Publicado en el libro Mar Intangible
el reino de Fulda,
cuando la llovizna baña
el bosque,
tocado por relámpagos
que dibujan las siluetas
de pequeñas entidades misteriosas.
A la hora del
ocaso, un ser vestido por la hierba se pasea impaciente entre las ramas de un
árbol. Con su ceño fruncido, espera la llegada de las Cinco Damas al círculo
sagrado. Una sonrisa le marca las arrugas del rostro al ver que se acercan
entre los árboles. El nombre del pequeño ser es Pirg-lutt.
Las Damas están ahí por el ritual de alumbramiento celebrado para que una
mujer embarazada por primera vez, tenga dicha y su hijo sea bienvenido. La
ceremonia se convierte en un suceso especial cuando el embarazo se ha producido
de forma natural, porque quiere decir que los árboles han puesto su semilla en
ella.
No sucede muy a menudo, pero es sabido que al bosque le gusta inducir en
Fulda, la concepción de impredecibles criaturas feéricas y, en esta ocasión,
ocurre que la doncella no está comprometida. Por esta razón, en el ritual de
alumbramiento, ella es la Quinta Dama.
Dar a luz a un ser feérico es un evento incierto, las doncellas suelen
sentir miedo por lo que de ellas pueda surgir; podrían parir criaturas capaces
de anular el ritual y la vida de las que lo asisten. Hubo una que vivió
aterrorizada durante seis meses, pues tenía pesadillas y sufría bromas crueles.
Cuando estaba sola, su cuerpo se hinchaba hasta reventar sus vestidos. Quiso
abortar varias veces, pero en ninguna pudo hacerlo.
La Quinta Dama se encuentra postrada, desnuda sobre el tallo de un árbol
talado al centro del círculo formado por nueve robles. Sufre al ritmo de las
contracciones, mientras las otras cuatro se preparan para recibir al bebé. Desde
arriba, entre el follaje de los árboles, los relámpagos iluminan una figurilla
que cambia de posición con impaciencia. Es Pirg-lutt, que presiente el
advenimiento favorable del designio concebido por el bosque.
La Quinta Dama comprende que el momento se acerca y siente un dolor extraño
en su vientre abultado. Apenas consciente de su espanto, pero más llena de
angustia por el parto, tensa las piernas pensando que el engendro que se abrirá
paso en medio de ellas habrá destrozado también sus ilusiones.
Tres de las Damas que asisten la fuerza de la Quinta, mantienen las manos
distribuidas en elevación por diferentes partes del cuerpo. Sobre la cara y la
cabeza, sobre el corazón y el vientre, sobre el pubis y la garganta. La Última
espera entre las piernas, a que salga la cabeza; se prepara a recibir al recién
nacido. La Quinta grita y aprieta los puños; por algún rasgo en sus
contracciones, se da cuenta de que el dolor viene de afuera, no de su vientre.
Una asistente le limpia el sudor, asustada por un trueno. En el follaje de los
árboles se escucha la algarabía de las fuerzas que se encargan de cumplir con
lo acordado. La Quinta Dama quisiera sentirse tranquila, pero le es imposible.
Transcurren los minutos en los que puja con fuerza; pero la vida no emerge.
Entonces, cuando la partera está a punto de forzar un poco...
De las copas de los árboles surge una cascada resplandeciente que cae
pesada sobre las Damas. Ellas se paralizan de fascinación y escurridas, pero
sin estar mojadas, se descubren envueltas en destellos de tonalidades
fulgurantes e hipnóticas. Dentro de un intenso brillo, en medio de la
oscuridad, el hechizo del bosque ha sido cumplido.
Las Damas ríen y lloran y danzan alrededor de la Quinta; y Pirg-lutt
también lo hace, pero sin que ellas se den cuenta. Corre entre sus piernas y
brinca para besarlas de felicidad en las mejillas –Algo de lo que, de habitual, no hubiera, ni
siquiera entre perfumes de sueños, permitido que ocurriera-. Y de pronto, las Cuatro Damas y
Pirg-lutt, en medio de ese ambiente de luz radiante, miran asombradas. La
Quinta Dama levanta entre sus manos el cuerpecito de una hermosa niña al
momento en que la bóveda celeste se limpia para abrir paso a la influencia de
estrellas lejanas. La Dama le da un beso en la frente y pronuncia el nombre del
ser feérico más hermoso que se había producido en decenios: Vreiande. Y entonces,
desaparece.
