Emmanuel Ciaro
Félix era un niño de diez años que se la pasaba metido en internet; iba bien en la escuela y su mamá estaba muy orgullosa de él. El problema era que no hacía otra cosa que estar en su teléfono todo el tiempo. Le gustaban los videojuegos, chatear, ver series y cortar y pegar información para resolver su tarea. No leía, ni jugaba en los columpios y a sus amigos sólo los frecuentaba por redes. Escuchaba cualquier tipo de música sólo para no quedarse en silencio. Cualquier otra actividad que no tuviera que ver con su computadora o su celular le molestaba. Por supuesto, cuando su mamá, una mujer joven que se llamaba Marcela, identificó esta conducta en su hijo, comenzó a preocuparse porque no sabía qué hacer. En el cumpleaños de Marcela, Félix le envió una tarjeta por otra red social, pero no recibió el beso especial que esperaba sino hasta que ella misma se lo pidió. Marcela era muy tranquila y por eso no se sintió mal, pero sí pensó que debía investigar sobre alguna orientación para saber si esto podría ser un problema.
Un día, Marcela llevó a Félix al sicólogo para que le dijera qué tan grave era el comportamiento de su hijo. Félix salió con una paleta del consultorio y ella se quedó algo confundida, pues el doctor le había dicho: "Lo único que usted debe hacer es dejar que su teléfono se haga cargo de él, señora, el niño es normal y muy inteligente. Buenas tardes.” Félix escuchó esta contestación y le dijo: “Obvio mamá, la que necesita un psicólogo eres tú, no yo” y se quedó muy feliz con su paleta.
Marcela estuvo muy cerca de optar por
terapias para ella, pero por la tarde de ese día –que la hizo sentir la más
anticuada de todas las mamás-, pensó en hacer algo distinto con su hijo.
Al llegar a su casa, lo primero que Félix hizo fue abrir su teléfono y ahí se encontró con un amigo que lo invitó a la casa con alberca de uno de sus tíos. Cuando Félix fue a buscar a su mamá para avisarle –no para pedirle permiso− que el fin de semana lo pasaría con su amigo, Marcela también estaba hablando por teléfono y le hizo señas de que no la interrumpiera. Al terminar, le dijo a Félix: “Hijo, como tu papá va a andar hasta la otra semana de viaje, qué te parece si vamos a Hidalgo a visitar a tu primo Daniel”. Daniel era sólo 2 años menor, pero Félix se sentía más grande, por lo que hizo un berrinche grande cuando su mamá le explicó que todavía no estaba en edad de andar solo en las casas con alberca de otras personas.
El viernes por la tarde, después de la
escuela, salieron rumbo al estado de Hidalgo donde vivían su tía Amalia y su
primo Daniel. Félix iba enojado por no ir a la alberca con su amigo, y cuando
vio el lugar donde estaban llegando, se puso todavía más molesto, porque sólo
había pasto y vacas. Las calles sin pavimentar del pueblo estaban húmedas por
una lluvia ligera que caía nublando levemente el sol y dibujando un arcoíris en
un punto cercano. La gente caminaba en ese lugar sin que le importara mucho
mojarse.
Su tía Amalia los recibió con mucha
calidez y al abrazarlo, Félix sólo escuchó que ella hablaba: “Qué grandote,
cómo has crecido, blablablah blablah...”. Félix sólo quería saber en dónde
tenían la computadora porque tenía unos asuntos que arreglar, pero después de
media hora de andarle preguntando, su tía le dijo distraída “la chiva ésa se
puso mal y la tuvimos que rematar”. Félix preguntó que cuál chiva y su mamá le
aclaró “La computadora, hijo, se descompuso”. Félix apenas podía percibir la
equivalencia entre una chiva y una
computadora, pero no se detuvo a pensar cómo sería.
Como después de esto ya no le hicieron
caso, Félix pensó en ir a buscar a Daniel, para que por lo menos lo dejara usar
su antigua consola de videojuegos, pero al ir subiendo las escaleras hacia las
recámaras, su tía lo detuvo con un grito que lo dejó paralizado. En la escuela
un niño había contagiado a Daniel de varicela y por esa razón Félix no podía ir
solo a verlo. Por eso en la noche lo mandaron a dormir temprano, pero no pudo porque
no soportaba a los grillos del campo. En algún momento, cuando por fin se
callaron y él pudo dejar de sentirse mal por no ir a la alberca, se durmió.
