo sabes. No te hagas el ingenuo, tú no eres así. Si has sido
capaz de mantenerte al ras de la situación, ha sido porque sabías que era mejor
así.
—Eso ya no importa, mi decisión está tomada y ni tú, ni nadie podrá
imponerse. —Y me fui. Salí de la
cocina pensando en la desgracia de haber tenido que imponerme ante Ernesto con
tal determinación. Hubiera preferido mantenerlo todavía como alguien cercano en
quién confiar. Me sentí mal, de verdad.
En la
noche sin poder conseguir alivio alguno, me serví unas copas de vino; y aun así
sabía que todo lo que estaba pasando apenas era el comienzo. No pude deshacerme
de la aprensión, me encontraba alerta a lo que estuviera por pasar, y entonces,
llamó Castillo. ‘Lo estaba esperando’, le dije.
—Ah, ¿sí?
—No se haga el cínico, no tiene que ocultarme nada. Pero, no se preocupe,
prefiero irme de aquí con Maria, sin decir ninguna palabra acerca de usted, Castillo,
quédese tranquilo.
—No sé de qué me habla, yo sólo hablo para buscar a Maria. ¿Está ella
ahí?
—No, no está y mejor déjenos en paz.
—No, no, con usted. No sea iluso. Eso nunca pasará. Ustedes dos se quedan
aquí, no irán a ningún lado. Yo me encargo de eso. —Y colgó.
No me quedó duda alguna: Castillo, y nadie
más, pudo ser el auténtico autor del asesinato. Sin embargo, esto no me atemorizó
en absoluto. Sé lo que quiero hacer de mi vida con Maharía y lo único que tengo
que hacer, como lo he hecho en estos días, es esperar con paciencia, su regreso
y nuestra fuga están por encima de lo venidero.
No estoy muy seguro de que en estas circunstancias
pueda establecer el sentido real que tuvo el haber comenzado a escribir este
diario, resultado del deseo ferviente de mi consciencia por aclarar las
desavenencias en las relaciones de la convivencia humana. Yo sé que no es el
tiempo todavía, pero me doy cuenta de que, por consecuencia, nunca habrá un
momento exacto. Cualquier circunstancia depende de una fluctuación impredecible
en la que no tenemos acceso, ni empleando recursos fictivos que pretendan
regular los abscesos mentales. Ahora me encuentro en la situación más insegura
que he vivido, podría decir, en toda mi vida. No quisiera que ésta fuera la
razón predominante en el transcurso de mi existencia, y si así lo fuera, sé que
cuento con la fuerza especial que he desarrollado desde el momento en que
descubrí que mi ceguera no debería ser una desventaja para vivir, como lo
suponen todos los seres humanos que tienen acceso al mundo visual. Lo único
real que perciben mis sentidos es la frecuencia imperturbable que mantiene
constantes los flujos de la vida.
Esto es algo que, de cierta forma, me
protege del miedo natural que debería sentir ahora mismo. No estoy seguro de
qué sea lo más adecuado, pero no tengo otra salida.
¡Oh,
antiguos demonios de la séptima cagada embarrada en el drenaje, excomulguen mi
alma de su absurda concepción en las profundidades de mi oscuridad! ¡Lárguense
de mis suposiciones y llévense al destino inservible dentro de sus panzas
abultadas con gases intestinales! ¡Váyanse lejos de mis pensamientos y dejen
débil mi mente, no los quiero a ustedes como un recurso!
...ayer quise relajarme escuchando algún
relato y lo que puse, resultó ser la historia de un demonio que se encargaba de
corromper la vitalidad de un niño. Alteraba su cuerpo y torturaba su psique,
pero la manipulación física era el recurso preferido del demonio. El niño,
convertido en hombre, terminó muerto en su cama una dulce mañana. Tenía el
cuerpo abotargado; los músculos se convirtieron en un nudo que le comprimía los
huesos y la piel era ya una bolsa fisiológica que se reventaba cada vez que el
nudo muscular provocaba una inflamación entre los filamentos.
Quedé inerme ante la narración, ni tuve la
intención de ir hacia mi cuarto. Dormí en el estudio, tirado en el suelo. Pero
hoy, no me explico la razón de todo esto... no hay razón. Tal vez lo que me
vigile no sea un ridículo ángel guardián, sino un demonio que me empuja la
cabeza con su garra hacia los albores de la locura.
