jueves, 9 de mayo de 2024

La Celebración de los Rezos con Banquete, de Emmanuel Ciaro

Publicado en el libro Mar Intangible


  

el reino de Fulda,

cuando la llovizna baña

el bosque,

tocado por relámpagos

que dibujan las siluetas

de pequeñas entidades misteriosas.

 

 

A la hora del ocaso, un ser vestido por la hierba se pasea impaciente entre las ramas de un árbol. Con su ceño fruncido, espera la llegada de las Cinco Damas al círculo sagrado. Una sonrisa le marca las arrugas del rostro al ver que se acercan entre los árboles. El nombre del pequeño ser es Pirg-lutt.

Las Damas están ahí por el ritual de alumbramiento celebrado para que una mujer embarazada por primera vez, tenga dicha y su hijo sea bienvenido. La ceremonia se convierte en un suceso especial cuando el embarazo se ha producido de forma natural, porque quiere decir que los árboles han puesto su semilla en ella.

No sucede muy a menudo, pero es sabido que al bosque le gusta inducir en Fulda, la concepción de impredecibles criaturas feéricas y, en esta ocasión, ocurre que la doncella no está comprometida. Por esta razón, en el ritual de alumbramiento, ella es la Quinta Dama.

Dar a luz a un ser feérico es un evento incierto, las doncellas suelen sentir miedo por lo que de ellas pueda surgir; podrían parir criaturas capaces de anular el ritual y la vida de las que lo asisten. Hubo una que vivió aterrorizada durante seis meses, pues tenía pesadillas y sufría bromas crueles. Cuando estaba sola, su cuerpo se hinchaba hasta reventar sus vestidos. Quiso abortar varias veces, pero en ninguna pudo hacerlo.

La Quinta Dama se encuentra postrada, desnuda sobre el tallo de un árbol talado al centro del círculo formado por nueve robles. Sufre al ritmo de las contracciones, mientras las otras cuatro se preparan para recibir al bebé. Desde arriba, entre el follaje de los árboles, los relámpagos iluminan una figurilla que cambia de posición con impaciencia. Es Pirg-lutt, que presiente el advenimiento favorable del designio concebido por el bosque.

La Quinta Dama comprende que el momento se acerca y siente un dolor extraño en su vientre abultado. Apenas consciente de su espanto, pero más llena de angustia por el parto, tensa las piernas pensando que el engendro que se abrirá paso en medio de ellas habrá destrozado también sus ilusiones.

Tres de las Damas que asisten la fuerza de la Quinta, mantienen las manos distribuidas en elevación por diferentes partes del cuerpo. Sobre la cara y la cabeza, sobre el corazón y el vientre, sobre el pubis y la garganta. La Última espera entre las piernas, a que salga la cabeza; se prepara a recibir al recién nacido. La Quinta grita y aprieta los puños; por algún rasgo en sus contracciones, se da cuenta de que el dolor viene de afuera, no de su vientre. Una asistente le limpia el sudor, asustada por un trueno. En el follaje de los árboles se escucha la algarabía de las fuerzas que se encargan de cumplir con lo acordado. La Quinta Dama quisiera sentirse tranquila, pero le es imposible.

Transcurren los minutos en los que puja con fuerza; pero la vida no emerge. Entonces, cuando la partera está a punto de forzar un poco...

De las copas de los árboles surge una cascada resplandeciente que cae pesada sobre las Damas. Ellas se paralizan de fascinación y escurridas, pero sin estar mojadas, se descubren envueltas en destellos de tonalidades fulgurantes e hipnóticas. Dentro de un intenso brillo, en medio de la oscuridad, el hechizo del bosque ha sido cumplido.

Las Damas ríen y lloran y danzan alrededor de la Quinta; y Pirg-lutt también lo hace, pero sin que ellas se den cuenta. Corre entre sus piernas y brinca para besarlas de felicidad en las mejillas –Algo de lo que, de habitual, no hubiera, ni siquiera entre perfumes de sueños, permitido que ocurriera-. Y de pronto, las Cuatro Damas y Pirg-lutt, en medio de ese ambiente de luz radiante, miran asombradas. La Quinta Dama levanta entre sus manos el cuerpecito de una hermosa niña al momento en que la bóveda celeste se limpia para abrir paso a la influencia de estrellas lejanas. La Dama le da un beso en la frente y pronuncia el nombre del ser feérico más hermoso que se había producido en decenios: Vreiande. Y entonces, desaparece.