Al otro día fue sábado. Se levantó hasta las 11 de la mañana y su mamá no lo molestó con que debía acompañarla a ningún lado. Tuvo la ligera intención de encender la computadora de su primo, pero se acordó de que la “chiva” no servía, así que buscó su celular, pero lo encontró descargado y el cargador se le había olvidado en su casa. Completamente desanimado, caminó hacia la ventana de su cuarto y lo recibió una mañana fresca, con un paisaje muy distinto al del día anterior que había sido lluvioso y frío. Después de la sombra de la casa, el pasto y los árboles se veían muy verdes y parecía que lo saludaban con su follaje mecido por el viento. A Félix le gustó la imagen de ese lugar; el color del cielo nunca lo había visto como en esa mañana, que aparte de ser muy claro, no tenía edificios que taparan la vista hacia el horizonte. Al voltear al interior del cuarto, se sintió alegre y estimulado para saber qué es lo que haría en ese lugar. Bajó y encontró la casa vacía. En la cocina su mamá le había dejado una nota en la que le decía que desayunara cereal y que no saliera de la casa. “Tu tía y yo vamos al mercado. No nos tardamos”, terminaba la nota. Félix vio la leche y el cereal y no les hizo el menor caso. Entonces se le ocurrió una idea que respondía tal vez a su instinto inquieto.
Cuando llegaron Marcela y Amelia del
mercado, escucharon un silencio peligroso, porque significaba que sus hijos
debían de estar haciendo algo así como una travesura. Buscaron en toda la casa
dos veces y no los encontraron, entonces Amelia dijo: “No hemos buscado bien,
Marcela. Le dije a Daniel que por ningún motivo debía salir de su cuarto, así
que ahí deben de estar”. Entonces subieron al pajar, que estaba arriba del
cuarto de Daniel, y ahí los encontraron, riendo y platicando muy tranquilos.
Marcela y Amelia entraron alegres con los niños por haberlos encontrado y les
dijeron que los iban a castigar con un paseo por la plaza en la tarde, cuando
llegara Alberto, el papá de Daniel. Amelia dijo que irían en la camioneta a la
feria. En cuanto estuvieron abajo, les dieron de desayunar a los dos niños y
ellas también se sirvieron algo porque les había dado hambre al salir temprano.
Mientras servían, Amelia le dijo a la mamá de Félix:
–Marce,
estoy preocupada, por Félix; es que ya viste cómo está Danielito– Marcela ya lo
había pensado, pero no quiso decir nada. –¿Ya vacunaste a Félix? –preguntó
Amelia.
–No–
respondió Marcela, y las dos miraron hacia ellos cuando estaban jugando
espaditas con los cubiertos.
En
la tarde, con tío Beto y todo se fueron a la feria. Ahí había juegos, dulces y
mucha gente. Félix estaba un poco inquieto porque le molestaba el bullicio,
pero andar lejos de su casa con su mamá sí le gustaba. El tío Beto le compró
todo lo que le pidió, hasta una pistola de plástico que en realidad no quería,
pero como su tío insistió tanto, escogió la que parecía más real. La cargó con
las bolitas de goma y anduvo apuntando sin disparar. Así anduvo un rato. Se
sentaron a comer en uno de esos lugares con manteles de plástico y Félix apenas
comió; cuando su mamá vio que se alejaba un poco, le dijo –No te alejes mucho,
¿eh? Desde aquí te estoy viendo–. Félix asintió vagamente y volteó a ver a su primo
Daniel, que le sonrió de lejos rascándose una ronchita y haciendo señas de que
se fuera sin él.
Félix anduvo vagando por unos puestos
cercanos en donde se vendían insectos de goma y títeres de madera, apuntaba con
su pistola hacia objetos y personas y de repente, distraído, le apuntó a un
niño, quién con el dedo le tapó el cañón de su pistola de juguete, Félix cambió
la dirección, ligeramente desconcertado y disparó al primer blanco que identificó
para salir de la situación, entonces se quedó inmóvil cuando vio que su blanco
se volteaba hacia él sobándose la cabeza. Era una niña que estaba vestida como
en la ciudad. La niña tendría unos 10 años también. Ella lo vio todo confundido
y le sonrió. Félix sintió un ligero mareo, pero cuando la niña le habló, salió
de ese estado y pudo reaccionar muy bien.