En la aldea todos
los habitantes se habían entristecido por la noticia, porque pasaron varias
horas sin que nadie descubriera el rastro de Vreiande. Todos los aldeanos la
buscaron en grupos hasta el amanecer, pero no apareció. Como a los niños no les
concernían esas cosas los habían dejado dormir. Pero cuando Taren, un niño que
vivía en una granja al centro de Fulda, se enteró de lo que ocurría por los
comentarios de sus padres, se levantó y fue a buscarla sin pedir permiso.
Caminó junto al río sin saber muy bien qué hacer. El cielo apenas se
aclaraba y hacía frío. En realidad, lo que le preocupaba a Taren, era que la
oportunidad de conocer a uno de esos seres de los que tanto había escuchado, se
esfumara sin que él hubiera hecho nada. Sus pasos siguieron a lo largo del río,
hasta que se fue a sentar distraído bajo un árbol. Cuando se levantó para
continuar, volteó hacia el árbol de enfrente y vio un bulto. Taren se acercó y
ahí encontró a Vreiande, toda cubierta de hormigas; dormía profundamente.
Limpió las hormigas del cuerpecito y la revisó por si la habían picado, pero no
vio roncha alguna. Tuvo que cargarla un buen tramo antes de llegar a Fulda.
En su casa, la Dama de Vreiande esperaba acostada y triste, pero al ver
entrar a Taren con Vreiande en sus brazos, se reclinó a pesar del dolor, con
los brazos extendidos. Taren le entregó a la niña y salió de la casa. La Dama
se quedó largo rato llorando por esa alegría tan grande de tener a su hija a
salvo, junto a ella.
Así fue la primera experiencia de Vreiande en Fulda. Su cualidad feérica se
reveló muy rápido; sin embargo, la Dama no tuvo miedo de aceptar el hecho de
que su doncella formara parte de ese mundo que en otros lugares sería
inconcebible.
Desde el
principio, un ser pequeño, arrugado y vestido con hierbas y minerales, acompañó
a Vreiande sin que nadie lo notara; era Pirg-lutt, quien se ganó su simpatía de
manera natural, según él. Le contaba historias divertidas o trágicas, imitando
a los personajes que aparecían en ellas. Aunque era aún muy pequeña, le hablaba
de ciertos planes en los que Vreiande estaba incluida y que ella no comprendía;
tan sólo lo miraba soltando carcajadillas por la forma ridícula y divertida que
tenía de expresarse.
Al crecer, casi nadie se ocupó de las experiencias de Vreiande y la
trataban como a una niña normal. Descubrió que, al vagar sola por el bosque, su
voz la llevaba inspirada por los árboles; el canto la conducía entre texturas
durante horas y Vreiande se dejaba llevar durante jornadas sublimes de éxtasis.
También le gustaba estar con Taren, el granjero que la había encontrado en
el hormiguero. Él ansiaba que Vreiande le enseñara su mundo. Se hizo su amigo y
le gustaba mucho estar con ella; pero lo que más deseaba era que lo llevara a
cruzar la frontera. Al pasar el tiempo, Vreiande alcanzó la misma edad que
tenía él cuando la encontró, seis para ser exactos. Taren seguía siendo muy
tímido y no sentía confianza de confesarle que ansiaba conocer el mundo feérico.
Por alguna razón, tal vez por su carácter, Vreiande nunca hablaba de lo que
pasaba al cruzar y, aunque todos sabían lo que ella era, nadie le hacía
preguntas. Pero, al contrario que los demás, Taren no pudo ocultar su inquietud
por más tiempo y una noche le dijo que lo llevara a ese mundo.
Durante sus paseos, Pirg-lutt los acompañaba siempre y fue así como Taren
se enteró de su existencia invisible. Para Pirg-lutt no representó ningún
problema, pues Taren no parecía tener interés en Vreiande y lo comprobó durante
ese paseo nocturno.