En la aldea todos los habitantes se habían entristecido por la noticia, porque pasaron varias horas sin que nadie descubriera el rastro de Vreiande. Todos los aldeanos la buscaron en grupos hasta el amanecer, pero no apareció. Como a los niños no les concernían esas cosas los habían dejado dormir. Pero cuando Taren, un niño que vivía en una granja al centro de Fulda, se enteró de lo que ocurría por los comentarios de sus padres, se levantó y fue a buscarla sin pedir permiso.

Caminó junto al río sin saber muy bien qué hacer. El cielo apenas se aclaraba y hacía frío. En realidad, lo que le preocupaba a Taren, era que la oportunidad de conocer a uno de esos seres de los que tanto había escuchado, se esfumara sin que él hubiera hecho nada. Sus pasos siguieron a lo largo del río, hasta que se fue a sentar distraído bajo un árbol. Cuando se levantó para continuar, volteó hacia el árbol de enfrente y vio un bulto. Taren se acercó y ahí encontró a Vreiande, toda cubierta de hormigas; dormía profundamente. Limpió las hormigas del cuerpecito y la revisó por si la habían picado, pero no vio roncha alguna. Tuvo que cargarla un buen tramo antes de llegar a Fulda.

En su casa, la Dama de Vreiande esperaba acostada y triste, pero al ver entrar a Taren con Vreiande en sus brazos, se reclinó a pesar del dolor, con los brazos extendidos. Taren le entregó a la niña y salió de la casa. La Dama se quedó largo rato llorando por esa alegría tan grande de tener a su hija a salvo, junto a ella.

Así fue la primera experiencia de Vreiande en Fulda. Su cualidad feérica se reveló muy rápido; sin embargo, la Dama no tuvo miedo de aceptar el hecho de que su doncella formara parte de ese mundo que en otros lugares sería inconcebible.

 

Desde el principio, un ser pequeño, arrugado y vestido con hierbas y minerales, acompañó a Vreiande sin que nadie lo notara; era Pirg-lutt, quien se ganó su simpatía de manera natural, según él. Le contaba historias divertidas o trágicas, imitando a los personajes que aparecían en ellas. Aunque era aún muy pequeña, le hablaba de ciertos planes en los que Vreiande estaba incluida y que ella no comprendía; tan sólo lo miraba soltando carcajadillas por la forma ridícula y divertida que tenía de expresarse.

Al crecer, casi nadie se ocupó de las experiencias de Vreiande y la trataban como a una niña normal. Descubrió que, al vagar sola por el bosque, su voz la llevaba inspirada por los árboles; el canto la conducía entre texturas durante horas y Vreiande se dejaba llevar durante jornadas sublimes de éxtasis.

También le gustaba estar con Taren, el granjero que la había encontrado en el hormiguero. Él ansiaba que Vreiande le enseñara su mundo. Se hizo su amigo y le gustaba mucho estar con ella; pero lo que más deseaba era que lo llevara a cruzar la frontera. Al pasar el tiempo, Vreiande alcanzó la misma edad que tenía él cuando la encontró, seis para ser exactos. Taren seguía siendo muy tímido y no sentía confianza de confesarle que ansiaba conocer el mundo feérico. Por alguna razón, tal vez por su carácter, Vreiande nunca hablaba de lo que pasaba al cruzar y, aunque todos sabían lo que ella era, nadie le hacía preguntas. Pero, al contrario que los demás, Taren no pudo ocultar su inquietud por más tiempo y una noche le dijo que lo llevara a ese mundo.

Durante sus paseos, Pirg-lutt los acompañaba siempre y fue así como Taren se enteró de su existencia invisible. Para Pirg-lutt no representó ningún problema, pues Taren no parecía tener interés en Vreiande y lo comprobó durante ese paseo nocturno.