–¿Tú
me disparaste? –le preguntó ella. Félix apenas pudo mover la cabeza con
afirmación. –¿Me la prestas? –Él se la dio sin decir palabra. La niña la
agarró, le apuntó y le disparó una balita en la frente, luego le sopló al
estilo vaquero. Félix seguía sin articular palabra, pero pensaba: “Lo estás
haciendo muy bien, sigue así, como un vaquero.” Félix empezó a sentirse un poco
mal.
–Me
llamo Félix. Ya me tengo que ir –La niña hizo como que le daba el juguete 3
veces y Félix le sonreía, entonces la mamá de la niña le llamó, fue así como
supo que se llamaba Valeria. Después de que le regresara el juguete, Félix se
quedó unos minutos viendo cómo Valeria se iba en cámara lenta, vestida de falda
y peinada con cola de caballo.
Cuando regresó con su mamá ya había
oscurecido, los juegos de la feria estaban menos concurridos y el campo a la
distancia se veía más oscuro, entonces la familia decidió regresar a la casa.
Todavía alcanzó a comerse un algodón de azúcar y después caminaron hacia la
camioneta. Félix se empezaba a sentir un poco raro. La oscuridad y el frío lo
intrigaban; pero aún así, le dijo a su tío que lo dejara manejar, y como su
primo ya se había dormido y su tía y su mamá iban platicando, el tío Beto lo
sentó en sus piernas y lo dejó manejar mientras aceleraba despacio por un
camino recto. Pero Félix pronto cayó dormido y lo acostó en el asiento del
copiloto.
Entraron a la casa cargando a los
niños, y al prender la luz, Alberto vio a Félix sudar como había sudado Daniel
la noche anterior. Amelia se acercó a mirarlo y volteó de inmediato a ver a
Marcela que se asustó un poco al ver a su hijo con fiebre.
–Ay,
Marcela, creo que Félixcito ya se enfermó –Marcela se sentó junto a él cuando
Alberto lo acostó en la cama del cuarto que le habían dado para los dos. Amelia
estaba con ella.
–Se
me olvidó vacunarlo; el mes pasado hubo una campaña en el centro de salud, pero
no lo llevé–, dijo Marcela mientras se sobaba la frente.
–No
te preocupes, no es tan grave. Es mejor que le dé ahora que está chiquito –Amelia
intentó consolarla; después se fue y los dejó para que se acomodaran para
dormir.
En la mañana, Marcela le pidió a Amelia
que los dejara quedarse toda la semana mientras Félix se recuperaba. Había
pensado en dejarlo e irse a su trabajo, pero después de hablar por teléfono con
Ernesto, su esposo, decidió que era mejor quedarse con él para cuidarlo y ya
repondría el tiempo de su trabajo al regresar a la ciudad.
Félix se pasó todo el domingo en un
sillón de la sala, viendo tele y comiendo frutas; la fiebre le aumentaba y
disminuía mientras miraba que milagrosamente su primo se ponía mejor. Daniel lo
acompañó toda la tarde, le llevaba de comer y le prestaba sus juguetes. Félix
se reía mucho porque su primo tenía ronchitas, pero de repente, Daniel se puso
muy serio y se dio media vuelta y se fue. Félix se sintió un poco mal por
haberle hecho pensar que se había burlado de él, pero después de unos minutos,
Daniel regresó con un espejo y se carcajeó al ver la cara que Félix puso cuando
vio su cara llena de puntitos rojos que parecían mucho más marcados que los de
su primo. Entonces los dos se rieron y comenzaron a burlarse uno del otro.
Esa noche la fiebre se le subió mucho a
Félix y lo tuvieron que bañar. Amelia le dio de la medicina de Daniel, pero no
dio mucho resultado. El lunes, Félix se sintió un poco mejor. Su mamá y su tía
estaban dormidas todavía por la madrugada tan activa que habían tenido por
cuidarlos, porque incluso Daniel también había recaído, así que Félix sacó una
silla reclinable afuera de la casa, en donde se veía el cielo y el campo, que
comenzaba a gustarle. Se acomodó entre unas sábanas y toallas y se sentó a leer
un cómic que se había encontrado en el cuarto de Daniel. Estaba, así, muy
tranquilo, leyendo y pensando a veces en sus amigos y en que ojalá hubiera un
internet para ir en cuanto se sintiera recuperado; luego recordó a Valeria, que
se le había quedado grabada en la mente sin saber por qué. En eso estaba
pensando, cuando empezó a sentir un sopor enorme, que lo hizo sentirse pesado,
pesado, hasta que comenzó a imaginar que el atardecer lo absorbía.