La fuerza de esta mecanicidad inexorable
que me persuade a escribir y que guía mi vida, se vale de mi cooperación sin
encontrar resistencia, registra los antecedentes perpetuos en la bitácora de mi
insolencia filosófica. Tal vez nunca debí comenzar a escribirla.
Estoy
muy confundido. No sé qué pensar.
Ayer en la mañana Ernesto y yo nos vimos.
Parecía estar enojado, dijo no haber escuchado que yo estuviera ahí. No dije
nada. Salí a la puerta y me quedé a esperar cómo se siente pasar del frío al
calor. Me fue difícil poder pensar; le pedí una cerveza al Ernesto y él ya
estaba ahí con la botella destapada. No entiendo qué está pasando. Casi
no hablamos, por lo que cuando dijo algo, sonó muy claro. El sol se sentía
seco. `Ustedes no se van de aquí.’ `Lo siento, Ernesto, pero sí lo haremos.´
Ernesto no representa un problema; lo dejé hablar. No supe si debería irme
sin hacerle caso y preferí quedarme quieto. No dijo mucho, sólo que no fuera
cruel, que comprendiera lo que él sentía. No creí que fuera una crueldad lo que
yo decidí, hay razones por las que debe ser así: Maria, mi mujer, está en
peligro; o sólo tal vez; y yo quiero vivir con ella. Pero sería inútil tratar
de hacerlo entender, así que no cooperé de forma alguna. Es como una
determinación que debamos irnos, cada vez más apremiante; tenemos que irnos. No
puedo dejar que esto nos detenga. Ernesto se fue a vagar al ver que no
discutía. Se tardó en regresar, no escuché cuando llegó.
Yo me volvía loco en un baño; tropezaba con
todo. Trataba de despabilar mi cuerpo, pasaba mis manos por los huesos, sacudía
mi carne. Al salir escuché quejidos en la cocina. Por alguna razón pensé que
alguien ajeno se había metido a la casa. Por primera vez, mi ceguera me causaba
pánico. Pero hay un lapso perdido; no recuerdo haber entrado a la cocina. De
repente me descubrí tocando el pelo de Ernesto, chino y pegado al cráneo. `Ernesto.´
No me sentí muy seguro. Él no contestó, pero escuché como si estuviera tragando
un bocado; movía un cubierto. Sentí una tranquilidad como ninguna otra. Por lógica,
no podría responderme, así que me senté a esperarlo, quería decirle que se
quedaría con la casa, la única propiedad que considero mía. Pero él no
terminaba de deglutir y además se oía como si le costara trabajo y lo
lastimara. `¿Ernesto?´ Me acerqué para que me dijera lo que pasaba y me
di cuenta de que Ernesto no estaba comiendo, escuché como si estuviera tratando
de expulsar algo y cuando quise ayudarlo, pasé mi mano por su garganta y, ahí,
una gruesa aguja de tejer había sido atravesada de la nuca hasta haber botado
la manzana... Estoy desconsolado, nunca imaginé algo así. Estuve junto a él escuchando
que moría. Después de sentir que sus brazos no se agitaban ya y que su aliento
desaparecía, salí como en trance y comencé a imaginar, pero más que imaginación
era como un recuerdo. Castillo asesinando a Ernesto. Sólo le atravesaba la
aguja, ponía unas cucharas en sus manos y se iba. ‘...unas cucharas’.
Es tan real, tal vez algo parecido a ver,
como si lo hubiera presenciado. Y esto es algo que no se me había ocurrido: que
yo hubiera estado ahí. Pero si fue así, hasta podría suponer que lo —...— habría hecho yo mismo y
eso es falso.
Esta posibilidad puede inculparme.
Explicaría la razón por la cual recreo las escenas con fidelidad. Pero qué
estoy pensando ‘¡Já!’, no puede ser, estoy comenzando a maquinar de
nuevo. Lo que debo hacer es olvidarme de esto por ahora.
Había
esperado a hoy para reportar el asesinato de Ernesto a la policía. No tardaron
en llegar los dos viejos que se encargan del caso. Su sola presencia me
molestó, así que después de mi número de inocencia en el que establecía que
sólo hasta hoy lo había descubierto (ya tenía 16 horas de muerto, según decía
su reporte), recibir una advertencia de alerta por las dos muertes, dije que no
se me ocurría ningún móvil, que revisaran la casa con tranquilidad y que me
notificaran en cuanto regresara porque tenía que salir.