Antes de contarle historias, Vreiande le dijo que ese lugar era muy complicado y que a veces le daba miedo tener que regresar porque el temperamento (a lo mejor no utilizó estas palabras, pero fue más o menos así) de los que vivían ahí, era incomprensible. Le contó que una vez se enteró de que la estabilidad de su mundo se estaba corrompiendo y que no tenía claro lo que esto significaba, pero que todos los de allá tendrían que cruzar la frontera hacia la de ellos. Taren la escuchó sin rascarse durante horas. Vreiande le dijo que días enteros los había vivido con terror porque, aunque se encontraba de este lado, de forma simultánea vivía lo que pasaba del otro lado, en donde sucedían cosas horribles: muertes, transformaciones y batallas crueles. Pero Taren, en vez de asustarse, alimentaba un gran deseo de formar parte de eso y mientras oía hablar a Vreiande, sus manos sudaban de emoción. Entonces, cuando se quedaron en silencio, Taren le suplicó que lo hiciera cruzar la frontera porque él quería vivir lo que ella, Vreiande se negó y Taren comenzó un berrinche como los que le hacía a su mamá. Con lágrimas en los ojos, Taren la buscó por todos lados antes de descubrir que estaba solo. Así pasó unas veces más durante algunos años.

 

Cuando Vreiande cumplió diecisiete años, su Dama hizo una fiesta de dos días en los que la joven hada aplicó sus virtudes para darle a la gente de la aldea, con Taren incluido, una visión de lo que ella hacía y veía a diario. Quería que la gente se entregara por una vez a su capacidad de maravillarse; aunque después, debido a la rutina, se abandonaran al olvido. En su aldea no había sabios, sólo campesinos, gente de ideas claras y limitadas, que durante dos días comieron y jugaron como gigantes; nadaron en lagos destellantes, se persiguieron flotando entre los árboles durante la noche...

Dos días y después... Cuando todos quedaron agotados, Vreiande le dijo a Taren que fueran a caminar y, puesto que Pirg-lutt ya iba adelante de ellos proponiendo un lugar en el que podrían divertirse de verdad y no con un puñado de ropa vieja que ya sólo contaba con estímulos y reacciones primarias... Vreiande le gritó y le dijo que se irían por otro lado, que no los siguiera. Así que Pirg-lutt tuvo que quedarse en la aldea enojado, torturando a un pobre vagabundo que no podía levantarse porque lo mantenía hipnotizado en una neblina brillante que disparaba distraído con el dedo hacia los ojos del hombre, mientras él los miraba adentrarse en el bosque.

Vreiande y Taren se alejaron de la aldea. Taren comenzó con lo mismo de siempre y Vreiande quería tranquilizarlo. Por esa extraña razón que hace a las niñas enamorarse de los menos indicados, Vreiande se enamoró de Taren y le quería preguntar si él la amaba, pero Taren le respondió antes. Dijo que estaba aburrido y que la única manera en la que podría sentirse muy feliz, era vivir en su mundo feérico. Así que le pidió que lo llevara al lugar. Vreiande no pudo hablar y se desvaneció en la distancia, decepcionada de no ser suficiente para tenerlo a salvo en el mundo al que pertenecía.

Taren vio angustiado que ella se alejaba sin que él pudiera detenerla. Se quedó sentado en una fuente mirando el manto de hojas sobre el agua calma que iluminaba la antorcha de una estatua. Cuando el bosque quedó en silencio, comenzó a escuchar algo como un murmullo, el alboroto de unas voces que parecían festejar de tras de unos arbustos. Fue a buscar el lugar de donde provenían las vocecillas y vio a través de un ligero fulgor de luz, una increíble cantidad de seres de muchos tamaños y rasgos: diminutos, gigantes, frágiles, voladores, deformes, desnudos, gruñones, bromistas, tornasolados... Taren quedó fascinado con la música que escuchaba mientras espiaba y no pudo resistir el incluirse en la fiesta.

En poco tiempo, muy poco en verdad, las criaturas se quedaron quietas y molestas, mirando como Taren bailaba entre ellas y empujando a quien se le atravesara. Taren, poseído por la música, bailó largo rato, sin percatarse de que ya no había nadie.