Primero se vio caminando en medio del
campo, rodeado por los árboles y el cielo, pero en un silencio profundo que era
interrumpido por el aleteo de una libélula o por una ligera corriente de viento.
Los colores eran muy vívidos y le daban a todo el lugar una apariencia
artificial, como de escenografía o de animación digital. Siguió caminando a
campo abierto y una parvada de pájaros pasó arriba de su cabeza; también
escuchó la corriente de un río lejano. En eso iba cuando pasó junto a él un
señor extraño que llevaba un instrumento como una guitarra y vestido como
electricista. El señor pareció no verlo y se siguió de largo, pero Félix lo
llamó:
−Señor,
señor. ¡Buenos días!
−¡Aaah,
buen diiiía! -contestó el señor haciendo gestos con la cara y los ojos.
−¿Dónde
es aquí? Estaba leyendo una revista y de repente me encontré caminando en este
lugar, pero no sé cómo llegué.
−Tu
eres el niño con variceela, ¿eeeeh?
-Sí,
vine a visitar a mi primo y me contagié -Félix iba a seguir explicando, pero el
señor lo interrumpió.
-Ah,
noo, noo, tu has venido aquí porque era necesario
-Mmh,
no..., yo quería ir a la casa de mi amigo, tiene alberca y todos los nuevos
juegos del exbox
-Síii,
pero nooo, tu estás aquí para aprender nuevas cosas, ya verás
-Sí,
pero le dije que mi primo me contagió...
-Aah,
qué respondón eereeesss -el señor le guiñó un ojo y Félix sonrió
-¿Que
instrumento es ese, señor?
-Aaah,
eestoo, es un banyoo
-¿Y
qué es un banyo?
-Es
para tocar música en momeentoos como eeestee, fíjate -el señor se puso a tocar
una música extraña y muy melodiosa- en...
los matorrales... el viento se sentó... estaba muy cansado de viajar... Desde...
el atlántico... al pacífico vino a dar...Noticias desastrosas trae de
ultramar...Eel clima de su enojo va a empeorar... Los hombres de la
ci-vili-za-ción... a nosotros nos quieren olvidar... El viento reunió a todos
en este lugar... Al fuego a las nubes y los animales... les... dijo que... tenián que despertar... porque el
tonto de los tontos... con todo quiere acabar... ... ... ... .. ... ... ... ..
-¿Quién
es el tonto de los tontos? -preguntó Félix.
-El
más tooonto de tooodooos -respondió el señor con un ligero ensombrecimiento en
el rostro.
-Ah...,
pues no me quedó muy claro
-¿Qué
te parece este lugarrr? -preguntó el señor y Félix volteó a su alrededor.
-Aquí
me gusta, pero es aburrido -contestó sin entusiasmo.
-¡Aaaah!,
entonces saabes a qué me refierooo -el señor chocó sus talones en un brinco y
se quitó el sombrero de granjero.
-No,
creo que no lo sé... ¿cómo se llama usted, señor?
-Soy...
Cleypol, el... señor ... Cleypol... el señor Cleypol
-Señor
Cleypol, mucho gusto, yo soy Félix
-Hoola,
Félix... Qué bueeeno conocerte -Cleypol continuó hablando sobre el lugar- Te
decía... todo está muy bello por aquí... ¿ves en dónde se acaba laa distaaanciaa?
-No,
la verdad, no -Cleypol sacó un catalejo de su bata de científico.
-Aah,
muy bien, porque no se acaba. Todo lo que aquí permanece, tiene tu edad más la
mía, multiplicada por mil y mucho más -dijo Cleypol, muy sabihondo y tocando un
acorde en el banyo- Peero, adivina quée, aún así, el tonto tototodo lo va a dessstornillaar
-y suspiró.
-Señor
Cleypol, ¿cómo llegué aquí? ¿Por qué dijo que había solicitado que yo viniera?
-preguntó ya un poco preocupado Félix.
-Aah,
pues le pedí al hada del delirio que te trajera para contarte un secreeto
-contestó Cleypol- Sólo estaba esperando a que te enfermaras y te diera fiebre,
porque si tu mamá te ve hablando conmigo si estás sano, pensará que te fuiste
de safaaarii
-¿Y
para que me ha traído aquí, qué es eso que usted me quiere enseñar? ¿Puedo
conocer al hada?
-Aah,
el hada está aquí, pero no la veess, porque tienes que habituarte máaas a la
naturalezaaa. -Cleypol se quedó pensativo y continuó- Sólo tenemos que caminar
un poco, porque estamos esperando a alguien más. No me gusta repetir dos veces
el mismo discuurso. ¡Dos turistas a la vez representa un considerable ahorro de
energía!