Al cerrar la puerta me dispuse a caminar.
No llegué lejos, encontré una banca y me senté. Quería sentirme fuera de todo,
como cualquier otro paseando por la calle. Y lo logré. Media hora después de
imaginar que todo esto era una broma, pude persuadirme de que era falso. Hasta
pensé que si alguien me lo contara pensaría que se trata de tonterías. Así
divagué pensando en lo absurdo de la realidad y me hizo reír. Reí para mí mismo
como si recordara; pretendía que mi vida era diferente. Luego me tranquilicé,
quería saber qué significación tendría esto con respecto a todo lo que sucede a
diario en el mundo: ir de compras, jugar, investigar. Una modificación
específica, como un descubrimiento, produce una frecuencia de pequeñas
modificaciones simultáneas de cambio. Y una serie de asesinatos, ¿qué podría
modificar? Comencé por imaginar el crecimiento de archivos inútiles, que tal
vez no lo son. Seguí con el policía que se encargaría de detener al malo, los
procesos jurídicos, la vida traumatizada de los familiares de las víctimas.
Todo junto. ¿Qué definición se podría encontrar? No habría una última
modificación porque hay cien asesinatos de este tipo producidos al mismo tiempo
y que se ligan a pulsaciones de modificaciones en el conocimiento y los juegos
infantiles. Es una locura inquietante concebir lo que el ser humano hace al
interactuar con sus sueños; las oleadas psíquicas y psicópatas de todo lo que
descubre; con el clima; las coordenadas de los proyectiles; el tipo de
proyectil, la victoria de una nación, las olimpiadas; la carrera espacial y su
publicidad de potencia sexual. Nuestra evolución conectada a la expansión, a
los traumas en la historia, a la síntesis de un génesis cerebral.
Ahora entiendo que la locura es un
resentimiento orgánico; y entiendo, también, que la mayoría de la gente sea
insensible; podría decir que eso es algo que desprecio. Si los seres humanos
tuvieran el fino toque de la sensibilidad, de seguro no seriamos humanos. Hasta
ahora la sensibilidad ha producido las artes, pero otras actividades humanas
también requieren de ella. Si es que se pretende seguir el ritmo que alcanza el
conocimiento, la sensibilidad del hombre debe ser más grande.
Eso ocupaba mi mente al estar sentado en el
parque. Estaba abstraído de algo que sucedía en este mundo mismo. Pensé que la
sensibilidad reducía el miedo y me gustó.
Había unas cinco personas corriendo, aparte
de ellas, el ruido lo hacían los pájaros. Entonces regresé. Todo se me olvidó.
Estuve solo en la casa, matando el tiempo.
Por alguna razón nadie llamó. Me hospedé en la oscuridad unas diez horas más y
ahora estoy por dormir.
(?)
Acabo
de tener un sueño, de Marharia. En él escuché que yo abría la puerta y percibía
su olor. Impregnante. Ella caminaba frente a mí, me evitaba, se volteaba.
Irradiaba calor porque –no sé muy bien la razón por la que lo hacía, pero–
levantaba los brazos. Creo que hacíamos el amor. El perfume de su cuerpo lo
recuerdo fresco.
No sé distinguirlo muy bien, pero me parece
haber visto una coloración, estática, me equilibraba. En estos momentos ya nada
me impresiona. Maharia desapareció y yo caminaba por algún lugar; pasaban
coches y alguien venía conmigo. Entonces desperté.
|Ahora
me siento con sueño otra vez.
Me
desperté hace mucho tiempo y lo único que he hecho ha sido vagar por el cuarto.
Perdí la noción del tiempo, en realidad no sé si llevo mucho encerrado. Todo
por aquí es muy tranquilo, no me puedo guiar por sonidos. El ambiente es
fresco. Marharia no ha llegado. He estado escribiendo ideas sueltas. La gente caminaba a lo lejos. No había ruido.
Los árboles se agitaban reflejados por el sol, pero no se oía el viento.
Es raro que Maharia no haya llegado. No
tengo hambre, a lo mejor no es mucho el tiempo que he estado aquí...
Llamó
por teléfono una mujer llamada Clamxxix. Me hizo pensar que tal vez debería
buscar a Maria. No sé qué hora es.