Antes de contarle historias, Vreiande le dijo que ese lugar era muy
complicado y que a veces le daba miedo tener que regresar porque el
temperamento (a lo mejor no utilizó estas palabras, pero fue más o menos así)
de los que vivían ahí, era incomprensible. Le contó que una vez se enteró de que
la estabilidad de su mundo se estaba corrompiendo y que no tenía claro lo que
esto significaba, pero que todos los de allá tendrían que cruzar la frontera
hacia la de ellos. Taren la escuchó sin rascarse durante horas. Vreiande le
dijo que días enteros los había vivido con terror porque, aunque se encontraba
de este lado, de forma simultánea vivía lo que pasaba del otro lado, en donde sucedían cosas horribles:
muertes, transformaciones y batallas crueles. Pero Taren, en vez de asustarse,
alimentaba un gran deseo de formar parte de eso y mientras oía hablar a
Vreiande, sus manos sudaban de emoción. Entonces, cuando se quedaron en
silencio, Taren le suplicó que lo hiciera cruzar la frontera porque él quería
vivir lo que ella, Vreiande se negó y Taren comenzó un berrinche como los que
le hacía a su mamá. Con lágrimas en los ojos, Taren la buscó por todos lados
antes de descubrir que estaba solo. Así pasó unas veces más durante algunos
años.
Cuando Vreiande
cumplió diecisiete años, su Dama hizo una fiesta de dos días en los que la
joven hada aplicó sus virtudes para darle a la gente de la aldea, con Taren
incluido, una visión de lo que ella hacía y veía a diario. Quería que la gente
se entregara por una vez a su capacidad de maravillarse; aunque después, debido
a la rutina, se abandonaran al olvido. En su aldea no había sabios, sólo
campesinos, gente de ideas claras y limitadas, que durante dos días comieron y
jugaron como gigantes; nadaron en lagos destellantes, se persiguieron flotando
entre los árboles durante la noche...
Dos días y después... Cuando todos quedaron agotados, Vreiande le dijo a
Taren que fueran a caminar y, puesto que Pirg-lutt ya iba adelante de ellos
proponiendo un lugar en el que podrían
divertirse de verdad y no con un puñado de ropa vieja que ya sólo contaba con
estímulos y reacciones primarias... Vreiande le gritó y le dijo que se irían por otro
lado, que no los siguiera. Así que Pirg-lutt tuvo que quedarse en la aldea
enojado, torturando a un pobre vagabundo que no podía levantarse porque lo
mantenía hipnotizado en una neblina brillante que disparaba distraído con el
dedo hacia los ojos del hombre, mientras él los miraba adentrarse en el bosque.
Vreiande y Taren se alejaron de la aldea. Taren comenzó con lo mismo de
siempre y Vreiande quería tranquilizarlo. Por esa extraña razón que hace a las
niñas enamorarse de los menos indicados, Vreiande se enamoró de Taren y le
quería preguntar si él la amaba, pero Taren le respondió antes. Dijo que estaba
aburrido y que la única manera en la que podría sentirse muy feliz, era vivir
en su mundo feérico. Así que le pidió que lo llevara al lugar. Vreiande no pudo
hablar y se desvaneció en la distancia, decepcionada de no ser suficiente para
tenerlo a salvo en el mundo al que pertenecía.
Taren vio angustiado que ella se alejaba sin que él pudiera detenerla. Se
quedó sentado en una fuente mirando el manto de hojas sobre el agua calma que
iluminaba la antorcha de una estatua. Cuando el bosque quedó en silencio,
comenzó a escuchar algo como un murmullo, el alboroto de unas voces que
parecían festejar de tras de unos arbustos. Fue a buscar el lugar de donde
provenían las vocecillas y vio a través de un ligero fulgor de luz, una
increíble cantidad de seres de muchos tamaños y rasgos: diminutos, gigantes,
frágiles, voladores, deformes, desnudos, gruñones, bromistas, tornasolados...
Taren quedó fascinado con la música que escuchaba mientras espiaba y no pudo
resistir el incluirse en la fiesta.
En poco tiempo, muy poco en verdad, las criaturas se quedaron quietas y molestas,
mirando como Taren bailaba entre ellas y empujando a quien se le atravesara.
Taren, poseído por la música, bailó largo rato, sin percatarse de que ya no
había nadie.