Félix
estaba muy extrañado por la conversación, pero al mismo tiempo se sentía muy
bien en ese lugar. El señor Cleypol se siguió caminando y aunque no iba muy
lejos, sus canciones parecían llevadas por el viento, con una cierta
resonancia. Félix miró un instante a Cleypol: su aspecto no era el de un
lugareño, ni el de un vaquero, ni el de un aviador, más bien parecía un cazador
con gorra, tenía un andar un poco torpe y su voz era como la de un adulto
caricatura. Puso atención en la música que tocaba Cleypol y no había escuchado
nada igual; también se le hacía de caricatura, pero una que no parecía ser para
niños; la resonancia y un ligero eco la convertían en algo cada vez más raro y
llegó un momento en el que empezó a sentir miedo, pero en cuanto comenzó a
sentirse así, el señor Cleypol volteó a mirarlo y le guiñó un ojo, Félix pudo
ver su gesto a pesar de que el sol lo hacía ver a contraluz.
Así
anduvieron un rato. Félix se unió a Cleypol ya sin tenerle temor y caminaron y
cantaron hasta llegar a un río donde se detuvieron. Los enormes árboles hacían
sombra. En realidad, Félix no tenía ni frío ni calor y sus ojos no sentían la
molestia de la luz, ni siquiera al mirar en dirección al sol. Por alguna razón,
Félix no tenía ganas de irse de ese lugar y volteó a mirar al señor Cleypol
–que en ese momento le parecía más un mecánico impecable, vestido de overol-,
él sólo siguió cantando con su particular estilo de voz y, entonces, volteó a
mirar al distante pasto verde, porque alguien venía a lo lejos. El señor Cleypol
cambió de canción y después de unos minutos a Félix le pareció distinguir la
figura de una niña y al reconocerla comenzó a llamarla “¡Valeria, Valeria,
Vaaleeeeeriia!”. Ella también lo reconoció y lo saludó con la mano y caminó
hacia él. Cuando estuvo junto a ellos los saludó y Félix, lo único que hizo,
fue mirarla como si todo a su alrededor se hubiera vuelto borroso. Ella le
sonrió y le preguntó que qué estaban haciendo ahí. Félix le presentó al señor
Cleypol, quien hizo una reverencia y una mueca extraña, como todo en él.
-Estamos
esperando a alguien, el señor Cleypol tiene algo que contar... -dijo Félix,
algo impaciente
-Féelix,
pequeñíiin, pero si es a eella a la que esperáaabamoosss -dijo Cleypol mirando
a Valeria.
-¿A
míii?
-Ooh,
síii, nenita, yo los he traído a este lugar -Cleypol giró un poco y abriendo
los brazos, dijo- ¿Qué les parece?
-Pues
yo apenas voy llegando, pero me gusta mucho el campo -dijo Valeria y Félix
contestó:
-A
mí me gusta cada vez más, aunque parece una caricatura. En realidad, no estoy
muy acostumbrado a lugares como este, pero desde esta mañana me siento muy bien
De
atrás de los árboles comenzó a haber alguna actividad de gente que iba a
recolectar sus hortalizas. Se les veía pasar con canastas y los niños paseaban a
lo lejos. Félix y Valeria se voltearon a ver y cada uno vio en el otro un gesto
de frescura y alegría.
-Félix,
Valeeria, los he traído para contarles algo que sucede en lugares como este en
todo el mundo, porque todo el mundo tiene lugares así, ¿lo saben? Cada país con
muchos lugares distintos y los niños de las ciudades como ustedes dos, y como
los millones de niños de las demás, están olvidando un poco la necesidad de
conocerlos y vivirlos y respirar su aire. La gente del campo es muy diferente,
porque tiene otras costumbres y otra forma de ver la vida, pero es gente alegre
y sabia que les puede enseñar tantas cosas como las que ven en internet. Los
niños de la ciudad no tienen la culpa de que esta sea la situación, pero si no
lo saben, cuando crezcan no les importará. Para los adultos, el campo, como
todo el planeta, representa dinero y ganancias, poder y riqueza. A ustedes los
traen de vacaciones –si sus papás logran arrancarlos de sus computadoras-, o
los llevan a lugares turísticos que han sido modificados de su forma natural. Es
cierto que son muy confortables –yo mismo he estado en algunos hoteles cómodos
en mis viajes por el mundo-, y no crean que intento hablarles mal del progreso
y todo lo que les enseñan en la escuela, pero de lo que sí les quiero hablar es
de la oportunidad de conservar estos momentos muy hondo en su corazón, porque
así no se convertirán en profesionales del dinero, indiferentes a todo lo que
no represente ganancias en sus bolsillos. Miren a su alrededor, un poco de
campo para todos es bueno. Aquí encuentran todas esas cosas que sólo ven por la
tele: los animales y las flores, los insectos y el cielo más azul; incluso las
lluvias torrenciales se ven diferentes en lugares como este. Si van al mar,
conocen su magnificencia poderosa y a una montaña la pueden hacer su amiga
después de tres visitas. ¿Conocen la nieve? ¿Conocen la selva? ¿El desierto?