 

Pasaron días y ni Pirg-lutt había visto regresar a Vreiande. Él la esperaba con un genio insoportable. Desde que ella se había ido, su humor se volvió abrupto y comenzó a aplicar su refinamiento en hacerle bromas a los aldeanos. Tiraba cosas en las casas, convertía a los niños en animales para los festines familiares; ponía especias y yerbas desagradables o alucinógenas en la comida. No era sólo por diversión, se sentía de verdad desesperado. Así que decidió ir a buscarla.

Vreiande había seguido de largo cuando llegó a la aldea y vagó por el reino de Fulda para cantar durante días, como solía hacerlo siempre; sólo que su canto la llevó muy lejos y ella lo siguió. Una tarde se detuvo junto a un estanque para beber la abundancia de su agua y ahí la encontró Pirg-lutt. Vreiande jugaba con las ondas del agua tranquila. Quitó su dedo y, al quedar quietas las ondas, su reflejo se aclaró; entonces Vreiande notó algo raro en su rostro. Su propia belleza le produjo una impresión grotesca; el reflejo de sus facciones la lastimó y su cabello rubio le dio náuseas. Vreiande se desmayó por la confusión. Al despertar, se levantó y se acomodó en una piedra y cuando lo hizo, descubrió la figura borrosa de Pirg-lutt, que la miraba con enojo. A Vreiande le asustó verlo así, pero él alteró su expresión con un gesto amable y sonriente, para contarle que en la aldea todos estaban inquietos; que Taren andaba como loco por ahí, bailando con los ojos fijos y lanzando gritos y risas de placer. Luego le dijo que había estado pensando en su proyecto. Vreiande se puso triste por lo de Taren. Recordó el momento en que se fue, dejándolo solo, por su decisión de abrirle la frontera; así que no reaccionó a la primera parte del plan sino hasta que escuchó la palabra estatuas. Entonces, Vreiande le preguntó ‘¿Cuáles estatuas?’, preguntó. Y Pirg-lutt le dijo que sabía que ella quería que los habitantes de la aldea vivieran momentos diferentes y que a él también se le había ocurrido la manera de que pudieran formar parte de una realidad distinta. Le platicó su plan de dejarlos estáticos, duros como estatuas, en un ensueño continuo; como ella había hecho con Taren. Así la aldea sería una escultura viva, única y dispersa en el bosque. A Vreiande le maravilló la idea, pero no estaba muy de acuerdo.

De todas formas, decidió ayudarlo, sin preocuparse por lo que haría. La idea era que la Celebración de los Rezos con Banquete serviría como ocasión idónea para provocar comportamientos absurdos en los aldeanos y eso sería en tres jornadas.

 

La tarde de la Celebración era soleada. Se hacía a unas seiscientas ramas de la aldea, junto a un monolito enorme que estaba dentro de los territorios del Fulda. La gran piedra no significaba nada en realidad, pero para los aldeanos representaba la magnificencia del tiempo acumulado. La niebla asentada comenzaba a develar las puntas doradas de los pinos cuando ya los aldeanos preparaban los banquetes y la decoración de los tablones en los que serían dispuestos. Desde temprano, Vreiande, a la que no habían visto en mucho tiempo, se encontraba hechizando cosas y personas. Pululaban niños barbones o con inmensas cabelleras; animales desconcertados que, solitarios, pronunciaban, en cada reflejo o estímulo, frases increíbles e interminables. Vreiande se divertía como loca porque se le ocurrían cada vez más cosas para la estatua.

Pirg-lutt pensaba ansioso en el plan. Caminaba entre el bullicio de personas poniéndoles el pie. Ya faltaban pocos grados para que comenzaran a comer. La celebración inicial era con un rezo a la mitad de la jornada. Todos comenzaron a reunirse en el monolito y comenzaron el proceso en el que los aldeanos transformaban su formalidad de campesinos en soltura y desinhibición.

El primer rezo se expresaba en absoluta concentración: un sonido gutural compuesto por más de doscientos aldeanos que lo alargaban con un indistinguible canon. El canto se extendía en Fulda como una marea de voces onduladas por el viento. Pasando un grado, caminaban de regreso a la aldea para el primer banquete. Por lo general era una joven pareja la que se quedaba hasta el último. Tomados de la mano, extendían el canto unos cuantos minutos más.