Pasaron días y ni
Pirg-lutt había visto regresar a Vreiande. Él la esperaba con un genio
insoportable. Desde que ella se había ido, su humor se volvió abrupto y comenzó
a aplicar su refinamiento en hacerle bromas a los aldeanos. Tiraba cosas en las
casas, convertía a los niños en animales para los festines familiares; ponía
especias y yerbas desagradables o alucinógenas en la comida. No era sólo por
diversión, se sentía de verdad desesperado. Así que decidió ir a buscarla.
Vreiande había seguido de largo cuando llegó a la aldea y vagó por el reino
de Fulda para cantar durante días, como solía hacerlo siempre; sólo que su
canto la llevó muy lejos y ella lo siguió. Una tarde se detuvo junto a un
estanque para beber la abundancia de su agua y ahí la encontró Pirg-lutt.
Vreiande jugaba con las ondas del agua tranquila. Quitó su dedo y, al quedar
quietas las ondas, su reflejo se aclaró; entonces Vreiande notó algo raro en su
rostro. Su propia belleza le produjo una impresión grotesca; el reflejo de sus
facciones la lastimó y su cabello rubio le dio náuseas. Vreiande se desmayó por
la confusión. Al despertar, se levantó y se acomodó en una piedra y cuando lo
hizo, descubrió la figura borrosa de Pirg-lutt, que la miraba con enojo. A
Vreiande le asustó verlo así, pero él alteró su expresión con un gesto amable y
sonriente, para contarle que en la aldea todos estaban inquietos; que Taren
andaba como loco por ahí, bailando con los ojos fijos y lanzando gritos y risas
de placer. Luego le dijo que había estado pensando en su proyecto. Vreiande se
puso triste por lo de Taren. Recordó el momento en que se fue, dejándolo solo,
por su decisión de abrirle la frontera; así que no reaccionó a la primera parte
del plan sino hasta que escuchó la palabra estatuas. Entonces, Vreiande le
preguntó ‘¿Cuáles estatuas?’, preguntó. Y Pirg-lutt le dijo que sabía
que ella quería que los habitantes de la aldea vivieran momentos diferentes y
que a él también se le había ocurrido la manera de que pudieran formar parte de
una realidad distinta. Le platicó su plan de dejarlos estáticos, duros como
estatuas, en un ensueño continuo; como ella había hecho con Taren. Así la aldea
sería una escultura viva, única y dispersa en el bosque. A Vreiande le
maravilló la idea, pero no estaba muy de acuerdo.
De todas formas, decidió ayudarlo, sin preocuparse por lo que haría. La
idea era que la Celebración de los Rezos con Banquete serviría como ocasión
idónea para provocar comportamientos absurdos en los aldeanos y eso sería en
tres jornadas.
La tarde de la
Celebración era soleada. Se hacía a unas seiscientas ramas de la aldea, junto a
un monolito enorme que estaba dentro de los territorios del Fulda. La gran
piedra no significaba nada en realidad, pero para los aldeanos representaba la
magnificencia del tiempo acumulado. La niebla asentada comenzaba a develar las
puntas doradas de los pinos cuando ya los aldeanos preparaban los banquetes y
la decoración de los tablones en los que serían dispuestos. Desde temprano,
Vreiande, a la que no habían visto en mucho tiempo, se encontraba hechizando
cosas y personas. Pululaban niños barbones o con inmensas cabelleras; animales
desconcertados que, solitarios, pronunciaban, en cada reflejo o estímulo,
frases increíbles e interminables. Vreiande se divertía como loca porque se le
ocurrían cada vez más cosas para la estatua.
Pirg-lutt pensaba ansioso en el plan. Caminaba entre el bullicio de
personas poniéndoles el pie. Ya faltaban pocos grados para que comenzaran a
comer. La celebración inicial era con un rezo a la mitad de la jornada. Todos comenzaron
a reunirse en el monolito y comenzaron el proceso en el que los aldeanos
transformaban su formalidad de campesinos en soltura y desinhibición.
El primer rezo se expresaba en absoluta concentración: un sonido gutural
compuesto por más de doscientos aldeanos que lo alargaban con un indistinguible
canon. El canto se extendía en Fulda como una marea de voces onduladas por el
viento. Pasando un grado, caminaban de regreso a la aldea para el primer
banquete. Por lo general era una joven pareja la que se quedaba hasta el
último. Tomados de la mano, extendían el canto unos cuantos minutos más.