¿Les gustaría conocer la luna? Pues de este recuerdo depende el que ustedes
lleguen a pasear por el crateriano paisaje lunar, sin trajes ni nada estorboso
tan sólo lo necesario para hacer un picnic de baja gravedad. Imaginen que
sirven unas gotas de chocolate y ustedes las persiguen flotando para beberlas.
Créanme, si ustedes le toman cariño a la naturaleza y se acoplan a ella para
hacer sus planes futuros, tal vez su boda pueda ser más divertida de lo que
creen -El señor Cleypol les guiñó un ojo y Félix y Valeria se pusieron rojos de
pies a cabeza. -Por desgracia, no nos podemos quedar mucho tiempo juntos aquí,
pero en algún momento, nos volveremos a encontrar. Sólo me gustaría darles unos
consejos antes de despedirnos -Cleypol vio que, en los rostros de los niños,
habían muchas cosas que querían preguntar, pero se adelantó a continuar. -Lo de
la boda fue una broma; eespero que lo haayan tomado así -Los niños rieron un
poco apenados. -Cuando sean padres, el mundo habrá cambiado y ustedes a lo
mejor no lo notarán, por eso es importante que tengan esta experiencia. Su
generación es muy distinta a las anteriores, porque el cambio sucede cada vez
más raápido. Ya saben que antes no había computadoras, ¿verdaad? -los dos
asintieron muy serios -Antes de muchos avances científicos actuales, todo eera
distiintoo, pero si reducen el uso de la tecnología ahora, es muy probable que
no tengan el éxito suficiente en sus vidas, por eso no les aconsejo que lo
hagan. La naturaleza les puede aportar mucho a su interior, es lo único que
deben comprender. Todo lo que ustedes ven en este lugar, tiene un valor que va
más allá del dinero y de su utilidad. Lo que les inspira en este momento, no
tiene nada que ver con la apariencia sino con su conexión interior. Si en algún
momento sienten mariposas en el estómago o escalofríos en la piel, es porque
existe una emoción que surge por muchas razones, pero una de las más
significativas es la magnificencia del mundo real. Si quieren, podemos
encontrarnos cuando lo deseen en los sueños; o si tienen un momento difícil,
cierren sus ojos y deseen con mucha fuerza que nos encontremos y yo estaré ahí.
Valeria y Félix habían escuchado con
atención las palabras del señor Cleypol, mientras observaban a su alrededor y
en un instante, sus miradas se encontraron y descubrieron que no sentían
vergüenza y que algo les había llegado muy hondo en su ser. Entonces Cleypol
continuó, convencido de que habían reconocido algo distinto en ellos.
-Yo
sée que tienen muchas preguntas por hacer, pero también me doy cuenta de que
aún no sabrían cómo preguntarlas. Con el tiempo, sabrán que las preguntas no se
agotan y que necesitarán saber muchas cosas para obtener las respuestas con el
tiempo -El señor Cleypol calló un momento para transmitirles confianza y
continuó. -Tal vez vean que todo por aquí tiene una textura algo artificial,
pero si ponen atencióon, se darán cuenta de que, en realidad, toodo eees muy
naturaaal.
Cuando por fin pudieron reaccionar y se
vieron a los ojos, Félix y Valeria pensaron en la boda. ¡Su boda! Los
dos se sonrieron y miraron en direcciones opuestas y comenzaron a sentir un
fuerte mareo, mientras el señor Cleypol tocaba su banyo y les sonreía al
alejarse cantando algo extraño que decía como: ... .... .. .... el zorrillito le dijo a su amo: no se coma a la
abuelita, por favor, pues caperucita se va a ir a la ciudad...
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