Maria
está muerta. No puede ser que Maria esté muerta, Qué voy a hacer sin ella.
Puede ser parte del sueño. Ahora sí ignoro el tiempo que llevo aquí dentro. Es
mejor que vaya a dar una vuelta. Aunque..., no sé... Maria. No quiero salir,
tal vez deba esperar.
No es casual que hayan muerto tres
personas, ¡pfut!, así, de golpe. Podría ser yo un próximo objetivo. Castillo es
el único que no ha muerto, él... Sería divertido que mi imaginación se volviera
realidad, pero preferiría que fuera en otra circunstancia.
El
sueño... me acuerdo como si lo hubiera acabado de soñar. Tan vívido. También lo
de la mucama y lo de Ernst. Pobre primo. Maria. No puedo confirmar nada, pero
no puede ser falso. Maria no está. Y tal vez Castillo tenga un plan. No supongo
cual sea; hay miles.
A lo mejor estoy por morir. Debería llorar.
Maria, mi sueño... ¿Y si yo...? No puede ser, ¿y si lo hice de verdad? Sólo
hasta que venga Castillo podré sacar una conclusión. Estoy en riesgo.
Castillo
no ha venido, ni la policía. Tal vez llevo poco tiempo encerrado. Quiero un
trago.
Mmh, no recuerdo imaginar a Castillo
muriendo; no puedo concebir que yo lo haya hecho. No a Maria, ¡a nadie! Pero,
aunque no me guste, todo lo que recuerdo ha sido muy real.
Nunca me había sentido así, tan
desorientado. No puedo evaluar la forma en que estoy haciendo las cosas. ¿Y si
siguiera soñando? ¿Hasta qué grado pudieran ser todos falsos?
¿Quién
rayos será Clamxxix!
No es
posible que ni al final deje de perseguir un sentido, que María sea ausencia y
mi diario un accidente. En mi caso, la certeza depende de mi suerte.
(Sin
el Diario)
He vivido en este cuarto desde hace mucho. No
considero que tenga una existencia del diario; los médicos prefirieron quitarme
el hábito. Me da náuseas estar aquí, la oscuridad es más densa. Estos
psicólogos son una amenaza para la razón, piensan que absteniéndome de
escribir, también dejaré de pensar.
Clamxxix resultó ser mi enfermera, es un
alivio tenerla conmigo, lo malo es que no puedo decirlo. Ella es el único
resabio que me queda de la dulzura de una mujer. Innumerables veces me he
quedado con la angustia de no poderle preguntar qué pasó, si las cosas que
recuerdo pasaron de verdad; pero ella nunca habla del asunto. Se la pasa
cantando y evita hasta sus propios sobresaltos. Cómo deseo decirle que uno de
esos sobresaltos suyos podría liberarme de esta tortura; pero no hay mejor
consuelo que el de pensar que mi muerte llegará en esta camilla y no
descuartizado en un car crash o por un verdugo insaciado de dolor.
Insensatez,
esa es la palabra. La insensatez que alguien como Castillo es capaz de reunir
para cumplir con propósitos frustrados por el sentido común. Mi caso es el
mismo de muchos que se configuran en las sintonías erráticas de la
excentricidad arbitraria.
Las paradojas de la razón se filtran como
una alucinación que se expande al abandonar el cuerpo: las frases pierden
sentido, son sólo palabras; y tal vez, ni eso.
María y los demás existieron y no
existieron y me esperan muertos en la vida que ya no tengo y que se me olvida
gradualmente.
Es posible que sigan vivos o que hayan
vestido mi imaginación. Pero estoy muerto, lo sé. Puedo sentirlo. No tengo
cuerpo, soy omnisciente en electromagnetismo saborizado de texturas. Cuándo se
acaba. Tengo vértigo. ¡Duele! ¿Por qué sigo pensando? ¿Seré una colectividad de
mí mismo? Ya nada importa.
Jaaáh?
Esos colores... María no vienes conmigo. No te gustaría. Esta gelatina que me
envuelve está muy caliente... Me gustaría que estuvieras cantando como en el
cuarto del hospital. Y tu sonrisa cuando me despedía de ti el día que dejé mi
departamento. Siento haber empujado a Mora disimulando la danza de tu cuerpo.
...
No sé
qué pasa, ¡ofh, me sofoca!
—........—
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