De vuelta en la
aldea, todos comían con buen apetito. Pedazos de carne cocinados con frutas y
especias; bebían caldos y licores con abundancia para disponerse a continuar
con la celebración. Al regresar al monolito, comentaban entusiasmados lo de la
carrera que les esperaba. En el monolito se integraban gradualmente al rezo
entonado en un fino ulular. El coro se alargaba mucho tiempo, la gente se
dejaba absorber y les costaba trabajo el desligarse.
Cuando se relajaban, volvían a la aldea para continuar con el banquete.
Luego regresaban; después de haber inspeccionado las rutas con mejores tiempos
y menos accidentadas, así evitaban perderse o alejarse mucho durante la caída
de la noche que el frío anunciaba.
Conforme iban terminando, se levantaban para comenzar la carrera hacia el
monolito. Todos, desde las niñas hasta los viejos, caminaban o corrían en
desorden. A la mitad de medio grado, comenzó a oscurecer muy rápido. Unos ya
habían llegado al monolito. Otros apenas se iban levantando del festín, pero
aun así se aventuraban a ir. Tal vez podría pensarse que los aldeanos conocían
bien todos los caminos, pero la magia de la celebración, era tal, que
transformaba por completo el panorama de lo que creían conocer. Había algunos
que, con todo y antorcha, se perdían por el pánico o la desubicación.
En el monolito, el tercer rezo duraba más grados, se tornaba más profundo y
comenzaba a fluir desde las primeras personas que llegaban. Los que ya estaban
ahí se encontraban en un trance completo influido por los banquetes y el vino.
Vreiande fue de las primeras voces en encabezar el tercer coro para inducir el
encantamiento. Al poco tiempo, llegó Pirg-lutt a tomar parte en lo que ocurría.
El rezo crecía en tonos e intensidad y, aun así, algunos se perdían. Los que
estaban perdidos, a veces se encontraban unos con otros por caminar en
círculos. Otros escuchaban el canto lejano de los aldeanos y al seguirlo,
llegaban tranquilos al monolito. Mientras cantaban, algunos sucumbían al
ensueño y con ello, la rigidez los hacía lentos. También los animales se sentían
endurecer y murmuraban sus frases incoherentes.
Pirg-lutt observaba su comportamiento y se solazaba con el efecto. Suponía
lo que Vreiande hacia y sonrió pensando que era excelente. Estaba a unas diez
ramas de ella y la buscaba desde su asiento en la cabeza de un aldeano para
saludarla con la mano y mostrarle que estaba satisfecho, muy, muy feliz.
Todo el panorama era de gente en posturas inconcebibles. Cuando la vio, se
percató de que Vreiande era un ser que resplandecía aun en estado. Pero esta
revelación lo hizo reaccionar. Al verla abstraída por completo en su canto,
sentada en el suelo con la mirada fija, se abrió paso entre la gente, inmerso
en alucinaciones cada vez más fuertes. Sus ojos se abrían desmesurados; se
persuadía de pensar que no era un sueño y pensó que, de ser cierto lo que
estaba imaginando, se convertiría en el peor compañero de pesadillas que
Vreiande pudiera tener. Pirg-lutt lo comprobó cuando, a poca distancia de
Vreiande, vio cómo el hermoso rostro producía un torzón muscular y alteraba el
ritmo de su propio rezo.
Pasaba la mitad de
medio grado; todos los habitantes habían quedado petrificados y dispersos entre
el monolito y la aldea; decenas y decenas de estatuas emitiendo un aullido
desquiciado. Unos en el bosque, otros junto al monolito, pero todos los que
vivían en esa aldea dentro del Fulda, formaron parte del lugar boscoso más
increíble que se conoce hasta hoy. Y todavía, bajo la luna, se perfilan más de
doscientas estatuas azuladas entre los árboles del bosque. Durante el día, con
el sol, las estatuas de Vreiande y Pirg-lutt muestran las muecas deformadas que
describen el estado de las cosas.
Tal vez Vreiande sea capaz de contrarrestar el rencor de Pirg-lutt por
haber sido absorbido en ese ensueño colectivo. Sus miradas enlazadas seguirán
estando unidas algún tiempo más, antes de saber, que el sueño está por
terminar.
Emmanuel
Ciaro
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