De vuelta en la aldea, todos comían con buen apetito. Pedazos de carne cocinados con frutas y especias; bebían caldos y licores con abundancia para disponerse a continuar con la celebración. Al regresar al monolito, comentaban entusiasmados lo de la carrera que les esperaba. En el monolito se integraban gradualmente al rezo entonado en un fino ulular. El coro se alargaba mucho tiempo, la gente se dejaba absorber y les costaba trabajo el desligarse.

Cuando se relajaban, volvían a la aldea para continuar con el banquete. Luego regresaban; después de haber inspeccionado las rutas con mejores tiempos y menos accidentadas, así evitaban perderse o alejarse mucho durante la caída de la noche que el frío anunciaba.

Conforme iban terminando, se levantaban para comenzar la carrera hacia el monolito. Todos, desde las niñas hasta los viejos, caminaban o corrían en desorden. A la mitad de medio grado, comenzó a oscurecer muy rápido. Unos ya habían llegado al monolito. Otros apenas se iban levantando del festín, pero aun así se aventuraban a ir. Tal vez podría pensarse que los aldeanos conocían bien todos los caminos, pero la magia de la celebración, era tal, que transformaba por completo el panorama de lo que creían conocer. Había algunos que, con todo y antorcha, se perdían por el pánico o la desubicación.

En el monolito, el tercer rezo duraba más grados, se tornaba más profundo y comenzaba a fluir desde las primeras personas que llegaban. Los que ya estaban ahí se encontraban en un trance completo influido por los banquetes y el vino. Vreiande fue de las primeras voces en encabezar el tercer coro para inducir el encantamiento. Al poco tiempo, llegó Pirg-lutt a tomar parte en lo que ocurría. El rezo crecía en tonos e intensidad y, aun así, algunos se perdían. Los que estaban perdidos, a veces se encontraban unos con otros por caminar en círculos. Otros escuchaban el canto lejano de los aldeanos y al seguirlo, llegaban tranquilos al monolito. Mientras cantaban, algunos sucumbían al ensueño y con ello, la rigidez los hacía lentos. También los animales se sentían endurecer y murmuraban sus frases incoherentes.

Pirg-lutt observaba su comportamiento y se solazaba con el efecto. Suponía lo que Vreiande hacia y sonrió pensando que era excelente. Estaba a unas diez ramas de ella y la buscaba desde su asiento en la cabeza de un aldeano para saludarla con la mano y mostrarle que estaba satisfecho, muy, muy feliz.

Todo el panorama era de gente en posturas inconcebibles. Cuando la vio, se percató de que Vreiande era un ser que resplandecía aun en estado. Pero esta revelación lo hizo reaccionar. Al verla abstraída por completo en su canto, sentada en el suelo con la mirada fija, se abrió paso entre la gente, inmerso en alucinaciones cada vez más fuertes. Sus ojos se abrían desmesurados; se persuadía de pensar que no era un sueño y pensó que, de ser cierto lo que estaba imaginando, se convertiría en el peor compañero de pesadillas que Vreiande pudiera tener. Pirg-lutt lo comprobó cuando, a poca distancia de Vreiande, vio cómo el hermoso rostro producía un torzón muscular y alteraba el ritmo de su propio rezo.

 

Pasaba la mitad de medio grado; todos los habitantes habían quedado petrificados y dispersos entre el monolito y la aldea; decenas y decenas de estatuas emitiendo un aullido desquiciado. Unos en el bosque, otros junto al monolito, pero todos los que vivían en esa aldea dentro del Fulda, formaron parte del lugar boscoso más increíble que se conoce hasta hoy. Y todavía, bajo la luna, se perfilan más de doscientas estatuas azuladas entre los árboles del bosque. Durante el día, con el sol, las estatuas de Vreiande y Pirg-lutt muestran las muecas deformadas que describen el estado de las cosas.

Tal vez Vreiande sea capaz de contrarrestar el rencor de Pirg-lutt por haber sido absorbido en ese ensueño colectivo. Sus miradas enlazadas seguirán estando unidas algún tiempo más, antes de saber, que el sueño está por terminar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Emmanuel Ciaro

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